José Kentenich, una vida al pie del volcán. Dorothea Schlickmann

José Kentenich, una vida al pie del volcán - Dorothea Schlickmann


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feliz.

      El joven sacerdote simplemente sabía comprender la debilidad y las vivencias límite del ser humano; conocía suficientemente la íntima angustia de muchas personas, fruto de un temor exagerado al pecado. Empatía y comprensión que se advierten ya en las monografías que debían escribir los estudiantes, y en las que tenían que exponer y evaluar casos de teología moral con mira a la posterior administración del sacramento de la reconciliación.

      Luego de la ordenación sacerdotal, el nuevo sacerdote fue a ayudar los domingos en parroquias de la región de Hunsrück, río Rin arriba y abajo, si bien aún no había completado su estudio, ya que luego de la ordenación tenía aún un año de estudio por delante. Su tiempo de estudios, en lo que concernía a formación y conocimientos teológicos, había sido extraordinariamente fructífero, pero la verdadera conclusión del mismo tuvo lugar en el verano de 1911. Hasta esa fecha el joven P. Kentenich volvió a disfrutar de las clases del P. Francisco Berendt, quien se dedicaba al marxismo con la misma intensidad con que lo hacía con otros temas sociales y políticos como, por ejemplo, la cuestión de la mujer. Las clases de ese palotino que abordaba muchas corrientes modernas de pensamiento con libertad y solvencia, siempre tenían para José Kentenich algo de liberador.

      Con gran celo el joven sacerdote preparaba sus homilías para las diferentes parroquias. En ellas se advierten ya la preferencia por ciertos temas: eucaristía, comunión frecuente, misión y comunidad, Congregaciones Marianas, autoeducación y, naturalmente, la Sma. Virgen. En cárceles, hospitales, parroquias de la serranía de Eifel o a orillas de los ríos Mosela y Rin, en agrupaciones femeninas o en órdenes religiosas, predicaba siempre de manera sencilla, comprensible, realista, procurando adaptarse a la situación de sus oyentes. Trataba de unir al valor central del amor todo lo que le parecía revestir importancia. Si bien elegía términos y conceptos tradicionales, ligaba a ellos otros pensamientos e intenciones. En la proclamación de la fe comenzó a sentirse particularmente fortalecido y seguro. Acrisolado en la vivencia de sus propias dudas de fe, pasó a ser para otros un entusiasta “misionero de la fe” y del “amor”. Era pastor con alma y vida; y siguiendo a su santo favorito, San Francisco de Sales, procuraba contemplar a quienes tenía delante de sí tal cual eran, convencerlos mediante argumentos claros y empatía humana, y no mediante homilías amenazadoras que se descargan como una tormenta sobre los fieles. Vertía grandes contextos teológicos en imágenes sencillas, para hacerlos más fácilmente comprensibles.

      Los sábados, cuando escuchaba confesiones, le agradaba especialmente recibir a quienes rara vez acudían al sacramento de la reconciliación, y por eso “venían cargados de tantos trastos acumulados, al punto de que hacían crujir el confesionario cuando se arrodillaban”. Personalmente había tomado el propósito de no entrar o salir de ningún pueblo sin haber hecho antes una visita al Santísimo en la iglesia de la localidad.

      Una vez completado el estudio pendiente, los superiores resolvieron no enviarlo a África debido a que su salud no era muy buena. En razón de las dudas que sobre él se expresara antes de la profesión solemne, a pesar de su talento se descartó enviarlo a estudios de perfeccionamiento en una universidad. Sea como fuere, no pasaba desapercibida su inclinación a la pedagogía. Así pues le confiaron el cargo de profesor de latín y alemán para las vocaciones en Ehrenbreitstein. Y a la vez seguir ayudando pastoralmente en parroquias de la región.

      Con veinticinco años el P. Kentenich empacó sus pocas pertenencias y volvió a establecerse al pie de la fortaleza del Rin. Comenzó a dar clases a los estudiantes de tercer año en uno de los edificios traseros. Desde el principio emprendió caminos pedagógicos nuevos. Quizás lo llevaran a ello sus propias experiencias o bien las lecturas de bibliografía pedagógica que realizara con avidez en cuanta oportunidad se le había presentado. O quizás estaba en su naturaleza la capacidad de guiar a otros, de apoyarlos en su crecimiento personal, precisamente a los jóvenes. Ya antes de comenzar con su primera clase se dijo con toda claridad: “Tú eres más que un mero profesor, tú eres un educador”. Sobre la base de esta actitud redactó una lista de propósitos personales y principios para su labor docente. Pronto reconoció que sólo podía ser educador para los jóvenes si lograba comprenderlos en el marco de la situación de la época y conseguía tomar un conocimiento más hondo de su mundo interior. En sus primeros pasos como docente, y quizás también en razón de sus vivencias personales, fue cobrando mayor conciencia de que el hombre de hoy debe ser educado de otra manera, de que tiene que encontrarse con Dios y consigo mismo de un modo distinto de lo que era habitual en el pasado.

      Así pues se halla por primera vez al frente de la clase. Saluda con tono amable a los estudiantes, y en sus labios, que por lo común expresan seriedad, se esboza una leve sonrisa de picardía: “Trabajaremos juntos. Les exigiré mucho; pero también ustedes pueden exigirme a mí lo máximo. Por este camino, a lo largo del año llegaremos a ser buenos amigos”. Un estilo de camaradería que agrada a los muchachos; pronto se entusiasman con sus clases.

      Paulatinamente se va desarrollando una particular simpatía por “el nuevo” que “lleva siempre el birrete deslizado con desenfado un poco hacia atrás” y camina con paso firme y rápido. Cuando durante los recreos en el patio o en las caminatas sus alumnos relatan entusiasmados sobre sus clases de latín o alemán, los alumnos de otros cursos los miran casi con envidia. Cuando ven pasar al joven sacerdote por el corredor o cruzar el patio, se opera un curioso cambio en los chicos: aumenta el empeño puesto en las barras del gimnasio, se salta más alto, los ejercicios físicos se tornan más ágiles. Los jóvenes valoran la humanidad y naturalidad con que él los trata, esforzándose a la vez, ostensiblemente, por “no tener ningún alumno predilecto”. Así lo había consignado en la lista de sus propósitos. Tampoco en Ehrenbreitstein puede negar del todo su humor e inclinación a bromear o tomarle el pelo a uno u otro, y por eso en sus anotaciones se exhorta a sí mismo a cultivar más “una digna seriedad”, a “descender a ellos, pero cuidando de estar más arriba de ellos”.

      Cuando les confía una tarea escrita, el joven profesor abandona el aula para poner de manifiesto su confianza en los alumnos y fomentar su “autonomía moral”. Reduciendo el control y la vigilancia sobre los alumnos suscita, a modo de devolución, la decisión de no defraudarlo en la confianza depositada en ellos. De ahí que realmente nadie se copiara en sus exámenes o hiciera trampa.

      El P. Kolb, que entre tanto había sido nombrado provincial, cuando va a Ehrenbreitstein no deja de asistir a las clases del joven sacerdote. Se sienta en uno de los últimos bancos y sigue esas horas fascinantes en las que de manera notable el profesor despierta en sus alumnos el pensamiento independiente, genera una especie de “competencia intelectual”, y a la vez estimula una auténtica solidaridad en sus alumnos. Por esa vía el P. Kentenich promueve un clima de confianza mutua.

      Resulta evidente que lograba movilizar las fuerzas internas de los muchachos, y a la vez abordar individualmente a cada uno. Uno u otro alumno que no estaba en el curso de tercer año, lamenta que el P. Kentenich siga siendo una persona tan reservada para con los demás alumnos. Pero una vez, en el día de su santo, van a su cuarto de trabajo para saludarlo. Y él entonces hace circular entre ellos una caja con deliciosas galletas hechas por su madre. ¡Y todos se sirven generosamente de ella!

      Para el P. Kentenich era importante cada alumno, promoverlo a través de una asistencia personalizada. Por eso propuso a la Dirección Provincial que Fernando Kastner, un chico de extraordinario talento pero frágil de salud, fuese enviado a un colegio secundario estatal, porque ello le abriría más tarde el acceso a otros estudios, y no tendría que ceñirse a un horario tan estricto. Los superiores aceptaron su propuesta. No sólo Fernando Kastner quedó en intenso contacto epistolar con su antiguo profesor, sino también aquellos alumnos que fueron despedidos de la escuela o bien la abandonaron voluntariamente. Con un interés auténticamente humano, el P. Kentenich siguió el desarrollo posterior de esos jóvenes, sin perder de vista a ninguno de los que buscaban ese contacto, tampoco a Huberto Mohr, luego de que éste fuera injustamente expulsado del internado. Con todo detalle Huberto expuso su desgracia a su antiguo profesor, cómo había sido expulsado a causa de una falsa acusación proveniente de afuera. En esa difícil situación tuvo más confianza con el P. Kentenich que con su propio padre. Huberto no le ocultó a su profesor que había estado parado en la orilla del Rin pensando en


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