Cada uno encuentra su solución. Mónica Torres
lo que hace nudo con el ‘tú eres mi mujer’, no dije inmediatamente que ‘tú eres mi mujer’ (tu es ma femme) lleva directamente a ‘maten a mi mujer’ (tuer ma femme) porque hubiera sido dar un mal ejemplo. Esa pareja, que es siempre desanudable, cualesquiera que sean las palabras claves que la han fundado, el análisis demuestra que está anudada por el agujero…”. (8)
Verán ustedes, y es el recorrido que nosotros vamos a hacer en este curso, que decir “anudada por el agujero” no es decir “anudada por lo simbólico”, más bien él se burla de lo simbólico, de la confianza que había tenido en el significante y de la palabra plena, como lo trabaja en el Seminario 1.
En otro párrafo de ese mismo seminario R.S.I., en la clase 7 del 11 de marzo de 1975, nos dice: “Pues solo los significantes copulan entre ellos en el inconsciente; pero los sujetos pathemáticos –afectados por el pathos– que resultan de ello bajo la forma de cuerpos son conducidos, mi Dios, a hacer otro tanto, ¡a besar, como llaman a eso!”. (9) “Besar” en el lenguaje común francés se acerca a lo que nosotros podríamos llamar en nuestro argot “coger”. Es decir, pasa de la copulación entre significantes a nivel del inconsciente a la copulación entre los cuerpos. Y agrega: “No es una mala fórmula, pues algo les advierte que no pueden hacer más que chuponear el cuerpo llamado Otro, significado Otro solo por el Registro Civil”. (10) Registro Civil, orden simbólico donde se inscribe el nacimiento, la filiación, el Nombre del Padre y también el matrimonio. Lo que demuestra una vez más la dimensión del agujero o del irreductible que hay entre las tres los registros –real, simbólico e imaginario– y los tres campos –amor, deseo y goce– de las relaciones entre los sexos. El significante va por un lado y lo real por el otro; el deseo, que siempre pertenece al registro simbólico, significante, va por un lado y el goce, que se presenta a nivel del cuerpo y pertenece al registro de lo real, va por el otro.
Expiación. Los límites de la palabra
Para dar un ejemplo del abismo que hay entre la lógica del significante y lo real, voy a tomar una novela, Expiación de Ian Mc Ewan, que leí hace unos pocos años. Esta novela fue adaptada al cine por Joe Wright y se llamó Expiación, deseo y pecado. Tengan en cuenta que estamos haciendo un salto de fines del siglo XVIII a principios del siglo XXI, de El joven Werther de Goethe a Expiación publicada en castellano en el año 2002. Ian Mc Ewan es uno de los miembros de la generación de los jóvenes novelistas ingleses, nacido en 1948. Me interesa esta novela convertida en film, para darles un ejemplo del malentendido simbólico, del malentendido entre los sexos y del malentendido familiar, aplicando el arte al psicoanálisis, tal como Lacan lo hizo con Duras.
La primera mitad de la novela transcurre en el día más caluroso del verano de 1935, en la casa de campo de la familia Tallis. La madre, como lo hace habitualmente, está encerrada en su cuarto con jaqueca, mientras que el padre de familia está en Londres. Briony, la hija menor de trece años, comienza a escribir. Va a ser escritora y escribe varias versiones del drama que se va a desarrollar durante la novela. Cecilia, su hermana mayor, regresó de Cambridge donde no ha obtenido las altas notas que esperaba. El que sí obtuvo brillantes notas es Robbie Turner, el hijo de la criada a quien la familia Tallis le paga los estudios. Otros amigos y parientes van llegando a la gran casa de campo. Entre ellos, los hijos de la hermana de la Sra. Tallis. Esta hermana abandonó a su marido e hijos para irse a París con su amante, encomendando a su hija Lola y a sus hermanos mellizos menores a la familia Tallis. Llegan también León, el hijo mayor de los Tallis, y un amigo suyo, un joven rico y presuntuoso.
Hay una situación de extrema tensión agresivo-amorosa entre Robbie y Cecilia que se desarrolla en una escena en la que Cecilia va hacia una fuente a llenar de agua un jarrón que es una antigüedad muy apreciada por la familia. Robbie intenta ayudarla pero forcejean y el jarrón cae dentro de la fuente y se rompe. Sorpresivamente, Cecilia se saca la ropa y se zambulle en ropa interior en la fuente, sale del agua con los pedazos del jarrón en las manos y se escabulle. Briony ha visto toda la escena desde la ventana sin comprenderla. Ha visto a Cecilia salir empapada de la fuente, vestida solo con ropa interior, mientras Robbie la mira. Briony teje su propia novela interpretando esta escena, que ella ve como una escena de seducción, casi de violación.
Mientras tanto, Robbie corre a su cuarto turbado por la visión de Cecilia. Ha sido invitado a cenar en la casa principal esa noche y sabe que Cecilia está enojada con él, por toda la confusión de sentimientos que se ha desplegado en la escena de la fuente. Decide escribirle una carta a Cecilia, en la que se hace cargo de su torpeza y de haber sido el causante de que el jarrón se rompiera. Se sienta en la máquina de escribir y escribe: “Te perdonaría si creyeras que estoy loco, por entrar en tu casa descalzo o romper tu jarrón antiguo. La verdad es que me siento bastante idiota y aturdido en tu presencia, Ceci, ¡y no creo que el calor tenga la culpa! ¿Me perdonarás? Robbie”. (11) Luego, al cabo de un rato de ensoñación, se inclina y agrega sin poder contenerse: “En mis sueños te beso el coño, tu dulce coño húmedo. En mis pensamientos te hago el amor sin parar todo el día”. (12) El borrador estaba estropeado, sacó la hoja de la máquina y escribió la carta a mano, pensando que un toque personal convenía a la situación. Las dos cartas, la escrita a máquina y la escrita a mano, quedaron una al lado de la otra. Luego se vistió, conversó un momento con su madre, tomó la carta, la metió en un sobre y salió.
En el camino hacia la casa se encuentra con Briony, le entrega la carta y le pide que se la dé a Cecilia. La chica sale corriendo a llevarle la carta a su hermana mayor. En ese momento, Robbie levantó la cabeza preso de un súbito temor y de una certeza: la hoja que había puesto en el sobre era la mecanografiada. Mc Ewan evoca aquí a Freud, cuando dice: “No hacía falta una sutil clave freudiana, pues la explicación era simple y mecánica: la carta inocua descansaba sobre la figura 1236, con su audaz ilustración y lúbrica corona de vello púbico, mientras el borrador obsceno estaba en la mesa, al alcance de la mano”. (13) La tragedia se va a desarrollar a partir de este malentendido, de este lapsus que en verdad muestra lo que no debe mostrarse. Esta familia que tanto apreciaba a Robbie, que le pagaba sus estudios, que lo trataba de igual a igual, dejará caer sus máscaras. Cuestión que nos resulta conocida por el famoso ejemplo de “famillionario”. (14)
Briony le entrega la carta a Cecilia pero previamente la lee. Cuando Cecilia finalmente lee la carta, el amor y el deseo que siente por Robbie se le develan. Antes de la cena, tienen un encuentro pasional en la biblioteca y son interrumpidos por Briony que con su imaginación febril, cree ver en Robbie un violador y en Cecilia su víctima. Briony le lee la nota a Lola, quien decide que Robbie es un maníaco-sexual. Durante la cena, las cosas se tensan. Robbie y Cecilia descubren su amor. La dueña de casa se pierde en sus dolores de cabeza para olvidar que su marido está en Londres en historias poco claras que ella no quiere saber. En medio de la noche y después de la cena, los mellizos mortificados por la ausencia de la madre, se escapan y se pierden en el bosque. Todos salen por separado a buscarlos. Cuando Briony encuentra a Lola, que ha sido abusada sexualmente por alguien, decidirá que el culpable es Robbie. Robbie irá a la cárcel por este crimen que no cometió, aunque los lectores ignoraremos hasta casi el final de la novela quién ha sido el violador.
El verdadero crimen fue el lapsus, que por otra parte es doble: Robbie toma la carta equivocada, pero nada hubiera pasado si la carta hubiera llegado directamente a Cecilia. El problema es que Robbie al darle la carta a Briony, se denuncia a sí mismo ante toda la familia. Este desenlace hace que se develen algunos puntos ocultos: que Robbie no era tan amado por la familia Tallis, la rivalidad entre la Sra. Tallis y su hermana que va tras sus deseos a París, la rivalidad entre Briony y Cecilia, y los celos que los Tallis sienten por la inteligencia de Robbie siendo que Cecilia no es tan talentosa.
La escritora, que es Briony, escribirá más de un final sobre esta escena y sus consecuencias y al final se preguntará: “¿Cómo puede una novelista alcanzar la expiación cuando, con su poder absoluto de decidir desenlaces, ella es también Dios? No hay nadie, ningún ser, ni forma superior a la que pueda apelar, con la que pueda reconciliarse o que pueda perdonarla. No hay nada aparte de ella misma. Ha fijado en su imaginación los límites y los términos. No hay expiación para Dios, ni para los novelistas, aunque sean ateos. Esta tarea ha sido siempre imposible, y en esto ha residido el quid de la cuestión.