Yo, Manuel Azaña. Francisco Cánovas
una talla románica de madera de álamo de color oscuro, semejante a las vírgenes negras que los cruzados trajeron de Constantinopla, a las que se atribuía un poder milagroso. Desde aquella época Montserrat se convirtió en un centro de peregrinación, alcanzando un estimable desarrollo cultural durante los siglos xvi y xvii. El comisario fue mostrando las dependencias abaciales, resaltando sus aspectos más interesantes. En los vestíbulos y corredores había algunas obras pictóricas valiosas. El despacho del abad, que el comisario ocupaba de forma provisional, era verdaderamente extraordinario.
—Tiene usted —afirmé, dándole una palmada de confianza en el hombro— el mejor despacho de toda la República.
—Sí, señor Presidente —contestó complacido—, nunca había ocupado otro como éste.
—De buena gana se lo cambiaría por el mío —añadí sonriendo.
—Lo tiene a su disposición siempre que lo considere conveniente.
Cuando se ponía el sol atravesamos el claustro y salimos al exterior, donde pudimos observar unas vistas impresionantes de las agujas del macizo pirenaico que me hicieron evocar las palabras de Goethe sobre aquel singular espacio: El hombre no encontrará en ningún lugar su reposo, sino en su propia Montserrat. Por último, Gerhard nos invitó a tomar en el comedor un refrigerio, que nos deparó la oportunidad de conversar sobre la vida catalana.
—La verdad —reconocí—, es que el Monasterio y su entorno tienen algo especial.
—Es muy apreciado por los catalanes —afirmó Gerhard—, más allá de su dimensión religiosa.
—¿Cómo ve usted —pregunté— la situación política de Cataluña?
—Pues... con preocupación, señor Presidente —contestó torciendo el gesto—, la relación entre los partidos y los sindicatos es muy tensa.
—Franqueza por franqueza —proseguí—. Siempre he admirado la cultura cívica de los catalanes, pero no me gusta cómo transcurren las cosas por aquí últimamente.
—En tiempos de guerra —contestó, tratando de encontrar alguna justificación— surgen problemas y circunstancias imprevistas.
—Ya —proseguí—, pero la Generalidad se ha dejado influir por los extremistas y no ha ejercido la autoridad que le corresponde.
—Lo cierto, señor Presidente, es que vivimos una situación muy delicada —reconoció el comisario—, que puede terminar de la forma más insospechada.
—Pues hay que tratar de encauzarla de la mejor manera —respondí—, porque como dice Rojo las guerras se ganan o se pierden en la retaguardia.
A las siete y media, cuando había anochecido, regresamos a Barcelona. Aquella tarde en Montserrat transcurrió demasiado rápida. Me habría gustado permanecer allí más tiempo, respirando aire puro y sintiendo el aliento de la naturaleza. ¡Cuánto echaba de menos pasear por parajes como aquellos! En fin, tendría que encontrar tiempo para hacerlo. ¿Y si establecía en Montserrat mi residencia privada?, pensé en aquel momento. Estaría, sin duda, mucho mejor que en Barcelona, demasiado agitada por las luchas políticas. Sin pensarlo dos veces, le pedí a Bolívar que explorase la posibilidad, procediendo con total discreción. El Palacio de la Ciudadela quedaba tan solo a 50 kilómetros, por lo que podría ir y venir todos los días sin grandes dificultades. Eso sí, no tendríamos que causar trastornos, ni realizar excesivos gastos.
Las gestiones de Bolívar resultaron satisfactorias. Nos pusimos a organizar el traslado, de acuerdo con Gerhard, y unos días después, el 4 noviembre, llegamos al Monasterio. Lola y yo nos instalamos en las dependencias de la planta noble, reservadas a las autoridades eclesiásticas. La más llamativa era la Sala del Obispo, donde se estableció mi dormitorio, una habitación espaciosa, con mosaicos floreados, desde cuyo balcón se apreciaba una vista del valle de Llobregat imponente. La Sala de El Greco, la librería y el despacho del abad quedaron también a disposición nuestra. Por su parte, Bolívar, Parra, Viqueira, Lafuente, Renzo, Santos y Lot se alojaron en la enfermería, en el cuarto piso, disponiendo así de cierta independencia.
Permanecí en Montserrat casi todo el invierno, procurando no alterar la vida que se desenvolvía en torno al Monasterio. Todos los días acudí al Palacio de la Ciudadela a atender mis obligaciones políticas. Solamente una vez no pude hacerlo, porque la nieve y la niebla dejaron la carretera intransitable. Por la mañana me dedicaba a organizar la agenda de trabajo, a preparar las reuniones y las audiencias y a escribir las intervenciones públicas. Cuando podía iba a biblioteca, que tenía obras muy interesantes. A las dos solía almorzar en el comedor con Lola. Una hora después partía hacia Barcelona en el Mercedes oficial, acompañado por Bolívar, Santos y Parra, mientras procedían a darme cuenta de las últimas novedades. En el Palacio de la Ciudadela atendía los asuntos oficiales hasta las ocho de la noche. Si no tenía que presidir actos oficiales, en torno a esa hora regresaba a Montserrat. Como buen trasnochador, entre las once y la una de la madrugada me reunía con mis colaboradores de confianza para jugar al tresillo, escuchar la radio o disfrutar de las sinfonías de Beethoven, hasta que el cansancio nos invitaba a retirarnos a nuestros aposentos. Gerhard siempre estaba pendiente de nosotros, procurando que nos sintiéramos como en nuestra propia casa. Algunos políticos hicieron comentarios irónicos sobre mi alojamiento en el Monasterio, pero quería mandar un mensaje sobre la necesidad de normalizar las relaciones con la Iglesia y, además, el tiempo que permanecí allí me sentí a gusto. A finales de enero, cuando regresé de la visita oficial a Valencia, me quedé definitivamente en el Palacio de la Ciudadela de Barcelona.
Durante aquellos meses la relación que mantuve con Francisco Largo Caballero, Jefe del Gobierno de la República, fue fría y distante. Largo Caballero era un dirigente sindical austero preocupado por la mejora de la situación de los trabajadores. Nacido en Madrid en 1869, la carencia de recursos familiares le obligó a trabajar desde los siete años como recadero, encuadernador, cordelero y estuquista. Colaboró con Pablo Iglesias en la dirección de la Unión General de Trabajadores y el Partido Socialista Obrero Español. Luchador tenaz, en 1909 fue deportado por organizar movilizaciones contra la guerra de Marruecos. Tras la huelga general de 1917 fue condenado a cadena perpetua, aunque recuperó la libertad al ser elegido diputado. Durante 20 años fue secretario general de la Unión General de Trabajadores. Era de los que pensaban que los mejores socialistas se forjaban en las luchas obreras. En los primeros gobiernos de la República estuvo al frente del Ministerio de Trabajo, promoviendo medidas que mejoraron las condiciones de los obreros y los campesinos. Antes de estallar la guerra impidió que su compañero Indalecio Prieto presidiera un gobierno de centro-izquierda de amplio apoyo popular. Siempre lo consideré un grave error que debilitó a la República. El 4 de septiembre de 1936, cuando las tropas enemigas avanzaban hacia Madrid, le encomendé la formación del Gobierno, que algunos llamaron de forma pretenciosa El Gobierno de la Victoria, integrado por toda la izquierda, incluida la Confederación Nacional del Trabajo, que ocupó cuatro ministerios. Esta decisión me pareció un disparate. A mi juicio, Largo Caballero tenía una notable confusión sobre el papel de los partidos y los sindicatos, asignándole a éstos funciones que no les correspondían. Por otra parte, parecía alentar la dinámica revolucionaria, cuando la gran prioridad de aquel momento era restablecer el orden y la disciplina. El nombramiento como ministro de Justicia del anarquista Juan García Oliver, conocido por su afirmación vox populi, suprema lex y por su apelación a la gimnasia revolucionaria, fue un despropósito, por lo que me negué a ratificarlo. Corrieron rumores de que iba a sufrir un atentado, pero me mantuve firme, aunque era consciente de que la República se adentraba en una senda ajena a mi proyecto político. Al final, Largo hizo efectivos los nombramientos sin mi firma, con la excusa de la guerra.
El 15 de noviembre, al anochecer, la aviación enemiga realizó un ataque masivo sobre Madrid. Numerosos Junkers y Heinkels alemanes descargaron una intensa lluvia de artefactos incendiarios sobre el centro de la capital que causó grandes destrozos. Los madrileños, presos de pánico, se protegieron en sótanos, refugios y estaciones del Metro, pero muchos fueron alcanzados por las bombas. Cuando conocí aquella incomprensible agresión intenté comunicarme con el general