José Kentenich, una vida al pie del volcán. Dorothea Schlickmann
le escribe que se siente profundamente decepcionado, que hasta ese momento el rector no había respondido a su carta. Entonces su padre lo envió a trabajar como aprendiz en un comercio: Allí trabajaba nueve horas diarias haciendo cuentas, pero anhelaba ser misionero y por eso continuaba estudiando hasta altas horas de la noche.
Ya tempranamente el P. Kentenich tuvo que confrontarse con las concepciones pedagógicas opuestas de sus hermanos y superiores de la comunidad; acostumbrarse a que su estilo de trato con los jóvenes fuese muy distinto del suyo. La estrategia que entonces decidió mantener en la relación con sus colegas era muy sencilla: Pasar en la menor medida posible a la crítica y al contraataque, pero tampoco dejarse llevar a una posición de defensa. La consigna era continuar tranquila e imperturbablemente el camino pedagógico hallado, sin detenerse en discusiones innecesarias y perseguir con determinación su ideal pedagógico. En su diario anota: “Habla menos y trabaja más”. En la siguiente exhortación resume ese camino independiente: “Tienes que llegar a ser pronto un hombre interior que halle en Dios su sostén y se halle a sí mismo”. Esta motivación para la autoeducación no es casual. Con una mirada crítica sobre sí mismo, detecta una dependencia demasiado fuerte de sus hermanos de comunidad, interpretándola como una consecuencia de su “pasión dominante: susceptibilidad y sensualidad”. Sea lo que fuere aquello a lo que alude, parece que no se trata de sensualidad en el campo sexual, ya que continúa: “Ambas me tienen sujeto con sus cadenas de esclavo, haciéndome juguete de mi entorno, al punto de que una gran parte de mis acciones están determinadas por el carácter de mis hermanos de comunidad. La consigna es pues poner allí la palanca, con todas las fuerzas”. Y así se propone dejar de lado las continuas “adulaciones” para con sus hermanos, no “dispersarse”, no dar a conocer continuamente “todo su interior” sino “ante las dificultades, iré a la capilla y allí tomaré consejo”.
Existen testimonios de que alumnos y colegas tenían otra opinión de él. Un ex alumno, que más tarde tendría sus críticas frente al P. Kentenich, escribió: “Casi nadie sospechaba que ahí había un hombre que aspiraba conscientemente a una gran meta: ser un reformador de la educación eclesial-religiosa en los nuevos tiempos, que llevaba una vida silenciosa y se formaba leyendo los escritos de un santo, San Francisco de Sales, pero también de Nietzsche, ‘Así habló Zaratustra’, y estudiaba las teorías pedagógicas de Federico Förster”.
Los textos de Federico Förster, uno de los pocos autores católicos que desarrollaron una pedagogía reformista, fueron efectivamente una lectura predilecta que un año más tarde el P. Kentenich leía junto con sus alumnos, a fin de formarlos en pedagogía. De todas maneras el joven profesor no imaginaba que él mismo llegaría a ser un “reformador”. Ya desde sus años de estudiante había descubierto en los escritos de Nietzsche un espíritu que anunciaba una nueva era. El P. Kentenich no temía confrontarse con los grandes de su tiempo. Más bien procuraba que, en diálogo con ellos, sus alumnos desarrollaran la capacidad de juzgar con independencia.
Entre tanto, en Vallendar, donde se hallaba el tercer establecimiento de los palotinos, progresaba la construcción de un imponente edificio que albergaría el Seminario Menor. Era una gran alegría para todos que por fin ambos cursos inferiores, que por razones de escasez de espacio estaban alojados en la “Casa Antigua”, (6) fuesen reunidos en una casa nueva con los alumnos mayores provenientes de Ehrenbreitstein.
El lugar, perteneciente al término municipal de Vallendar, se llamaba, por su hermosa ubicación, “Schoenstatt”, “hermoso lugar”, y aparece consignado ya en un documento del s. XII. En aquel tiempo se había alzado allí un monasterio de monjas agustinas, del que sólo habían quedado las dos torres de la iglesia monástica, algunas casas de la granja, la así llamada “Casa Antigua” y la pequeña capilla del cementerio, consagrada por entonces al arcángel Miguel, ángel escolta de los fieles difuntos.
Foto 6: P. Kentenich, joven sacerdote.
Estalla una revolución
La construcción del Seminario había avanzado con relativa rapidez. Descollaba orgullosamente por encima de los árboles de la colina a cuyos pies se alzaban los edificios del antiguo convento, en el valle. La nueva casa ofrecía espacio suficiente a los ciento setenta alumnos. Dormitorios, aulas, magnífica capilla, amplio comedor, gimnasio e incluso una piscina en la cercanía de la Casa Antigua. Los palotinos estaban orgullosos de su nueva “casa de estudios”.
En las vacaciones un grupo de profesores había redactado no sólo un escrito con instrucciones para el cuerpo docente, sino también los así llamados estatutos de la casa. Éstos contenían ciento veinte puntos que había que observar. Al comienzo del año cada alumno recibiría en mano un ejemplar de dicho reglamento. Los profesores querían estar en sintonía con los demás internados del país. Se les pidió a los alumnos que los memorizasen y los respetasen con exactitud. Algo no desacostumbrado en aquella época. Por eso nada parecía dar motivo para lo que se gestaría en el Seminario en las próximas semanas.
“27 de octubre de 1912
Reverendo P. Provincial Kolb:
Como ya es de su conocimiento, cumpliendo con su pedido, el P. Kentenich asumió su cargo de director espiritual. Yo personalmente lo conduje al comedor y lo presenté a los jóvenes. Me sorprendió que en primer lugar dijese a los alumnos que él estaba allí para ser para ellos como una madre. Eso sonó un tanto extraño en nuestra casa de impronta más bien masculina. Pero, Reverendo Padre, si usted me permite el comentario, le digo que usted ha hecho una buena elección. Y le agradezco que haya seguido mi propuesta, particularmente al considerar que usted mismo había pensado ya en el P. Kentenich para el cargo de director espiritual. Hoy a la tarde, alrededor de las 18 hs., dictará su conferencia inaugural, vale decir, dará sus primeras instrucciones a los alumnos de las clases media y superior. Espero que tenga llegada a ellos, y contribuya así a mejorar las cosas en el futuro.
En mi calidad de rector siento un gran alivio por haberse hallado esta solución. La dimisión presentada por el P. Panzer como primer director espiritual de la casa puede ser fundamentada hacia afuera arguyendo su frágil salud.
Aún sigo impresionado por los acontecimientos. Veo a los alumnos de sexto año sumamente indignados por un castigo físico infligido en quinto año, y muy enojados por la ‘cantidad de reglamentaciones de los nuevos estatutos de la casa’, las ‘severas prescripciones’ y la ‘cantidad de sanciones’. De sus quejas se puede deducir que sencillamente no se entendían con él. Ciertamente el P. Panzer era demasiado escrupuloso y solía hacer venir al Hermano encargado del establo con una vara para azotar a algún alumno, para lo cual se hacía tender al culpable sobre un banco. Así que no fue fácil hacerle comprender los problemas de los alumnos.
Justamente fueron los mejores los que me pusieron entre la espada y la pared: o cambiaba la situación y se prohibían los castigos físicos, o abandonarían el internado como un solo hombre. Imagínese la resonancia que eso habría tenido en la publicidad, justamente ahora que hemos distribuido un atractivo folleto de propaganda para nuestra casa de estudios.
Ciertamente a los alumnos mayores el nuevo reglamento de aquí les resulta extraño porque en Ehrenbreitstein estaban acostumbrados a otra situación. Allí tenían más libertad. Algunos de los Padres jóvenes de allí me expusieron algunas cosas para que se disculpara a los muchachos y para explicar lo sucedido. Me alegré mucho de la visita de usted y de la pronta reunión del Consejo Provincial para tratar este delicado asunto.
He solicitado a los profesores y al Padre prefecto, encargado de la disciplina, que sean más moderados a la hora de imponer castigos. También el P. Kentenich vino a verme enseguida a causa de esos azotes. Dijo que está en contra de cualquier castigo físico, porque degrada y avergüenza a la persona, además da prueba de la pobreza del educador. El P. Kentenich es aún muy joven y tiene poca experiencia, por eso no se lo tomamos a mal. ¡Porque en un internado de chicos hay que mantener de alguna manera la disciplina, la obediencia y el orden! Y sin castigos adecuados no se lo logrará cabalmente: eso lo sabe todo director en nuestro país. ¿O Su Reverencia tiene otra opinión? De ser así le ruego me lo haga saber.