Los impasses de la feminidad. Gabriela Camaly

Los impasses de la feminidad - Gabriela Camaly


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femenino”, hace obstáculo a todas las formas de inscripción en el Otro.

      En la actualidad, la subversión promovida por el feminismo ha dado paso a un cuestionamiento radical de las categorías de género. Se constata que no sólo los movimientos feministas han contribuido a la desregulación de los sistemas sociales mediante la introducción de la variable femenina allí donde era rechazada, sino que el feminismo mismo como movimiento político y social ha sido ya subvertido por las nuevas teorías de género. La crisis actual del género es el producto de la puesta en cuestión de la sexualidad humana ordenada a partir de las identificaciones fundamentales hombre-mujer. Se abren paso modos de existencia que quieren prescindir de las mismas en pos de prácticas de goce fluctuantes. Conceptos como construcción performativa del género, transgénero e intersexualidad hacen parte del lenguaje común para nombrar la movilidad de las identificaciones sexuales (Butler, 1990). El “género fluido” planteado por las teorías queer surge para nombrar a los sujetos que cambian su identidad sexual para adecuarse al contexto social y a las prácticas posibles de goce. En este sentido, el estallido de las identificaciones sexuales ha generado una verdadera “implosión del género”, tal como ha sido nombrado recientemente a partir de una investigación en el campo del psicoanálisis de orientación lacaniana (Sinatra, 2013, p. 10). En las últimas décadas, ha surgido una multiplicidad de nuevos nombres a los cuales los sujetos se identifican a partir de prácticas de goce desenfrenadas, cuyas consecuencias en la cultura será aún necesario investigar.

      A la luz de los debates actuales, es necesario esclarecer algunas cuestiones que constituyen el marco epistémico de esta investigación, las cuales serán retomadas y desarrolladas oportunamente.

      En primer lugar, en contraposición al empuje hacia la pluralización del género, al comienzo del Seminario 19 Lacan da una indicación precisa, la cual figura en el epígrafe de la “Introducción” de esta investigación. Allí afirma: “El hombre, la mujer: a esto llamo valores sexuales. Que al comienzo estén el hombre y la mujer es ante todo asunto de lenguaje. Esta es la tesis de la que parto hoy” (Lacan, 2012a, p. 38). Decir “hombre” o decir “mujer” constituye un hecho de lenguaje. En todas las lenguas del mundo existe la posibilidad de nombrarse por medio de la diferencia sexual y en esto radica el funcionamiento del género, femenino o masculino. Dicho esto, Lacan agrega que “no sabemos qué son el hombre y la mujer” y en esto radica el problema. Por este motivo, luego de precisar que es imposible alcanzar una definición de la esencia de los sexos, Lacan procede a darle a la operación de la castración elaborada por Freud una articulación lógica que permite ir más allá de lo anecdótico del Edipo freudiano (Lacan, 2012a, p. 42). La elaboración de las posiciones sexuadas a partir de una lógica inédita, permite elucidar que existe una diferencia insoslayable entre un sexo y otro en cuanto a sus relaciones con el significante fálico así como en sus relaciones con el goce, en especial para la mujer por la experiencia de un goce en exceso, no contabilizable. Simultáneamente, la lógica de la sexuación elaborada por Lacan devela la imposibilidad de afirmar que “La mujer” existe en tanto es imposible definir la singularidad de su goce. Esta operación implica que existe una imposibilidad estructural para ambos sexos.

      En segundo lugar, existe un malentendido en las teorías post-feministas y en las actuales teorías queer sobre la sexualidad ya que desconocen que la propuesta lacaniana no se plantea en términos de género sino de goce (Fajwaks, 2013, p. 228). En la lectura crítica que los diferentes autores realizan del psicoanálisis, se evidencia que sus disputas se apoyan fundamentalmente en la conceptualización freudiana del Edipo y en las elaboraciones de la primera época de la enseñanza de Lacan. Dichos autores desconocen tanto la deconstrucción del complejo de Edipo y la puesta en cuestión del Nombre del Padre a la cual Lacan procede durante los años 70, así como la lógica que la elaboración lacaniana imprime a la sexuación a partir de un punto de no relación entre un sexo y otro. En este sentido, la orientación lacaniana sigue siendo profundamente subversiva respecto de las utopías de la época concernientes al anhelo de consumación de todos los goces. Hoy más que nunca se sostiene la creencia de que el goce puede ser alcanzado sin el límite que imprime la castración simbólica, con el consecuente empuje a su realización. Para el psicoanálisis que se orienta en la enseñanza de Lacan no se trata de la realización última del goce, sino de las formas posibles de su tratamiento.

      En tercer lugar, frente al empuje de la época por producir definiciones del ser de a partir de las prácticas de goce, cabe aclarar que la perspectiva lacaniana no brinda una nominación del ser que se sostenga en los significantes del Otro ni en las prácticas concernientes al goce sexual. La orientación lacaniana permite acceder a una nominación de otro orden, concerniente a la reducción de los trozos de real producidos a lo largo del recorrido analítico como núcleo irreductible del síntoma y del modo de inscripción respecto de la sexualidad. Se trata aquí de cernir un modo de goce que concierne al tratamiento singular del padecimiento sintomático y de la inexistencia de la relación sexual. Esta operación va más allá de las coordenadas edípicas del sujeto, de sus historias de amor y de soledad, ya que abre la posibilidad de una nominación que no surge de las prácticas de goce sin límite sino del modo de gozar que enlaza al ser hablante con el sentimiento de la vida, de una manera absolutamente singular.

      Tal como ha sido anticipado más arriba, Freud situó el Edipo femenino articulado a la envidia del pene y el rechazo a la feminidad constituye una de las salidas posibles al mismo. En tanto, la salida freudiana privilegiada es la maternidad, solución apaciguadora ante el penisneid. Lacan, en cambio, realiza dos virajes fundamentales: por un lado, localiza la presencia de un plus de goce que no corresponde al registro fálico y, por el otro, generaliza el rechazo a la feminidad para ambos sexos como consecuencia de la “potenciación fantasmática del falo” (Miller, 2011a, clase 4). El último tramo de su enseñanza se produce a partir de la elaboración de la sexualidad femenina y de la localización de un goce Otro, suplementario al goce fálico. En la lectura que Miller realiza de dicho goce afirma que Lacan lo generalizó “hasta transformarlo en el régimen del goce en tanto tal” para todo ser hablante, independientemente de su sexo (Miller, 2011a, clase 5). Su opacidad, su imposible localización y su carácter no contabilizable hacen del mismo el hueso duro de roer en la experiencia analítica. Se trata de un goce que permanece siempre innombrable e irrepresentable pero que insiste bajo la forma de la iteración de lo mismo, aun cuando el síntoma neurótico se ha desprendido del sentido inconsciente que coagulaba. Esta dimensión del goce femenino se rehúsa a entrar en razones y confronta a cada sujeto con su soledad.

      El misterio de la feminidad reside en que ellas, por estar inscriptas en la función fálica pero no totalmente subsumidas a la misma -es decir, no-todas amenazadas por la castración-, se confrontan con una dimensión del goce ilimitado. Por eso, ellas están más cerca de la locura y de la angustia. En este sentido, el estatuto que adquiere el amor para vida anímica femenina “constituye un esfuerzo por inscribir el goce en la relación con el Otro” (Miller, 1998a, p. 373). Sin embargo, el hecho de que la mujer permanezca compañera de su soledad pone en evidencia el fracaso del lazo amoroso para salvaguardarla de la misma. La sexualidad femenina enseña que el goce, por ser del Uno, tal como Lacan elabora a partir del Seminario 19, no resulta adecuado para el registro del Otro; esto quiere decir que permanece como imposible de escribir con los significantes que existen en el campo del Otro (Lacan, 2012a). En este sentido se puede afirmar que “en el goce, cada uno es, por fuerza, compañero de su soledad” (Miller, 1998a, p. 374).

      En el inicio del curso El Otro que no existe y sus comités de ética de J.-A. Miller en colaboración con É. Laurent, ambos autores presentan el problema de lo ilimitado del goce femenino como paradigma de la época actual, la cual se caracteriza por un empuje a gozar que puede no tener límites. Es a partir de dicha articulación que la “feminización del mundo” (Miller, 2005, p. 107-109) surge como una interpretación de los modos de goce propios de la actualidad. Consecuentemente, la “aspiración contemporánea a la feminidad” -sancionada por Miller años más tarde (Miller, 2011a, clase 4)- consiste en el movimiento por el cual el orden viril y los emblemas paternos ceden paso al empuje al goce, sin el límite que imponen el Nombre del Padre y la castración


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