José Kentenich, una vida al pie del volcán. Dorothea Schlickmann
como fecha de nacimiento ese mismo día, el 18. Era un procedimiento habitual por entonces.
En esos primeros años de vida de José, todo parecía ser totalmente normal, sin que hubiese hechos dignos de mencionar. Sin embargo ya tempranamente su vida fue cobrando los rasgos de una vida “al pie del Vesubio”. En efecto, inmediatamente después del nacimiento su vida pendió de un hilo: La criatura estaba tan débil que no se sabía si llegaría a ver el día siguiente. La religiosa encargada de los niños le administró enseguida el bautismo de urgencia. Hubo que esperar angustiosamente la evolución de su estado.
Una vez sorteada esa crisis, se realizó un bautismo solemne en la iglesia parroquial. En el libro de bautismos se consigna que el sacramento le fue administrado el 19 de noviembre. Junto al nombre de los padrinos, la abuela Ana María Kentenich y el cuñado de la madre, Pedro José Peters, se lee en el documento parroquial la observación: “illeg.”: ilegítimo. Una anotación que en aquella época aparece con frecuencia en el libro de bautismos de Gymnich, pero que a pesar de ello arrojó una sombra sobre la vida del niño. José nació como hijo natural.
El padre de José se llamaba Matías Koep, y era administrador de una finca. Debido a diferencias sociales no quiso casarse con Catalina Kentenich, veintidós años menor que él. La hermana de Koep, en cuya casa él vivía, se oponía por completo a ese casamiento y procuró por todos los medios influir sobre su hermano, porque dependía del apoyo económico de éste. A ello se agrega - según comentario de parientes - , que Matías Koep habría sido un soltero empedernido que no habría querido renunciar a la vida que llevaba. Por lo demás gozaba de una fama bastante buena en su pueblo de Eggersheim. Fue elegido varias veces como concejal, iba diariamente a la iglesia, llevaba una vida ordenada. Falleció en avanzada edad, a los 91 años. Parientes cercanos no saben nada de frecuentes contactos con su hijo o con su madre. Luego de que Matías Koep rechazara casarse, la madre no buscó más el contacto con él. Ella tenía su orgullo, que José heredó. Sea como fuere, Catalina jamás habló negativamente sobre el padre de su hijo.
La mancha que desde el punto de vista social pesaba sobre la madre era grande. También la vida de José estuvo marcada por esa mancha. No obstante en el pueblo la familia Kentenich continuó gozando de buena reputación. Con el tiempo cesaron algunas murmuraciones. Cuando José comenzó sus estudios en la comunidad palotina, el párroco escribió en su informe: “La familia es buena y honorable; la madre parece haber caído en pecado por seducción; por eso la irregularidad (referencia al nacimiento ilegítimo) puede ser subsanada mediante dispensa. Petrus Josephus ha estado en Colonia la mayor parte del tiempo y ha sido educado allí. Desde hace algunas semanas permanece aquí y da testimonio de buenas costumbres, de modo que goza aquí de buena reputación”.
En la casa se mantenía esos problemas familiares lejos de los niños. En presencia de José jamás se hablaba sobre el tema “para no herirlo”. José se crió junto a su prima Enriqueta Esser, cinco años mayor, que para él era como una hermana mayor. La madre de Enriqueta, Margarita, hermana de Catalina Kentenich, había fallecido un día después del nacimiento de Enriqueta. El padre no podía ocuparse de sus tres hijos pequeños. Así pues Enriqueta, siendo aún niña de pecho, fue confiada a los abuelos. Llevados por su actitud cristiana y sensibilidad social, además de criar a sus propios hijos, los abuelos Kentenich dieron hogar y criaron a otros tres niños.
José había cumplido justamente cinco años cuando le preguntó una vez a Enriqueta: “¿Por qué llamas ‘tía’ a la mujer que yo llamo ‘mamá’?”. La niña de diez años se encogió de hombros y respondió: “Bueno, yo tampoco lo sé…”
Enriqueta solía relatar sobre la infancia de José y la vida de su madre, con quien ella había continuado en estrecho contacto a lo largo de toda su vida. Así pues la madre le contó a Enriqueta algunas cosas que no había confiado a muchos. Por ejemplo, durante su embarazo, en cierta noche, Catalina había sufrido una crisis. En aquellas horas tuvo una vivencia crucial que generó un cambio en su joven vida. Pensamientos tenebrosos asaltaron su corazón. Su situación era totalmente distinta de la que había soñado para sí. ¿Y si pusiese fin a su vida? ¿No sería una manera de acabar con tanto sufrimiento? Entonces se abrió repentinamente la puerta y su madre entró en la buhardilla. ¿Qué quería su madre en plena noche? “Aquí hay algo en la casa”, intentó explicarle a su hija, “que no procede del bien”. Y con un ramito asperjó la minúscula habitación con agua bendita. Miró a su hija con semblante pensativo, se volvió y abandonó el cuarto. Catalina quedó impresionada. Ese encuentro con su madre la conmovió hondamente. ¿Cómo era posible que su madre…? No; ella no debía dar lugar a pensamientos oscuros, nunca más… Esa misma noche encomendó su vida a Dios. Su hijo había de pertenecer a Dios y a la Sma. Virgen, la Madre de Dios. A partir de aquel momento, relataba Enriqueta más tarde, quedó firmemente convencida de que Dios no la desampararía, que Dios estaría a su lado. A partir de aquella noche la joven no sólo aceptó su penosa situación sino también al hijo que llevaba en sus entrañas. El niño fue el sentido de toda su vida; no se avergonzó de él.
Cuando el pequeño cumplió dos años, le hizo tomar una fotografía, cosa por entonces bastante cara. Ella misma se encargaba de vestir y desvestir al niño, no dejaba en manos de nadie esa tarea. No toleraba que se le pegase. En sus posteriores empleos como cocinera en diferentes casas de la aristocracia de Colonia, no ocultaba la existencia del niño y solicitaba que en las vacaciones pudiese visitarla. A la hora de aceptar un empleo, lo hacía con la condición de poder tomar las vacaciones cuando su hijo las tuviera. Se conserva una serie de cartas de la madre a su hijo, así como anotaciones de diario y poesías de José escritas durante su tiempo de colegio que subrayan la tierna relación entre madre e hijo que se perpetuó a lo largo de toda la vida.
Si bien José era un chico de gran talento intelectual y artístico, no iba con gusto a la escuela de Gymnich. Los maestros solían aplicar castigos físicos y carecían de toda capacidad pedagógica. Según consta en actas, bastaba haber servido en el ejército del Káiser para ser declarado apto para ejercer el magisterio. Documentación oficial de la época informa sobre excesos en la aplicación de castigos físicos. Justamente ante tales maestros, José demostró su coraje.
Junto con su autoestima y espíritu independiente, ya en su infancia se reveló otro rasgo de carácter: un decidido amor a la verdad que más tarde lo induciría a veces a asumir actitudes imprudentes o poco diplomáticas. Enriqueta relata una escena que le quedó grabada en su memoria: José hacía sus deberes en cuanto regresaba a su casa y luego salía a jugar. Una vez Enriqueta vio que el borde de la pizarra de José estaba sucia. Al querer limpiarlo, borró la tarea hecha. ¡Si José se enterase! Con cuidado “Jettchen” (2) volvió a escribir la tarea. Al día siguiente fue convocada repentinamente a la escuela. Cuando entra al aula, ve a José de pie ante su maestro. A la pregunta de éste sobre quién había escrito la tarea, José responde con decisión: “¡Yo la escribí!”. Si bien el maestro repite en tono amenazante la pregunta: “¡Ésa no es tu letra! ¿Quién la escribió?”, José, sin miedo a las consecuencias, reitera su declaración que él cree ceñida a la verdad. Finalmente Enriqueta aclara el asunto. De regreso de la escuela, estando ya a solas, José le pregunta con toda calma: “¿Cómo pasó eso?” Jettchen está todavía tan impresionada que se le caen las lágrimas; las enjuga con su delantal y acto seguido le cuenta todo.
Enriqueta recuerda otra anécdota que había tenido lugar unos años antes. Por entonces José tenía tres años de edad. El niño hurgaba con un atizador en el fuego del hogar. Enriqueta le dijo más de una vez que cesara de hacerlo, pero José no le hizo caso. Para enfatizar su advertencia, le pegó en la espalda. El niño comenzó a llorar; por temor a que pudiera contárselo a su madre, Enriqueta le promete darle una estampita, por entonces algo bastante codiciado por los niños. José cesó de llorar. Cuando al rato estaban sentados a la mesa, el pequeño comenzó a llorar de nuevo: “Puedes guardarte tu estampita. Yo voy a contar que me has pegado”.
En medio de una metrópoli comercial: Estrasburgo
“¡José se va a Estrasburgo!”. Enriqueta estaba rodeada por las compañeras en el patio de la escuela. La noticia corría como reguero de pólvora por todo el pueblo. “Pero… ¿Por qué? Recién hace seis meses