José Kentenich, una vida al pie del volcán. Dorothea Schlickmann
José Kentenich. Su hermana Catalina tomó espontáneamente la decisión de ir a ayudarlo. Así que retiró a José de la escuela a la que venía asistiendo desde la pasada Pascua, y viajó con él a Estrasburgo. Ya el viaje tuvo que haber sido una experiencia emocionante para él.
Desde Colonia habían debido hacer cuatro trasbordos. José miraba con asombro la gigantesca y negra locomotora a vapor, al inspector vestido de elegante uniforme rojo y azul. Sus ojos atentos observaban a los maleteros, los distinguidos coches de caballo, el ir y venir de tanta gente en la estación de trenes. Estudiaba el compartimento en el que viajaban, las ventanas de cortinas que se subían o bajaban accionando correas de cuero, los bancos de madera y los percheros. ¡Cuántos pasajeros cabían allí! Luego la atención quedó fijada en la madre. Se la veía con un porte digno y semblante serio, ataviada con su ropa de domingo. Tras los cristales de las ventanas pasaban velozmente bosques, campos, pueblos, hasta que finalmente apareció Estrasburgo, con su magnífica catedral que descollaba por encima de toda la ciudad.
Junto con su madre José conoció una gran ciudad que se destacaba por ser una importante sede militar. Se podía ver desfilar soldados con magníficos uniformes; por todas partes casas de cuatro y cinco pisos; y los canales del río ILL que zigzagueaban por en medio de la ciudad y por los cuales navegaban infinidad de botes y embarcaciones engalanadas. En las calles reinaba intenso trajín de carros y coches de caballo, de tranvías que hacían sonar sus campanillas y los primeros automóviles que igualmente dejaban oír sus bocinas. Éstos andaban por entre los puestos del mercado y las callejas, y dejaron mudo de asombro al pequeño José: ¡Un coche que anda solo, sin tiro de caballos o bueyes!
Por primera vez veía una ciudad comercial de más de 150.000 habitantes que a la vez exhibía una de las más grandes fortificaciones del imperio alemán. ¡Qué distinto era todo del pueblito rural de Gymnich! Atento y ávido de todo lo nuevo, José acogía en sí toda esa vida de la gran ciudad. He ahí pues el lugar donde viviría a partir de entonces. Allí aprendió con bastante rapidez el idioma francés que en las regiones fronterizas de Alsacia y Lorena era tan común como el alemán.
El tío Pedro José los había ido a buscar a la estación. Trabajaba como herrero en el ejército, y su sueldo no era escaso. Vivía en un apartamento amplio en el primer piso de una casa ubicada en la calle Sonnengasse, llamada más tarde calle Marechal de Juin, frente al largo edificio del cuartel, detrás del cual se extendía un vasto campo militar. Hacia allí, a su herrería, se encaminaba el tío todas las mañanas.
Pocas semanas después del arribo, su madre lo inscribió en la Escuela Santa Magdalena. En el rubro “padres” anotó su nombre y el de su hermano Pedro José Kentenich, herrero, con domicilio en la calle Sonnengasse 7.
La Escuela Santa Magdalena era un gran edificio con catorce aulas, contaba con un alumnado numeroso y un cuerpo de maestros que habían recibido una formación pedagógica. No se podía comparar esa escuela con la de Gymnich. En Estrasburgo José iba con verdadero gusto a la escuela. En su funcionamiento la Escuela Santa Magdalena ensayaba una serie de iniciativas de reforma pedagógica, y se advertía el empeño por brindar una buena formación a los chicos, particularmente al tener en cuenta que muchos de ellos provenían de casas de sólida posición económica.
Todos los días el camino que recorría José para ir a la escuela lo llevaba por calles estrechas de altas casas, y pasaba por delante de la magnífica catedral cuya soberbia torre se destacaba por encima de toda la ciudad. A los niños les fascinaba el tradicional carillón de su campanario. A las doce en punto hacía sonar sus campanas y se activaba un mecanismo por el cual aparecían figuras de madera que desfilaban lentamente sobre una plataforma circular, inclinándose a derecha e izquierda.
Pero ese tiempo feliz no duró mucho. Al cabo de ocho meses la madre tuvo que abandonar la hermosa ciudad. Cuando retiró a su hijo de la escuela, el maestro lamentó “perder un alumno tan talentoso”. Pero no había alternativa: cuando el tío volvió a casarse a fines de junio de 1892, madre e hijo se despidieron de Estrasburgo y regresaron a Gymnich, donde José volvió a la escuela del pueblo. La madre se vio confrontada entonces con una nueva pregunta: ¿Cómo mantenerse a sí misma y a su hijo? Desde la muerte del abuelo la situación económica de la familia había empeorado. Si bien la pequeña huerta producía algo y ella podía trabajar temporariamente en el castillo de Gymnich como personal auxiliar, a la larga necesitaba un empleo estable.
De eso se encargó un día su confesor, el P. Augusto Savels, párroco de la parroquia de los Santos Apóstoles, en Colonia. El P. Augusto era un sacerdote de ideales, comprometido con la causa social. Conocía algunas familias nobles de la parroquia que estaban muy ligadas a él. Por ejemplo, la familia von Guilleaume, que habitaba en una suntuosa residencia frente a la plaza del mercado, había donado un altar lateral para la iglesia de los Santos Apóstoles y hacía donaciones para personas necesitadas a las que el P. Augusto solía atender con particular atención.
En este sacerdote Catalina halló un pastor comprensivo que entendía el sufrimiento de los pobres y se empeñaba en lo posible por aliviarlo. Con la ayuda de la feligresía, en su anterior parroquia de Oberhausen había edificado un orfanato llamado “Casa San Vicente”. Y también en Colonia fundó un orfanato y un hogar para madres solteras, así como otras instituciones sociales.
Gracias a ese contacto, Catalina consiguió empleo en la casa de la familia von Guilleaume. Más tarde la madre de José trabajó para la familia del Sr. von Wittgenstein, jefe distrital, quien vivía en una casa de cuatro pisos junto a la iglesia de los Santos Apóstoles. En un primer momento Catalina trabajaba en Colonia pero continuaba viviendo en su hogar en Gymnich. Pero en cuanto la familia von Guilleaume se dio cuenta de su dominio del arte culinario, insistió en contratarla de modo permanente. Se planteó así un nuevo problema, porque eso requería estar permanentemente en la casa, y a menudo hasta tarde en la noche.
Por relatos de la madre, el P. Savels sabía que su hijo había expresado varias veces el deseo de ser sacerdote. Así pues comenzaron las reflexiones: si el muchacho hubiese querido ser campesino o ejercer un oficio como era común entre los demás chicos del pueblo, la cuestión habría sido sencilla. Se lo podría dejar en casa de sus abuelos en Gymnich. Pero en este caso… la escuela de Gymnich no era adecuada para prepararlo a la escuela secundaria que lo habilitaría para el estudio ulterior en el seminario. El P. Savels también lo entendía así.
En 1894 el año lectivo se suspendió durante seis meses. Los campesinos se alegraron de que sus hijos pudieran ayudar en las labores del campo y los establos. Pero… ¿Qué haría José? No había dinero para un internado ni para clases particulares.
En esa época la superiora del orfanato de Oberhausen informó al P. Savels que había tenido éxito en sus gestiones para abrir una escuela en el orfanato: maestros bastante buenos de la ciudad se habían declarado dispuestos a dar clases a los niños del orfanato a partir del 9 de abril de 1894. ¡Era una gran oportunidad para José! El chico estaría bien cuidado por las religiosas y tendría asegurada una mejor formación escolar. En la conversación que el P. Savels tuvo posteriormente con Catalina, le expuso su propuesta. Pero transcurrieron muchas semanas hasta que ella pudo tomar una decisión.
En el orfanato de Oberhausen
Colonia, 12 de abril de 1894
“Reverendo P. Savels:
‘Todo se ha cumplido’; créame que ha sido el día más difícil de mi vida. Sé que las religiosas son buenas. La casa está limpia y cuidada, y en los pasillos y descansos de las escaleras hay estatuas e imágenes de santos. Una casa verdaderamente cristiana. La reverenda madre superiora nos ha mostrado todo: Hay un gran comedor con largas mesas y bancos, y un dormitorio con muchas camas, una junto a la otra y detrás de la otra, sin mesitas o roperitos donde los niños puedan poner algunas cosas suyas. La madre superiora nos aclaró que ‘todos son hijos de gente pobre’. El patio está rodeado de un alto muro. Desde allí no se ve la ciudad. En la ciudad hay muchos establecimientos industriales, altas chimeneas, fábricas, casas adosadas una junto a la otra, mucho hollín y suciedad en el aire. Niños y niñas tienen patios separados. Ahí estaban, formando fila, bien ordenados, pobremente vestidos, los niños con la cabeza rapada. Me impresionaron los ojos tristes