José Kentenich, una vida al pie del volcán. Dorothea Schlickmann

José Kentenich, una vida al pie del volcán - Dorothea Schlickmann


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“Jesucristo que me invita: Quien quiera venir en pos de mí, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24).

      A continuación José articula su programa de seguimiento del Señor en partes que revelan una inspiración en la ascética tradicional: seguimiento de la cruz a través de la negación de sí mismo. José quiere abrazar por entero el seguimiento de Cristo. La lista de propósitos se hace más y más extensa. Finalmente cuenta con 105 puntos a observar. Pero José no queda satisfecho en su fuero íntimo; en él subsiste una inquietud: le parece que todas esas reglas estrechan, coaccionan demasiado a la persona. Por eso sobre la página que sirve de portada a las otras donde las ha escrito, copia en latín el siguiente versículo: “Hablen y actúen como quienes deben ser juzgados por una Ley que nos hace libres (Sant 2, 12)”.

      Si bien el P. Bayer les había aconsejado releer mensualmente el programa de vida, el nuevo novicio anota: “No te sujetes a esto como un esclavo, y en la confesión lee sólo una parte”. Al redactar el texto procura darle un íntimo centro, un alma, algo que unifique toda esa cantidad de puntos. En realidad el amor es “el vínculo que sostiene todo”, es el punto de partida y la fuerza que mueve todo. En las conferencias del P. Bayer faltaba justamente ese contexto del amor.

      En el tiempo siguiente, el novicio Kentenich siente que ese tipo de ascética tradicional de alguna manera le genera inquietud. Por un lado comparte la convicción de que si se quiere ser santo, el seguimiento de Cristo incluye renuncia, cruz y padecimiento. Por otra parte “no lo satisfacían las reflexiones ascéticas” que les presentaba el maestro de novicios. En ese estado de inquietud buscó refugio en la lectura de San Francisco de Sales, a quien había llamado su “modelo” y que paulatinamente se iba convirtiendo en su “santo favorito”. La humanidad y naturalidad de este santo lo interpelan particularmente. Porque según San Francisco de Sales, el amor es la ley fundamental del mundo, vale decir, es ley fundamental para todo ser, para toda la creación de Dios.

      En 1909, José lee, en un libro sobre pedagogía de la religión, que la espiritualidad en el caso del joven “consiste ante todo en acostumbrarse a combatir y eliminar, por amor a Jesús, sus inclinaciones no deseables”. Tachó entonces espontáneamente la palabra “eliminar” y escribió al margen: “ennoblecer”.

      Hasta ese momento había desarrollado una postura propia en relación con la ascética. Pero en su noviciado y en los años sucesivos no halló confirmación alguna para su concepción de santidad ni tampoco un interlocutor válido. Recorría en soledad el camino hacia una ascética para los tiempos modernos. Sobre todo el P. Girke no era un interlocutor adecuado en esa área, y José lo percibió enseguida. Pero no solamente él tenía problemas con el maestro de novicios. En cuanto el P. Girke abandonaba el aula, los novicios se reunían, cuchicheaban o manifestaban su oposición a ese hombre marcado por la estrechez, el temor y la falta de libertad interior.

      José no se unía al coro de críticas: algo así era extraño a su naturaleza. Más bien tendía a decir francamente lo que pensaba o bien callar. En relación con el trato con los superiores anotó lo siguiente:

      “1. Sé extremadamente delicado y cauteloso cuando se plantee una diferencia de opiniones. Asume la actitud de quien quiere ser enseñado y no enseñar”. Y un punto más adelante: “3. En la medida de lo posible adhiere al superior. Si te resulta demasiado difícil, por lo menos abstente de expresar tu juicio, especialmente si han surgido divisiones en una comunidad”.

      José buscaba una salida para sí y le preguntó al P. Girke si de cuando en cuando podía dirigirse al rector de la casa, el P. Kolb. Para su sorpresa el maestro de novicios le dio el permiso, si bien ése, según los estatutos, no era el camino normal. Desde entonces el P. Kolb fue el confesor de José. Por esa vía el P. Kolb conoció y apreció más de cerca al joven novicio.

      Con el tiempo, para José resultó claro que la estrechez y torpeza del maestro de novicios derivaba de un gran temor al pecado. Interpretaba la capacidad de decidirse por uno mismo y la autoestima personal como orgullo y falta de humildad. Como muchos hombres de su tiempo, el P. Girke estaba convencido de que seguir a Jesús significaba verse continuamente como indigno y pecador, que sólo por esa vía se podía agradar a Dios.

      Era el 8 de diciembre de 1904. Se celebraba los cincuenta años de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. El P. Kolb lo recuerda muy bien: con motivo de esa conmemoración, el novicio Kentenich debía recitar un poema de su autoría. Se había invitado al obispo, Mons. Domingo Willi. Éste estaba sentado en primera fila junto con el Padre Provincial y otras autoridades. Pero al llegar el momento de la recitación, según se consignaba en el programa, nadie subió al estrado. José Kentenich no aparecía. Inquietud general. El P. Kolb manda averiguar enseguida qué había pasado. Se le informa que el maestro de novicios desaconseja esa presentación temiendo que fuese en desmedro de la humildad del novicio “recién horneado”. Al P. Kolb le pareció que eso ya “pasaba de castaño a oscuro” y ordenó que el novicio se presentara. Kentenich apareció enseguida - así prosigue su relato el P. Kolb -, subió al estrado y recitó su poema “con un entusiasmo y fervor… como nunca más lo vi después en él. Este incidente me demostró que en ese muchacho había algo especial”.

      Durante muchos años el mismo José consideró el “orgullo” como su “principal defecto” y anotó en su programa de vida que “las oportunidades de caer serán numerosas” y por lo tanto “todo su empeño ha de estar orientado hacia el cultivo de la humildad”. Pero por más que se esforzase de diferentes maneras, sentía íntimamente una cierta resistencia. Cuando se arrodillaba muy atrás en la capilla de la Casa de las Misiones de Limburgo - los primeros debían ocupar los bancos de atrás -, sus pensamientos giraban siempre en torno de las mismas preguntas: si se quiere ser santo, ¿hay que renunciar realmente a la alegría, al amor humano, a la autoestima y a todo desarrollo personal? Para seguir a Cristo, ¡cuánto había padecido Vicente Pallotti, cuánta mortificación, renuncia a horas de sueño, flagelación y otras penitencias se había impuesto! Por lo tanto un santo no puede ser feliz y estar alegre en este mundo… Este camino le resultaba difícil al oriundo de Renania que a menudo se proponía reprimir “bromas” y todo “alegre desenfado”. Entonces… ¿Estaba siendo él como debía ser?

      Esa rígida y unilateral concentración en reglas y prescripciones puramente formales repugnaban no sólo a su innato afán de libertad sino también a la hondura de su pensamiento. Su valoración del amor chocaba con una ascética tan focalizada en el pecado que en todo sólo veía y temía el pecado. Como José Kentenich lo resumiera más tarde, era la “moral del pecado” de aquella época, que a la larga “acaba enfermándonos”. En las “instrucciones” del maestro de novicios echaba de menos el trasfondo espiritual y los contextos internos. Una reglamentación era colocada mecánicamente a lado de la otra, sin un sentido que las ligase entre sí, como si el mundo de Dios y el de los hombres estuviesen absolutamente separados. “Ama a tus parientes sólo por razones sobrenaturales”, había anotado fiel y dócilmente en su programa de vida. Pero… ¿Era posible algo así? ¿Acaso no se amaba también de manera emocional, natural, humana, sin un mero acto de voluntad o motivación sobrenatural? Tal sobrenaturalismo lo asfixiaba.

      El amor humano, ¿constituía realmente un obstáculo para amar a Dios? Su modelo, San Francisco de Sales, había llorado amargamente durante varios días cuando perdió a su madre. Y además: independencia, pensamiento autónomo, ambición natural… ¿eran realmente malos? En sus numerosas lecturas, ¿no había comprobado que personas que realmente llevaron a cabo grandes obras tuvieron un pensamiento autónomo y siguieron su propio camino en lugar de seguir a la masa? ¿No era eso parte de una verdadera


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