José Kentenich, una vida al pie del volcán. Dorothea Schlickmann
aislamiento en un calabozo sin luz, siguieron varios meses en la cárcel de la Gestapo y finalmente tres años en el campo de concentración de Dachau.
A poco de ser puesto en libertad y retornar a su labor apostólica, fue blanco de acusaciones por parte de la Iglesia, separado de su fundación y enviado a los EE.UU. “Regresará sólo en el ataúd”, se le había profetizado. Pero al cabo de catorce años de exilio - en el marco del Concilio Vaticano II -, se le permite el retorno al lugar de origen de su Movimiento. En su condición de fundador trabajará allí otros tres años, hasta fallecer a la edad de 83 años.
Una vida y labor fascinantes, desplegadas entre dos Guerras Mundiales, en un siglo de tremendos levantamientos y revoluciones.
¿Por qué no se quebró a pesar de vivencias tan duras? ¿Por qué no se rebeló contra la Iglesia que no quería escucharlo? ¿Qué le infundía fuerzas para soportar todo?
El P. José Kentenich (1885-1968), fundador del Movimiento internacional de Schoenstatt, asume y sale airoso de todos los desafíos. Su vida es literalmente una vida “al pie del Vesubio”, con todos los peligros que entraña un volcán activo e imprevisible. Una vida dramática, llena de vicisitudes, ligada indisolublemente a la misión que él sin duda tiene para una época, para su sociedad e Iglesia. Una misión que no se buscó él mismo, sino que le fue confiada, y para la que procuró abrir un camino, no a fin de ser honrado por los demás ni para llevar una vida cómoda, sino porque se sabía enviado por Dios. Hombres así no siempre son agradables, pero sí interesantes. Y los necesitamos.
Su vida tiene algo de fascinante también para los que no creen. Podría ser una señal de esperanza con el siguiente mensaje: la vida puede desplegarse y ganar un amplio radio, incluso en medio de circunstancias adversas, si…
La siguiente biografía se fundamenta en una investigación histórica de muchos años, pero renuncia a incluir notas de pie de página. Los diálogos y cartas ficticios están basados en documentos históricos y testimonios reales que en el curso de la biografía aparecerán en su versión literal. Las citas originales del P. Kentenich están entrecomilladas y en letra itálica.
Quiero agradecer a todos los que han acompañado esta biografía. Sobre todo a quienes me asesoraron con sus observaciones y consejos: la Dra. Elisabeth Braunbeck y la Dra. Eva María Amrhein. Agradezco por su crítica literaria al Dr. Bernardo Biberger, al Prof. Dr. Joaquín Söder, a Martina Bernhard, al P. Enrique Hug, a Teresa Strunk y Benito Matt. Vaya asimismo mi agradecimiento por la corrección del texto a Beate Altmeyer y Mónica Fleitmann. Agrego un especial agradecimiento a la editorial Herder y a su editor, el Dr. Bruno Steimer, por la atenta colaboración.
Vallendar, 16 de noviembre de 2018.
Dorothea María Schlickmann
1- Geheime Staatspolizei: Ge-sta-po: Policía Secreta del Estado del régimen nazi (N. del T.).
1. Infancia entre luces y sombras
“Cuando sea grande, seré sacerdote y entonces voy a decir: ‘Queridos hermanos… Amén’. No sé lo que se dice entre medio; tengo que aprenderlo”. Así hablaba José con casi seis años de edad, parado tres escalones más arriba de sus compañeros de juego, tomado de la baranda; los otros niños lo sobrepasaban por una cabeza. Por entonces nadie hubiera pensado que ese deseo infantil se cumpliría y que José, ya Padre Kentenich, iniciaría sus homilías, hasta avanzada edad, con esas mismas palabras: “Queridos hermanos…”
Gymnich, la cuna. Un pueblo renano a la sombra de un campanario de bulbo
Su pueblo natal contaba 1.901 habitantes. Era un pueblo rural en el que todos se conocían. José se sentía bien en él. Allí vivía junto a su madre, en la casa de los abuelos. Nació en esa casa el 16 de noviembre de 1885, cuando tenía lugar una kermés celebrada con la alegría propia de la gente renana. El buen humor fue una cualidad que lo acompañó toda su vida, era parte del “aroma” de su personalidad. José amaba la vida campesina. A los 18 años le escribe a un profesor, el P. Mayer, que entre los campesinos “se vive a gusto” y que su salud mejoró enseguida: “en cuanto respiré el aire de mi pueblo, todo volvió a estar bien”.
El paisaje natal de lagunas redondas, campos de cultivo y bosques daban alas a su innato amor a la libertad y a su pulsión infantil de expansión. Correteaba con sus compañeros por el pueblo, jugaba a las escondidas o saltaba despreocupadamente, con sus primos y primas, en el largo banco junto a la estufa, en la casa del tío abuelo y de las tías abuelas solteras. Allí los niños eran siempre bienvenidos, se les daba sabrosos emparedados de queso y manteca y disfrutaban de su libertad infantil.
Cuando José era ya un poco más grande, con Pedro Hessler, su amigo y primo, subieron al campanario de la iglesia, rematado con una cúpula de bulbo semejante a las que se ven en Baviera, pero raras en Renania. Querían saber qué vista se gozaba desde ahí arriba… Al sacristán no le agradó la travesura y echó el cerrojo a la puerta de la torre una vez que ambos chicos hubieron pasado por ella: ¡los había atrapado! Pero éstos encontraron una salida: se deslizaron por una claraboya del techo, descendieron por las columnas del altar y se escabulleron por la puerta trasera de la iglesia, burlando la vigilancia del sacristán.
José no fue un niño modelo. Si se trataba de robar manzanas de un terreno vecino, participaba de la travesura “porque las manzanas robadas saben mejor”, tal como afirmó. En el invierno se congelaba el agua del foso del castillo de Gymnich, propiedad de los “condes de Metternich”. El hielo invitaba a patinar. Pero había que hacerlo sin ser visto. Si se patinaba cuando el hielo no estaba aún suficientemente firme, se corría el peligro de hundirse. Y eso les pasó a José y a su amigo Pedro en un gélido día de invierno. Regresaron empapados de ese baño imprevisto a casa de la tía abuela. Allí estuvieron sentados ante el fuego del hogar mientras se secaba su ropa.
Si su madre se hubiese enterado del accidente, se habría llevado un susto de muerte. Ella ya había pasado por grandes sustos en relación con su hijo, por ejemplo, cuando una vaca arisca arrojó al aire la canastilla donde dormía el bebé. O cuando el niño, que contaba dos años y medio de edad, estando jugando a las escondidas en la casa vecina, se cayó en el aljibe. El abuelo acudió enseguida y lo rescató. La conmoción producida por la caída dejó mudo al niño, que parecía estar inconsciente. Aterrada, la madre mandó a buscar al convento a la religiosa del jardín de infantes. Ésta vino a toda prisa y trató de hacer hablar al niño: “Si José se porta bien, se le dará una estampita y podrá volver pronto al jardín”. Entonces el chiquitín abrió los ojos y respondió decididamente: “¡No quiero ninguna estampita y no quiero ir al jardín!” Sabía lo que quería, y sobre todo lo que no quería.
Foto 1: José Kentenich a los dos años de edad.
En efecto, José poseía ya temprano una buena dosis de autoestima. Quien no lo conocía se sentía tentado a interpretar esa autoestima como orgullo o arrogancia. Así, por ejemplo, en uno de sus informes escolares se lee: “A menudo el alumno dio muestra de altivez y engreimiento”. José era un chico muy talentoso en diferentes campos; tenía capacidad de liderazgo. Además se sentía amado personalmente. Fue apreciado por sus compañeros de juego, pero más tarde, envidiado por sus compañeros en la clase y posteriormente en la vida religiosa.
Los libros lo fascinaban. Cuando su devota abuela se sentaba en su sillón y rezaba el rosario mientras pelaba papas - un avemaría por cada yema u “ojo” de la papa que sacaba con su cuchillo -, el pequeño José, de cinco años de edad, trepaba a su regazo y de allí intentaba alcanzar el estante de los libros. Aprendió tempranamente a leer. Más tarde su madre se disgustaba con José, porque como él mismo lo admitiera más tarde, era un “ratón de biblioteca”.
En el libro de bautismos de la iglesia de San Cuniberto, junto al nombre Pedro José Kentenich figura la fecha de nacimiento 18 de noviembre de 1885. Pero es un error. En los días anteriores se había celebrado una kermés en el pueblo y no se podía transitar por la calle principal