Cada uno encuentra su solución. Mónica Torres
hasta ahora. Se dan cuenta que Lacan da vuelta toda la teoría. La angustia frente a la detumescencia indica la diferencia entre el falo simbólico y el imaginario, es decir entre Φ y -φ, y el falo como órgano del cuerpo que es real. Pasamos del cuerpo imaginario del lado del estadio del espejo, alienado al espejo allí donde no está, al cuerpo real de la angustia.
Luego, sí podrá entonces introducir las zonas erógenas en el Seminario 11 y el inconsciente hecho a la medida de esa boca que se abre y se cierra o de cualquier otro orificio del cuerpo, salvo el oído. Ese orificio, el del oído, no se cierra, por eso la voz del superyó tiene esa consistencia. Y la apertura y el cierre del inconsciente es lo que Lacan va a llamar en este seminario “la pulsación del inconsciente”. (11) Lacan agrega la mirada y la voz referidas a los orificios de cuerpo, que son incluidos como zonas erógenas. Aparecen el registro de lo escópico (la mirada) y de lo invocante (la voz). El órgano ya no es significante, hace referencia a la libra de carne, incluso a la libra de carne shakesperiana. Es lo que aparece en el sacrifico del hijo de Abraham, quien está dispuesto a matar a su hijo, pero Dios lo detiene y Abraham le pide que a cambio lo deje cortarle al menos un pedacito de la carne. Esto es la circuncisión.
El sacrificio de los hijos
En la primera clase del seminario de Enlaces (12) que di en la Escuela el lunes, trabajé precisamente el tema de la matanza de los hijos a partir de dos películas actuales: Sin lugar para los débiles y La conspiración, especialmente esta última película cuyo título original traducido es En el valle de Elah, que es el valle donde se encontraron David y Goliat. La película muestra la historia de un padre (que es policía y militar) que manda a sus dos hijos a la guerra de Irak. ¡Muy difícil de ver!
Pero si hay algo que muestra, es justamente el “después de la masacre”. Estoy haciendo referencia a un artículo de JeanClaude Milner titulado justamente “Después de la masacre”, publicado en un libro que se llama Élucidation, (13) donde plantea que son los hijos los que mueren en la guerra y no los padres. Allí Milner toma la obra de Pirandello –que es también un escritor de la post-guerra– Seis personajes en busca de autor, (14) y lo que dice Milner es que los seis personajes nunca van a encontrar al autor porque les falta el padre. Después de la masacre les falta el padre. Empieza la caída del padre. Hay diferentes tratamientos de esto: el de Eliot y su religión de las letras; el de Sartre con la conceptualización de la angustia sin solución; el de Pirandello con su cuestión de que no hay manera de encontrar al autor porque falta el padre. Lo que decíamos en la clase de Enlaces es que en la primera y en la segunda guerra todavía había ideales. El sujeto tenía un S1 que lo sostenía y le permitía ir a la guerra con un ideal. Pero esto, a partir de la guerra de Vietnam, cambia. El padre de la película, En el valle de Elah, manda al niño a matar a Goliat pero un niño solo puede matar a Goliat en la Biblia, en la vida real esto es imposible. El padre era un veterano de Vietnam, igual que el héroe de la película Sin lugar para los débiles. Y este padre manda a sus dos hijos a la guerra, a uno a la guerra de Bosnia y al otro a la guerra de Irak, o sea que siempre manda a sus hijos a pelear con Goliat. Y hay una similitud entre ambas películas. Podríamos decir que en esta época no hay lugar para los niños, no hay lugar para los neuróticos. Ustedes saben que Lacan dice que hay que elegir entre la debilidad mental o la locura. La debilidad mental es la neurosis. Entonces, no es un país para neuróticos. Porque lo que está en juego allí es la perversión; la perversión máxima que es la guerra y la tortura.
El protagonista de la película le cuenta a un niño sobre la hazaña de David. Y este niño le pregunta: “¿Por qué mandaron al pobre David a enfrentar a Goliat?”. Esto es mandarlo al sacrificio. En la Biblia, David le pega a Goliat con una honda en la frente, lo mata, luego le saca su espada y le corta la cabeza. Pero no son así las cosas en la realidad. Y pensaba: “¿Por qué es más encarnizada Bosnia o Irak que Vietnam?” Y alguien me dice: “Cuando fue Vietnam, todavía no había ocurrido la caída del Muro de Berlín”. Había entonces un enemigo, había alguien contra quién pelear: el comunismo como la amenaza roja. Pero ahora, ¿contra quién peleamos? Después de la caída del Muro, hay un solo país que gobierna el mundo.
Les estoy dando diferentes ejemplos de la angustia en lo real: la guerra, la detumescencia del órgano. Parecen tan diferentes; sin embargo, por ejemplo, en la película Expiación las encontramos juntas.
Cuando falta la falta
Hay en esta Escuela un AE –un analista de la Escuela, es decir, alguien que contó su fin de análisis y ha sido nominado como tal– que dio su primer testimonio el otro día (15) y contó una escena fantástica de su niñez sobre la detumescencia. A él le gustaban los magos; de hecho, estudió magia y, según me cuentan, todavía sabe hacer trucos. Tenía un abuelo que lo llevaba al circo. Un día le gustó la partenaire del mago y el abuelo le dijo: “¡Tenés que ser mago para tener una partenaire así!”. Esta frase le quedó grabada como que para él iba a ser difícil el acceso a las mujeres y así fue. Pero lo que cuenta muy bien es la escena cuando el mago pide un cola borador, pasa él y el mago le dice que le permita usar una parte del cuerpo que él no use. ¿Qué puede pensar el niñito en ese momento? ¿Cuál es el órgano que no usa? ¡Quedó aterrado! Era para realizar el truco de la guillotina, así que el niñito no tuvo más remedio que acercar el brazo y ver cómo caía el brazo trucado. Quedó perplejo. La marca de la angustia quedó para siempre. Descubrí, entonces, que la verdadera angustia de castración no tiene que ver con la falta, lo cual sería el complejo de castración a lo freudiano. La verdadera angustia es que falte la falta, es la angustia relacionada con la madre insaciable. Por mucho tiempo él quedó pensando en la angustia de castración como una angustia real, cuando la verdadera angustia es que falte la falta.
El falo y la detumescencia
Hasta este seminario de La angustia, teníamos un Lacan hegeliano y la dialéctica de la relación entre los sexos estaba marcada por ser o tener el falo; o sea, la relación necesidad, demanda, deseo. Y estaba pensado en los términos de ser el falo para la mujer, tenerlo para el varón. Por eso la definición del amor, “amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es”. (16) Es decir, “dar lo que no se tiene”, el falo, “a alguien que no lo es”, el falo. Todo esto en términos del falo simbólico. En el escrito “La significación del falo”, (17) por ejemplo, Lacan se ocupa de la homosexualidad femenina y la homosexualidad masculina: la homosexualidad femenina está más referida al amor porque se ama a alguien por lo que no tiene; mientras que la homosexualidad masculina está más referida al deseo porque se lo desea por lo que sí tiene.
Ahora, la falta aparece del lado del hombre y comienza un elogio a la feminidad que culminará en Aun. Ya no se va a tratar del deseo como un resto todavía posible de ser comprendido como dialéctico; es un resto de goce y el goce no responde a la dialéctica hegeliana, no se puede negativizar. La palabra “dialéctica” desaparece por completo de la enseñanza de Lacan, que deja de ser hegeliano. Y nos encontramos con un Lacan que está discutiendo con Kierkegaard, quien sostiene que la mujer está más sujeta a la angustia que el hombre. No se entiende muy bien porqué Kierkegaard dice esto, porque su famoso libro Temor y Temblor está referido a la angustia de él en relación al padre. No obstante, Kierkegaard sostiene esto respecto de la angustia en la mujer y Lacan lo refuta: es el hombre quien está más expuesto a la angustia, por la angustia frente a la detumescencia. Sin embargo, acuerda con Kierkegaard en que ella está más expuesta al deseo del Otro, porque el objeto no la estorba, no está pendiente del objeto sino del Otro, del deseo del Otro. Las mujeres no están tan interesadas en el objeto. El órgano como objeto es mediación entre el hombre y el deseo del Otro. El hombre está más interesado en saber qué va a pasar con su órgano. La mujer, en cambio, como no tiene, tampoco tiene de qué preocuparse. Aquí en vez de aparecer como una desventaja el no tener el órgano llamado fálico, aparece como una ventaja.
En ese seminario, Lacan da dos ejemplos. Por un lado, dice que el masoquismo femenino es un fantasma masculino, porque son los hombres los que se imaginan eso. Porque los hombres pueden imaginarse una mujer que aguantaría la erección del órgano hasta el final, hasta el límite, como en Sade, asegurando que no hubiera la detumescencia. Es decir que el cuerpo de una mujer pueda ser usado de