José Kentenich, una vida al pie del volcán. Dorothea Schlickmann
rel="nofollow" href="#ulink_343c5e5b-b9ac-513a-846e-38bf234f72c7">2- Diminutivo cariñoso de Enriqueta en alemán (N. del T.).
2. Al borde del abismo
“Pronto será 15, y si mi madre no me lo recordaba, casi olvidaba yo que usted sólo estará hasta esa fecha en Ehrenbreitstein.
En primer lugar quiero expresarle mi agradecimiento. Si hasta ahora he logrado alcanzar mi objetivo, lo debo en gran parte a usted. Ojalá los años que restan pasen también felizmente. En relación con mi salud, vuelvo a estar bien. En cuanto respiré el aire del pueblo, todo estuvo bien. Por los síntomas que se habían presentado temí que se produjese una pleuritis. Pero ahora ha desaparecido toda presunción de enfermedad. Y sobre esa base he organizado mi horario: comer, beber, dormir y pasear. Y hacerlo como dice Heródoto: “En el continuo circuito de lo igual”. Entre los campesinos se vive tranquilo. Y realmente comprendo y valoro cada vez más a Horacio y su épodo: beatus ille, qui procul negotiis… etc. (3)
Pienso con gusto en los años pasados. Me asalta un sentimiento de melancolía cuando tomo conciencia de que finalizan o han de finalizar los estudios humanísticos. ¡Fue un tiempo muy hermoso! ¿Volverá un tiempo similar? Quizás los estudios superiores me gusten tanto como éstos. Al menos deseo que sea así. Pero también a usted lo espera ahora un nuevo campo de acción. Usted va ahora a la Universidad, a perfeccionarse en alguna rama de los estudios humanísticos. Lo felicito, porque considero que también ése es mi ideal. Si vuelve a ejercer la docencia, le deseo una bendecida labor pedagógica y alumnos agradecidos. Sea como fuere queda agradecido,
su alumno, José Kentenich.
Pd: Hasta ahora le he dado gracias a usted personalmente, pero también hago extensivo mi agradecimiento a toda la congregación, a todos mis profesores y superiores”.
Así escribía José Kentenich a su profesor, el P. Mayer, en las vacaciones de verano de 1904, que pasó junto a su madre en Gymnich y volvió a gozar plenamente. Algunas personas del pueblo se sienten honradas de que él sea un hijo de su pueblo, y quieren invitarlo a la casa parroquial a una reunión del “grupo de jóvenes”; también su madre no puede ocultar su orgullo. Recordando la época de los estudios secundarios de su hijo, muchos años después le escribirá a José qué feliz se sentía por él, cómo aún lo veía “con su traje azul de estudiante”.
Pero pronto, en su solemne toma de sotana, cambiaría el traje - de cuello alzado y corbata sujetada por elegante alfiler - por la sotana propia de su congregación. No seguirán inmediatamente los estudios de filosofía y teología que José espera con ansia, sino el primer año de noviciado. Recién en el segundo año de noviciado se comienza con el estudio dentro de la comunidad. Los dos años de noviciado preparan para la vida comunitaria e introducen al candidato en la vida espiritual.
No todos los bachilleres de Ehrenbreitstein se decidieron por la vocación de sacerdote misionero o fueron admitidos a ella. Sólo algunos de sus compañeros se mudaron con José Kentenich a Limburgo en septiembre de 1904, a la casa central de los palotinos alemanes, construida pocos años antes (1898). Era un edificio enorme, de cuatro pisos, de plano cuadrado, con un amplio patio central y un considerable número de altas ventanas en ambas fachadas, de modo que las habitaciones estaban muy bien iluminadas.
Hacía poco tiempo que los palotinos habían concluido los preparativos para garantizar a sus vocaciones un estudio completo de seis años. Para cubrir las diferentes asignaturas se había integrado al cuerpo de profesores algunos sacerdotes diocesanos. Justamente en ese año se acababa de imprimir los nuevos “Estatutos” de la comunidad palotina que, entre otras cosas, reglamentaban la estructura y contenido del noviciado. El fundador italiano, Vicente Pallotti (1795-1850), había fallecido antes de consolidar su fundación; y dado que no hacía mucho que los palotinos habían llegado a Alemania, casi no había textos traducidos de su fundador, sólo una biografía sobre su vida santa, aparecida entre fines del s. XIX y principios del s. XX. Por esa razón un jesuita había colaborado en la resolución de cuestiones atinentes a los jóvenes seminaristas y en la confección del borrador de los estatutos.
Foto 4: Al ingresar al noviciado, 1904.
Vicente Pallotti había fundado la comunidad no sólo con la intención de educar a sus miembros en una vida de santidad, sino que éstos habían de constituir más bien una especie de tropa lista para cubrir la brecha en cualquier situación, a fin de desplegar un apostolado eficaz en medio de un mundo agitado y desorientado. Con la colaboración de los miembros de la congregación, a quienes la gente llamó “palotinos”, Vicente Pallotti quería sobre todo fomentar el apostolado de los laicos y unir todas las buenas fuerzas para difundir eficazmente el evangelio y los valores cristianos en todos los lugares y medios donde fuera posible.
No obstante el “Kulturkampf” (4) había obligado a los palotinos en Alemania a dedicarse casi exclusivamente a la “misión entre los paganos”. Sólo así - tal era la condición impuesta por las autoridades estatales - se les permitía establecerse en Alemania. Eso le convenía al imperio alemán. Se buscaba reducir en la mayor medida posible la influencia de la Iglesia católica en el país. Pero se aceptaba a las comunidades religiosas que ayudasen en la labor de “civilizar” los territorios coloniales que Alemania tenía en África.
Durante el tiempo de estudio de José Kentenich se generó entre los palotinos alemanes una corriente de revalorización de la intención apostólica del fundador. A pesar de resistencias de parte del Estado, los superiores palotinos continuaron enviando a sus sacerdotes jóvenes no sólo a Camerún, como le habría gustado al obispo de las misiones, Mons. Enrique Vieter, sino también a la labor pastoral en parroquias vecinas. De ahí que tuviesen que afrontar todo tipo de conflictos con las autoridades estatales.
En un primer momento José no sabía nada de esto. Sólo le preocupaba lo que vendría en Limburgo, sin imaginar qué caminos riesgosos recorrería en los años siguientes.
Comienzo de las dificultades: el noviciado
El 24 de septiembre debía comenzar oficialmente el noviciado con la solemne toma de sotana. El maestro de novicios, el P. Girke, estaba parado en el último escalón de la escalera de ingreso para recibir a los novicios. Era de figura magra, aspecto enfermizo, pálido, y miraba tensamente el grupo de los recién llegados.
Las características de la vida de noviciado no eran extrañas para José: tiempos de oración y silencio, vida comunitaria con estricta sujeción a los superiores y al orden del día. Eso no le costó trabajo. Al contrario, comenzó el noviciado con gran fervor, asumiéndolo como etapa importante en el camino al sacerdocio. Con todo detalle estenografiaba en su libreta las “instrucciones” o conferencias del maestro de novicios. En ellas se daba minuciosas reglamentaciones de conducta pero pocos impulsos espirituales. En cuanto a la formación interna de la congregación, el noviciado no estaba marcado por inspiraciones pedagógicas específicas del fundador, sino por concepciones de “mortificación”, “abnegación” y de una cierta actitud hostil ante el mundo derivadas, todas, de la ascética tradicional. En la sociedad cundía el ateísmo y se pretendía hacer reparación por esa situación mediante una severa vida ascética de penitencia. Además en la tradición ascética se había generado una peculiar manera de pensar: la orientación total hacia Dios no debía ser perturbada por vinculaciones humanas. Se enseñaba a los novicios que debían “amar a sus parientes sólo por motivos sobrenaturales”. El “mundo” y el “espíritu mundano” apartarían igualmente de Dios. En ese tiempo inicial del noviciado, el P. Juan Bayer, asistente del maestro de novicios, dio una introducción sobre cómo escribir un “programa de vida” para el posterior camino sacerdotal.
José se retira a su celda y medita lo que ha escuchado. En su libreta anota cuidadosamente esas ideas sobre una santa vida sacerdotal, y establece líneas y pautas personales para alcanzar el ideal. Quiere proceder con radical seriedad; quiere ser santo. Y así escribe a modo de introducción: “Dios es mi origen; Dios es mi meta; ha de ser también la estrella que guíe mi vida, el punto central de todos los ideales. Todo pasa, sólo quedamos