La niñez desviada. Claudia Freidenraij
empírica que las sustentaran. Más bien se constata que lo que se produjo en el cambio de siglo fue un crecimiento de las prohibiciones, de las conductas reprobadas y de las actividades penadas. Se trata de una inflación del arco normativo que se cierne sobre la vida cotidiana de la infancia y la juventud de la clase trabajadora, en la medida en que se castigan, reprimen y restringen actividades, rutinas y comportamientos que tienen una clara pertenencia de clase. Por este motivo, me interesa aquí historizar las prácticas cotidianas, las formas de sociabilidad, de circulación y de habitar de niños y jóvenes pertenecientes a la clase trabajadora de la ciudad de Buenos Aires en la medida en que, hacia fines del siglo XIX y principios del XX, esas prácticas y cotidianeidades fueron transmutadas y asociadas al mundo del delito o calificadas como “predelictuales”.
En ese proceso histórico que se pone en primer plano en estas páginas se recortó un sujeto sobre el que se volvió la mirada, se proyectaron los temores y las ansiedades de la clase dirigente. Sobre ese sujeto que aquí llamamos “niñez desviada” se volcaron una serie de “especialistas” que construirían sus saberes, campos disciplinares e institucionales en torno de ellos. Se trata de una niñez desviada de lo que las elites imaginaban para la infancia: de su rol de escolares y del ideal de domesticidad que comenzaba a afianzarse, apartada de las conductas públicas esperadas. Es objetivo de este libro, entonces, reconstruir las líneas maestras a través de las cuales se produjo la asociación entre ciertas prácticas y comportamientos infantiles y el mundo del delito, esto es, el proceso de criminalización de algunos aspectos de las formas de vida de las infancias plebeyas.
Un objetivo central es dar cuenta de la conformación histórica de ese sujeto preocupante y punible que en su época fue denominado “infancia abandonada y delincuente”. Es importante indagar las razones por las que niños “abandonados y delincuentes” formaron parte de un mismo problema, habitaron las mismas instituciones y protagonizaron conjuntamente las políticas públicas para menores. Estas intervenciones implicaron la puesta en práctica de medidas asistenciales y penales que no se distinguen entre sí: el asilo, la corrección, el depósito, el castigo y la guarda se confunden en la experiencia concreta de los menores tutelados. Retomamos aquí la noción de archipiélago para referir al conjunto de establecimientos, agencias estatales e instituciones particulares que se ocupaban de la “infancia abandonada y delincuente”. Colonias agrícolas e industriales, colonias penitenciarias, asilos, batallones correctivos, reformatorios y sociedades de patronato constituían dispositivos disciplinarios que formarían parte de ese archipiélago, que en su funcionamiento hilvanaba ilegalismos, irregularidades, desviaciones, anomalías y delito (Foucault, 2006 [1975]: 300-314). A su vez, caracterizamos este archipiélago como penal y asistencial en la medida en que las prácticas abiertamente represivas de ciertas instituciones convivieron con otras, que aspiraban a la “protección” y “salvaguarda” de los niños. Represión y amparo son dos aspectos muchas veces inseparables de las relaciones que las distintas agencias estatales aquí estudiadas entablaron con la infancia urbana plebeya.
Al mismo tiempo, la noción de archipiélago resulta útil para poner de relieve las relaciones confrontadas y resistidas entre policía, defensores de menores y administradores penitenciarios, los agentes estatales privilegiados de la constitución de esa “infancia abandonada y delincuente”, en la medida en que fueron ellos quienes entraron en relación directa con los niños y jóvenes plebeyos y gestionaron su paso por el archipiélago penal-asistencial que desplegaron en torno suyo en el período que estudiamos.
Este libro se ocupa, entonces, de las intervenciones cruzadas de distintos agentes y agencias estatales sobre esa niñez desviada: se privilegian las relaciones que establecieron con la infancia de las clases trabajadoras la policía de la Capital, los defensores de menores y las autoridades encargadas de la administración del primer reformatorio nacional, conocido como Casa de Corrección de Menores Varones. Si bien cada una de estas agencias actuaba de manera independiente de las demás, todas guiadas por su propia lógica de funcionamiento y condicionadas por su lugar en la estructura administrativa estatal, lo cierto es que mantuvieron contactos y establecieron relaciones que no siempre fueron armoniosas, sino que se caracterizaron por tensiones, conflictos y negociaciones permanentes. Las disputas en torno al ejercicio de la tutela estatal de niños pobres, huérfanos y delincuentes fueron constitutivas del proceso de construcción del Estado en sus diversas agencias educativas, judiciales, penitenciarias y administrativas (Devoto y Madero, 1999).
La policía jugó un rol central en el proceso de criminalización de la “niñez desviada” en la medida en que creó una serie de normas legales que, en forma de edictos y disposiciones, tendieron a intervenir de manera cotidiana sobre la realidad de un vasto sector de la infancia y la juventud de las clases trabajadoras. En este sentido, retomamos la preocupación por las formas en que se definen e instrumentan las nociones de delito, así como la legitimidad del castigo y la corrección que le cupo a la “infancia abandonada y delincuente” en el trayecto que va entre 1890 y 1919, momento en que se cristalizaron una serie de prácticas asistenciales y correccionales en la Ley de Patronato de Menores.
A su vez, se plantea que los defensores de menores tuvieron un papel destacado en el entramado institucional encargado de la tutela de los menores “abandonados y delincuentes”. Autoridad administrativa a cargo del destino de niñas, niños y jóvenes carentes de otros adultos que ejercieran sobre ellos la patria potestad, los defensores de menores jugaron un papel articulador dentro del archipiélago penal-asistencial que se tramó en torno a la “niñez desviada”. La circulación de menores por distintos establecimientos de asilo y corrección, así como por las fuerzas armadas, las casas particulares e incluso por establecimientos productivos, fue producto de las condiciones materiales en que se llevó adelante la tutela estatal. Fuese a través de las colocaciones familiares o mediante la internación en establecimientos asilares y correccionales, el ejercicio de la tutela del Estado sobre esta infancia minorizada supuso experiencias vitales estigmatizantes. Interesa aquí reconstruir el movimiento histórico que llevó al nacimiento de instituciones penales específicamente diseñadas y organizadas para la corrección de menores, que supuso el paso del encierro indiferenciado para adultos y niños al nacimiento de formas específicas de castigar a estos últimos.
Es importante señalar que el nacimiento del reformatorio como institución de encierro organizada específicamente para el apartamiento de la vida social de los menores no fue el resultado directo de la existencia de niños y jóvenes delincuentes, es decir, la puesta en pie de instituciones correccionales y tutelares no fue la respuesta estatal al crecimiento objetivo del fenómeno de la delincuencia infantil y del abandono de niños que se habría desarrollado a caballo del cambio de siglo, sino que ambos procesos –la creación de espacios de reclusión para menores y la de los sujetos que las poblarían– fueron construcciones sociales e históricas que corrieron en paralelo. En este sentido, coincidimos plenamente con la hipótesis que plantea que la minoridad es una “invención” social (Platt, 1997; Vianna, 2007 [1999]; Zapiola, 2007b). Más que buscar relaciones causa-efecto entre delincuencia y prisión, entre abandono de niños y hospicio, entre orfandad y asilo, creemos que es necesario ensayar una explicación del nacimiento de las instituciones de encierro que hilvane tanto la existencia real de los fenómenos sociales (la delincuencia infantil, el abandono de niños, la orfandad) como las tensiones que se hallaban detrás de sus promotores institucionales (sus intereses, sus prejuicios, su lugar en el entramado estatal y social, su derrotero profesional, etc.). El reformatorio no nació como respuesta a la existencia de menores “incorregibles” y “peligrosos”; los reformatorios (y los asilos, las escuelas de artes y oficios, los orfanatos, las colonias, es decir, toda la red institucional de encierro de menores que conformaba el archipiélago penal-asistencial) se pusieron en pie a la vez que se producían sus destinatarios, o sea, en paralelo a la invención de los menores. ¿Cómo se produjo ese proceso? ¿De dónde se reclutaron los niños y jovencitos que poblaron los establecimientos correccionales y cómo vivieron las experiencias de reclusión?
Las coordenadas espaciales y temporales que delimitan los contornos de esta investigación son la ciudad de Buenos Aires en su período de mayor crecimiento demográfico, mientras atravesaba uno de los procesos de transformación más profundos de su historia en términos económicos y políticos, pero sobre todo sociales y culturales. La decisión