Repensando la catequesis. José María Siciliani Barraza
de la teología helena…” (Chatelet, 1976, p. 237).
En los encuentros y desencuentros entre la cultura apostólica y la cultura helénica, entre la razón y la fe, emerge la mentalidad apologética en defensa de la fe. En este ambiente se elaboró la Didajé: “¡Qué fuerza apologética no late en ellos! ... Se trata de ver a Dios, cuya es la verdad y la vida toda de la iglesia” (Ruiz Bueno, 1950, p. 7). La defensa de la fe se realizaba a partir de categorías racionales. La predicación del mensaje salvífico cristiano tuvo lugar en un ambiente cuyas estructuras políticas, espirituales y religiosas se pueden clasificar de helenistas: “Si el mensaje del evangelio quería ser aceptado, debía adaptarse al lenguaje y mentalidad de los oyentes; en consecuencia era forzoso que el cristianismo se encontrarse con el helenismo” (Stockmeier, 1976, p. 381). El ambiente de defensa se comprende en términos de “unidad de la Iglesia, unidad en la Eucaristía, unidad en la liturgia, unidad en el lenguaje, etc.”5.
Visiones teológicas y morales en la Didajé
La teología y la moral en el siglo I
La reflexión teológica de este periodo se desarrolla en el proceso evangelizador de San Pablo, que coincidía con los discursos y exhortaciones de los estoicos. Esta coincidencia permitió determinar la presencia de numerosos temas comunes, específicamente en el campo teológico. Para visualizar esta correspondencia se comparará un discurso de Marco Aurelio con una cita de la carta de San Pablo a los Efesios.
Discurso de Marco Aurelio | Carta de Pablo a los Efesios |
“Uno es el mundo que forman todas las cosas; uno el Dios que lo llena todo; una la sustancia, una la ley, una la razón común a todos los seres inteligentes; una la verdad, pues una también es la perfección de los seres y de la misma familia y que participan de la misma razón” (Marco Aurelio, 170-180, L. II, 16). | “Sólo hay un cuerpo y un espíritu, como también una sola esperanza, la de su vocación. Sólo un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef. 4,4-6). |
Para visibilizar esta teología, se recurrirá al análisis que realiza Pepin de estos dos fragmentos, en el que aborda el binomio mundo-ciudad, cuyas interpretaciones son diferentes. Porque para los estoicos, “es la idea de una comunidad de esencia para todos los seres razonables” (Chatelet, 1976, p. 247). En cambio, para los cristianos “… es la realidad de la persona singular de Jesús el cuerpo místico y las comparaciones de ciudad y cuerpo se aplican no tanto al mundo cuanto a la persona de Jesús” (Chatelet, 1976, p. 248). Dentro de esta clave, el discurso filosófico y el mensaje salvífico, se construye la nueva teología, pero realizando acentuadas diferenciaciones en las que se coordina la lógica racional y la lógica divina (Chatelet, 1976, p. 252).
La moral helénica y la moral cristiana tienen los mismos presupuestos teológicos antes descritos. Las actuaciones morales en la mentalidad helénica tienen un carácter totalmente externo. Por lo tanto, en la mentalidad cristiana se trata de un don divino. Sin embargo, otro punto diferenciador está en la presentación lingüística de dicha moral. La presentación helénica es alegórica y la cristiana es diatríbica. Esta disyuntiva se manifiesta en la misma Didajé con los Dos Caminos, cuyo punto de discusión está en desvelar si es una alegoría propia de la mentalidad helénica o una diatriba (discurso fuerte y directo) propio de la mentalidad cristiana.
La moral alegórica helénica
Platón fue de los pensadores griegos que utilizó el recurso de la alegoría para hacer comprender el problema moral de su época. Sin embargo, antes de precisar las alegorías platónicas de la moral, se definirá el concepto de alegoría, figura estilística que busca: “afirmar una cosa y significar otra diferente de lo que se dice…” (Chatelet, 1976, p. 254). Con este recurso, Platón diseñó dos reflexiones de carácter moral. La alegoría del auriga, que vincula la gnoseología con la ética y la estética, y la alegoría del jardinero, que vincula la justicia con la ética y la estética. El auriga representa el aspecto gnoseológico de lo verdadero y lo falso (Platón, 1996, pp. 637-642). ¿Quién coordina los caballos? Uno de ellos representaba el alma de la bondad, y el otro, el alma de la concupiscencia (Platón, 1996, p. 637). Con ello, se recurre a lo estético de los corceles para precisar las categorías de lo bello y lo feo. El jardinero representa la escritura como mecanismo de recuperación de la memoria. Es un jardinero inteligente (gnoseología), que siembra las semillas en los tiempos y terrenos adecuados para lograr los frutos pertinentes. Con esta alegoría, Platón muestra que se hace justicia con aquellos que recuperaron su pasado mediante el cultivo de la escritura, a diferencia de aquellos que por las diversiones y el ocio estéril perdieron su vida, porque no la recuerdan (Platón, 1996, p. 569).
La moral diatríbica cristiana
Las alegorías influyeron en el cristianismo. A pesar de su fuerte influencia en el incipiente cristianismo del siglo I y en el ya conformado cristianismo del siglo II, “… los Padres de la Iglesia interpretan la Biblia por la alegoría y así expresan el contenido teológico” (Chatelet, 1976, p. 263). También influyeron notablemente las diatribas cínico-estoicas, que consisten en un discurso violento popular que se apoya en el empleo de cierto número de procedimientos estereotipados: “Se ha establecido un paralelismo entre esta diatriba y el estilo de la predicación neotestamentaria, particularmente de la predicación paulina” (Chatelet, 1976, p. 252). Bultmann realizó un estudio sobre las diatribas en las Cartas de San Pablo y se encuentran las siguientes características: la objeción que presenta un oyente imaginario y la interpelación del adversario, el uso de palabras de las mismas raíz, tales como criatura y creador, perecedero e imperecedero, comparadas para producir efecto; “El gusto por la antítesis, tanto en las ideas como en las palabras; la prosopopeya mediante la cual se hace hablar a una noción abstracta, como, por ejemplo, la personificación del pecado…” (Chatelet, 1976, p. 253).
La reflexión ética-helénica-cristiana en la Didajé
La mentalidad helénica se esforzaba en objetivar las normas mediante la clasificación de las virtudes y los vicios. De algún modo, intentaba demarcar exactamente los componentes cognoscitivos, éticos y estéticos para su respectiva reflexión y posible aplicación (Stockmeier, 1973, p. 380). El cristiano observó la relación entre la ley natural junto con la moral natural para armonizarla con la moral cristiana. Dichas categorías se adaptaban y empalmaban racionalmente a los propósitos de felicidad del cristiano de amar a Dios y amar al prójimo (Stockmeier, 1973). La estructura de la Catequesis Moral de la Didajé6 permite identificar tres grandes apartados: los Dos Caminos, el Camino de la vida y el Camino de la muerte. Esta clasificación se aparta de la división tradicional que se presenta en sus primeros seis capítulos. Sin embargo, se evidencia en la estructura de la primitiva catequesis la alegorización binomial platónica de los dos caminos, pero al mismo tiempo la preceptuación diatríbica del camino para llevar la verdadera vida.
Los dos caminos
La instrucción moral de la Didajé se presenta como la doctrina dirigida a todas las naciones, a la gentilidad y cristiandad que tienen unas características prácticas para la iniciación cristiana (Ayán, 2002, p. 36). Stockmeier realiza un estudio profundo sobre los dos caminos con la perspectiva de la influencia griega de la Didajé, y considera que “se remonta a una concepción pitagórica; la encontramos en la comunidad de Qumram y en la Didajé” (Stockheimer, 1973, p. 380). En cambio, Ayan propone que los orígenes de la alegoría de los dos caminos, que enmarca la instrucción moral, se remontan al Sermón de la Montaña (Mt. 7,13): “Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el máximo y primer mandamiento. Y el segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos está colgada toda la ley y los profetas (Mt. 22, 37-40)” (Ayan,