Yo, Manuel Azaña. Francisco Cánovas

Yo, Manuel Azaña - Francisco Cánovas


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y de Italia encendió la contienda y torció su rumbo.

      Al advertir mi emoción Lola, mi mujer, me hizo un gesto cariñoso y se arrebujó en mis brazos tratando de reconfortarme. Desde el coche que venía detrás Santos Martínez, mi secretario, el coronel Juan Hernández Saravia, mi asesor militar, y Antonio Lot, mi asistente, seguían con atención todas las incidencias. Cerraba la columna un furgón que llevaba nuestros equipajes y pertenencias, sobresaliendo dos amplios baúles que contenían mis libros y documentos. La noche anterior me ocupé personalmente de seleccionarlos.

      —Cada uno de estos libros está relacionado con momentos muy especiales de mi vida. ¡Cuánto daría por llevarlos conmigo! —exclamé con desazón.

      —Ya... —asintió Santos, conociendo mi afición a la lectura.

      —Los buenos libros, querido amigo, son nuestros mejores compañeros... Tome —proseguí, mientras le entregaba un ejemplar dedicado de El jardín de los frailes, mi primera novela—, como recuerdo de las andanzas que hemos compartido.

      —Gracias, don Manuel —contestó complacido—. Para mí es un honor estar a su lado.

      A la salida de Madrid una unidad especial del Ejército de Tierra relevó a la Guardia de Asalto y se ocupó de nuestra seguridad a lo largo del trayecto. Hacía una tarde luminosa y agradable, propia de aquel tiempo de otoño. Cuando observé los últimos edificios de la capital sentí una amarga sensación de extrañamiento, de pérdida, como si me arrancasen algo muy íntimo, pero respiré profundamente deseando que aquel viaje fuese como cualquier otro.

      La verdad es que, después de la tensión que había sufrido, necesitaba un respiro. La rebelión militar causó un enorme desbarajuste en la República. Los llamamientos que realicé para restablecer la autoridad y el orden tuvieron muy poco eco. Al ser sofocada la sublevación en las grandes ciudades se extendió la creencia de que íbamos a alcanzar una rápida victoria. Yo manifesté la necesidad de mantener la legalidad constitucional, ya que solamente en su nombre podíamos convocar a los españoles para defender la República, pero las pasiones atropellaron mis palabras. En el territorio ocupado por los rebeldes se persiguió a masones, a maestros de escuela, a alcaldes y a militares leales a la República. En el republicano a curas, a terratenientes, a políticos conservadores y a militares sospechosos de fascismo. El miedo y el odio aplastaron a la inteligencia y la tolerancia. Me desconcertaba el ambiente inconsciente y desenfadado que reinaba en Madrid, la trasgresión de las reglas democráticas, el derroche irresponsable de víveres y, sobre todo, los paseos de la brigada del amanecer en los que se asesinaba a los adversarios de forma siniestra. Mi concepción racional y negociadora de la política me impedía asumir aquella dislocación de la vida pública. Por eso, en la terrible noche del 22 de agosto, cuando las turbas asaltaron la Cárcel Modelo y asesinaron a Melquíades Álvarez y a otros reclusos, decidí abandonar la Presidencia de la República.

      —Voy a presentar la dimisión —comuniqué a mi amigo Ángel Ossorio.

      —No debe hacerlo —alegó tratando de disuadirme—. En un momento tan delicado como éste se originaría un vacío de poder muy peligroso.

      —¡La sangre me asquea! —exclamé indignado—. ¡No puedo admitir esos comportamientos salvajes!

      —Las guerras desatan las pasiones —contestó Osorio—. Cuando se atenúe la tempestad se irán encauzando.

      El viaje resultó largo y pesado, con los inevitables sobresaltos de aquel tiempo de guerra. La columna de vehículos avanzaba con dificultad por carreteras castigadas por los combates. A la altura de Tarancón observamos con atención las barreras defensivas y los puestos de vigilancia de los nuestros. El coronel Saravia se incorporó a mi coche, ya que nos adentrábamos en una zona insegura en la que podíamos sufrir ataques. En los aledaños de la carretera había camiones calcinados, armamento destrozado y otras evidencias de aquella guerra planeada para exterminar al adversario, ignorando que la sangre derramada destruiría la convivencia. Cuando circulábamos cerca de Alarcón una escuadrilla de aviones enemigos nos dio un susto, pero afortunadamente pasó de largo. El paisaje fue cambiando, sobre todo al llegar a La Manchuela, al sureste de Cuenca, surcada por los ríos Júcar y Cabriel, que ofrecía pronunciados contrastes. Allí nos encontramos con varias columnas de campesinos que huían a pie de las zonas de combate con carretas abarrotadas de pertrechos, con el ganado y los objetos más sorprendentes.

      Cuando anochecía llegamos a Motilla del Palancar, donde el Gobierno debía unirse a nosotros para proseguir el viaje hacia Valencia. Al ser reconocidos, los vecinos rodearon los coches gritando ¡Unidad popular!, ¡Viva Azaña! y ¡Muerte al fascismo! José Moreno, alcalde del pueblo, y el general Pozas, jefe del ejército del Centro, me cumplimentaron en la plaza mayor, interesándose por las incidencias del viaje.

      —En Alarcón nos sorprendió la aviación enemiga —comenté manifestando nuestro sobresalto—, pero felizmente no sucedió nada.

      —Era una escuadrilla de la Legión Cóndor que realizaba vuelos exploratorios —informó Pozas—. En cuanto advirtió la presencia de nuestros cazas se dio a la fuga. A partir de ahora, señor Presidente, puede estar tranquilo, ya que todo el viaje transcurrirá por territorio leal que tenemos controlado.

      Mientras llegaban los ministros el Alcalde nos invitó a tomar un aperitivo en el salón de plenos del Ayuntamiento, que aproveché para departir con los jefes militares y conocer sus inquietudes sobre la evolución de la guerra.

      —Nos preocupa sobre todo el frente Norte —afirmó el general Pozas con gesto grave—. Madrid está bien defendido por el general Miaja, que cuenta con buenos cuadros militares y con el pueblo, pero tras la caída de San Sebastián los rebeldes van a ir a por Bilbao. No estoy seguro de que el cinturón de hierro sea capaz de resistir el ataque.

      —Sí, la campaña del Norte es muy importante —añadí, compartiendo su valoración—. Para defendernos con solidez es imprescindible que los jefes del ejército tengan el respaldo de los dirigentes políticos, sobre todo de los nacionalistas vascos.

      —Eso es esencial, señor Presidente —subrayó el general—. No podemos desarrollar una buena estrategia militar con tres ejércitos, de diferentes colores políticos...

      —El Gobierno está haciendo todo lo posible para reforzar la unidad y la disciplina —indiqué a ese propósito—. Yo espero que todos se comporten de forma responsable, porque las industrias y los puertos del Norte son decisivos para el desenlace de la guerra.

      Después del aperitivo saludé a un grupo de jóvenes voluntarios de las Brigadas Internacionales que se dirigía hacia Albacete, donde se encontraba el centro de encuadramiento y formación de los brigadistas. Su entusiasmo y generosidad, empuñando las armas para defender la libertad en un país que no era el suyo, constituía un extraordinario ejemplo que nos animaba a proseguir la lucha.

      A las ocho de la noche llegaron a Motilla los ministros José Giral y Manuel Irujo. Me reuní con ellos en el despacho del Alcalde para comentar las últimas disposiciones del Gobierno.

      —Hay cambio de planes, señor Presidente —afirmó Giral.

      —¿Y eso? —pregunté extrañado.

      —Antes de abandonar Madrid —contestó el ministro— queremos dejar debidamente organizada la defensa de la capital.

      —¿No estaba eso resuelto? —alegué.

      —Quedan algunos flecos pendientes —respondió Irujo—, el Gobierno desea que usted vaya a Barcelona. Hemos hablado con Companys y ha dado su anuencia.

      —Yo en Cataluña siempre me he encontrado a gusto —respondí, aprobándolo.

      —Además —añadió Giral—, contribuirá a mejorar las relaciones con la Generalidad de Cataluña.

      —Bueno, eso es una responsabilidad que a todos nos concierne.

      Tras despedir a los ministros, modificamos el itinerario del viaje para dirigirnos a Benicarló,


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