Yo, Manuel Azaña. Francisco Cánovas

Yo, Manuel Azaña - Francisco Cánovas


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levantaba el ánimo. La huerta valenciana ofrecía un paisaje mediterráneo característico. Cuando circulábamos cerca de Vinaroz escuchamos unas inquietantes percusiones de metralletas.

      —Las disputas entre la CNT y la UGT por el control de las colectividades —comentó Saravia— están provocando una guerra civil entre los agricultores.

      —¡Es increíble! —protesté enfadado.

      —Desde luego —asintió Saravia—. Sin la unidad de todas las organizaciones republicanas no podremos ganar la guerra.

      —Le he pedido a Largo Caballero que imponga la autoridad y alcance un pacto de no-agresión entre las diferentes organizaciones políticas y sindicales y de respeto escrupuloso del orden público.

      —Confiemos en que lo consiga pronto —respondió Saravia con gesto serio—. De ello depende nuestra suerte.

      Al llegar a Cataluña fuimos recibidos por el consejero José Tarradellas, que tuvo la deferencia de acompañarnos el resto del trayecto. El viaje concluía satisfactoriamente, lo que era de agradecer en aquellos inciertos tiempos de guerra. Hacia las nueve de la noche avistamos la ciudad de Barcelona, la capital roja y separatista, como la denominaba la disparatada propaganda enemiga. Una unidad de la policía dirigió la expedición hacia las Cortes de Cataluña, donde nos esperaban las autoridades para darnos la bienvenida y cumplimentarnos.

      Durante unos minutos departí con Luis Companys, Presidente de la Generalidad, sobre las últimas novedades políticas. La situación de Madrid preocupaba especialmente, por la presión de las tropas enemigas por el suroeste. En Cataluña, tras la convulsión provocada por el golpe militar, la situación se estaba normalizando. La Generalidad mantenía conversaciones con la CNT para controlar los desórdenes públicos. Compartimos la necesidad de hacer un esfuerzo para mejorar la relación de los Gobiernos de Cataluña y de España.

      —Voy a emitir un manifiesto de apoyo al pueblo de Madrid —anunció Companys al despedirse.

      —Me parece una iniciativa excelente —contesté complacido—. La resistencia de Madrid es crucial para toda España.

      —Por lo que se refiere a su llegada —prosiguió—, diremos que realiza una visita oficial a Cataluña.

      —Den la explicación que consideren más conveniente.

      Avanzada la noche nos retiramos al Palacio de la Ciudadela, donde quedaría establecida mi residencia oficial durante aquellos meses.

      A principios de noviembre las tropas enemigas, dirigidas por el general Varela, ocuparon el Cerro de los Ángeles, Carabanchel y la Ciudad Universitaria. Ante el peligro que ello representaba, el Gobierno de la República se trasladó a Valencia. El Consejo de Ministros adoptó el acuerdo por unanimidad, después de un vivo debate en el que algunos objetaron la imagen de retirada que iba a crearse. La Junta de Defensa, dirigida por el general Miaja, con el apoyo de todas las organizaciones políticas y sindicales, se ocuparía de la defensa de la capital. Una larga columna militar transportó los archivos, los sistemas de comunicación y los equipos de los diferentes ministerios. Asimismo, un amplio grupo de escritores, intelectuales, científicos y artistas, en el que se encontraban Antonio Machado, Victorio Macho, Bartolomé Pérez Casas, Arturo Duperier, Enrique Moles, Justa Freire y José Solana, acompañó al Gobierno a Valencia, ratificando su compromiso con la democracia.

      Sus inquietudes y testimonios sobre aquella dramática encrucijada serían dados a conocer a través de la revista Hora de España, que saldría a la luz unos meses después con la factura tipográfica de Manuel Altolaguirre en Valencia, nueva capital de la República.

      Notas

       (*) Los textos en cursiva reproducen manifestaciones literales de los personajes a los que hacen referencia.

      Capítulo II: Montserrat

      Cataluña ha desempeñado un importante papel en la Historia de España. Tanto los gobiernos de la Monarquía como los de la República trataron con especial interés los asuntos relacionados con ella, si bien no llegó a alcanzarse una colaboración satisfactoria. Tras el golpe militar de 1936 esta comunidad aumentó su relevancia, gracias a su populosa población, a sus centros industriales y a su activo puerto. A su vez, cubría la única frontera terrestre que comunicaba con Europa, a través de la cual entraban los aprovisionamientos de armas. Su posición fronteriza y su potente irradiación económica, social y cultural configuraban en buena medida la imagen exterior de la República. Desde principios de siglo, Cataluña estaba asociada a manifestaciones singulares del nacionalismo y el anarco-sindicalismo. La cuestión nacionalista fue encauzada por la República con la concesión del Estatuto de Autonomía, que transfirió amplios recursos y competencias. Por otra parte, la dinámica revolucionaria anarco-sindicalista generó una escalada de huelgas y conflictos.

      La sede de la Presidencia de la República se estableció en el Palacio de la Ciudadela. Allí desempeñé las funciones que la Constitución me confería: la designación, en su caso, del Presidente del Gobierno y de los ministros; la autorización, con mi firma, de los decretos; la promulgación de las leyes; la convocatoria, suspensión y disolución de las Cortes; la adopción de medidas extraordinarias para defender a la nación; la negociación, firma y ratificación de los tratados internacionales; la declaración de la guerra y la firma de la paz; la expedición de los títulos y empleos civiles y militares... En suma, el ejercicio de la alta magistratura del Estado, que debía garantizar el funcionamiento del sistema político, mientras que al Presidente del Consejo de Ministros le correspondía la dirección y el desarrollo de la política del Gobierno. Cándido Bolívar, secretario de la Casa Presidencial, me prestaba una ayuda inestimable. Por lo demás, de acuerdo con Companys, llevé a cabo un programa de visitas a instituciones, sociedades y municipios de la comunidad catalana para acercarme a la ciudadanía. A pesar de la guerra, Barcelona ofrecía una excelente actividad cultural, sobresaliendo las cuidadas programaciones del Teatro del Liceo y del Palacio de la Música, que acogían los conciertos de las mejores orquestas.

      El último domingo de octubre me alejé de la ruidosa vida barcelonesa dando una vuelta por Montserrat. Hacía un día otoñal agradable que animaba a acercarse a la naturaleza. A las cinco de la tarde llegué a la plaza del Monasterio. Me acompañaban Lola, mi mujer, Bolívar, Sindulfo Lafuente y Carlos Renzo, administradores de la tesorería presidencial, el coronel Parra y el comandante Viqueira, responsables de la seguridad, y Santos Martínez, mi secretario particular. Nada más bajar del coche observé con agrado que las banderas de la República y de Cataluña ondeaban en el balcón principal del edificio, abandonado por los frailes al estallar la guerra. Carlos Gerhard, comisario de la Generalidad que velaba por su mantenimiento, nos saludó con respeto y se puso a nuestras órdenes. Tras las formalidades protocolarias caminamos por la plaza, contemplando aquel abrupto entorno montañoso situado a 700 metros sobre el nivel del mar. Desde la esquina del jardín se divisaba una panorámica fantástica. El comisario nos invitó a realizar una visita a la planta noble del monasterio. Yo había estado allí


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