Yo, Manuel Azaña. Francisco Cánovas
anarquistas permanecían en sus puestos, pero me dejaron salir sin obstaculizarlo. Una gasolinera me condujo hasta el Prat, donde tomé un avión Douglas que me llevó a Manises. Allí fui recibido por Largo Caballero, Julián Besteiro y los ministros. Como Besteiro partía poco después hacia Londres para representar a España en la ceremonia de coronación del rey Jorge VI, me retiré con él a una dependencia del aeropuerto para encomendarle una misión secreta: que comunicase a Anthony Eden, secretario del Foreign Office, mi disposición a apoyar la mediación de las potencias europeas para alcanzar un acuerdo de retirada de los militares extranjeros, bajo la supervisión de comisarios internacionales, lo que obligaría a suspender temporalmente las hostilidades, con la esperanza de que no se reanudasen nunca. Yo confiaba en la capacidad intelectual y negociadora de Besteiro para encontrar una salida diplomática a la guerra.
Los disturbios de Barcelona se saldaron con 400 muertos y numerosos heridos. Oficialmente se dijo que había sido una lucha entre obreros catalanes que defendían las conquistas de la revolución, pero en realidad fue el resultado de diez meses de ineptitud delirante, aliada con la traición. La imagen de la República sufrió un notable quebranto, quedando en evidencia la división interna de las organizaciones que la respaldaban. El Gobierno de la nación aprovechó los altercados para recuperar por decreto las competencias de seguridad y la dirección de la guerra. Para ello, designó al coronel Antonio Escobar delegado de Orden Público y al general Sebastián Pozas jefe de la Región Militar. Eran medidas absolutamente necesarias, pero quedaba pendiente de hacer una reflexión profunda sobre las causas de aquellos desórdenes. Uno de los mayores desengaños que he sufrido en toda mi trayectoria política ha sido la falta de solidaridad entre los partidos, los sindicatos y las organizaciones republicanas.
Notas
(*) Los textos en cursiva relacionados con Manuel Azaña reproducen manifestaciones literales de sus discursos públicos, sus memorias y su correspondencia.
Capítulo III: Retazos de la memoria
Algunas noches el insomnio me castigaba de forma implacable y la imaginación prendía un tema y lo trabajaba con un brío y una plasticidad extraordinarios. Otras, la memoria galopaba con una fantasía desbordante, evocando recuerdos de la infancia, de las primeras experiencias en Madrid o de los momentos cruciales de la República. Surgía una vivencia o un personaje y emergía un caudal poderoso, como una fontana que brotaba con fuerza del olvido. Los sucesos quedaban enlazados de forma novedosa, sin la perspectiva del tiempo, iluminados por otras luces, animados por otras claves que me permitían comprenderlos mejor. Así, he podido completar secuencias que habían quedado truncadas y resolver antiguos dilemas. Otras noches, en fin, la imaginación se proyectaba sobre el futuro, dibujando un horizonte desconocido, sumamente incierto, diferente al que había anhelado.
Mis primeros recuerdos se ocultaban en la nebulosa de los años 80, en mi casa de Alcalá de Henares, el número 3 de la calle de la Imagen, en el antiguo barrio judío. Allí aparecían imágenes borrosas de mi madre Josefa, de mi padre Esteban y de mis hermanos Gregorio, Carlos y Pepita. Mi habitación estaba en la primera planta y daba a un patio interior rodeado de columnas. El alma de la casa era mi madre, siempre omnipresente para atender nuestras necesidades. Mi padre permanecía la mayor parte del tiempo fuera, ocupado en las obligaciones de la Alcaldía y la explotación de las tierras. A veces se reunía con los amigos en la rebotica de Monsó para discutir sobre la política. En la parte de atrás de la casa había un jardín y un huerto, en los que solía jugar con mis hermanos. Mi abuelo Gregorio me enseñó a descubrir la naturaleza, dando paseos por las afueras de Alcalá. Hombre de ideas liberales y republicanas, siempre lo recordaría con cariño. La calidez de aquella etapa se apagó brusca e inesperadamente cuando, siendo todavía niño, falleció mi madre y poco después mi padre y mi hermano Carlos. ¡Inmensa desventura! —escribí, sacando a relucir el desgarro que me produjo la muerte de mi madre—. Yo no sabía qué era morir, yo no sabía que las gentes se iban al cielo, yo no podía afligirme sobre la vida rota de una mujer que me idolatraba... ¡No!, yo era niño y no sabía más que vivir bajo su sombra, sentía una compasión inmensa por mí mismo, un encono profundo contra la barbarie que me sacrificaba y, aturdido, tendía los brazos en la soledad pidiendo misericordia...
Los primeros pasos formativos dejaron una huella indeleble. La escuela de educación primaria y el colegio de bachillerato de los escolapios impartían una instrucción arcaica, memorística y alejada de la vida que no favorecía el adecuado desarrollo de los alumnos. Durante aquella etapa eché en falta la atención protectora de mis padres. La buscaba de forma inadvertida en los familiares, en los mayores, pero no la encontraba. ¡Cuánto desamparo sentía! Mi madre debió morir con una tristeza semejante a la mía. No debió ser fácil para ella dejarme solo. A veces recuperaba su aroma, ese aroma suyo tan inconfundible que había perdido. Desvalido, sobrecogido y desorientado rehuí la relación con los demás y me refugié en mi mundo interior, aunque tuve la suerte de descubrir en la biblioteca de mi casa los libros de Miguel de Cervantes, Alejandro Dumas, Walter Scott, Julio Verne y Eugenio Sue que despertaron mi imaginación y me permitieron descubrir otros horizontes.
Poco a poco fui conociendo la sociedad en la que crecía, una sociedad aletargada, clasista y apartada de la senda del progreso. El desastre de 1898 provocó en mi generación un fuerte impacto, que Joaquín Costa tradujo con sus populares sentencias Despensa y Escuela y Triple llave al sepulcro del Cid. Pese a las limitaciones de la época, los estudios superiores me concedieron la oportunidad de ampliar mi formación. Aunque yo tenía inquietudes humanísticas y literarias estudié Derecho, como casi todo el mundo, en el Real Colegio de El Escorial, que dirigían los frailes agustinos. Allí recibí una instrucción católica que excluía las líneas del pensamiento moderno y en la que, sobre todo, aprendí a hacer trampas, como reflejé en El jardín de los frailes. Por aquel tiempo dejé de creer en la religión católica, cansado de escuchar sermones metiendo miedo con los terribles castigos que los pecadores sufrirían en el infierno. Nunca disculpé la desacertada labor docente y espiritual que realizaban aquellos religiosos. En 1898 finalizó esta etapa formativa, alcanzando el grado de licenciado en Derecho. Poco después me establecí en Madrid con el propósito de completar mi formación, asistir a las clases de doctorado que impartía el prestigioso profesor Francisco Giner de los Ríos y elaborar una tesis doctoral sobre La responsabilidad de las multitudes, tema que me llamaba poderosamente la atención. En la Biblioteca Nacional, la Academia de Jurisprudencia y el Ateneo realicé un intenso trabajo de consulta de libros y artículos. Al cabo de dos años concluí la investigación y la presenté en la Universidad de Madrid, obteniendo el doctorado.
En 1903 regresé a Alcalá de Henares. Tenía que echar una mano en la gestión de los negocios familiares, pero, sobre todo, sentía la necesidad de enfrentarme a los espectros que frecuentaban mis sueños y al sentimiento de orfandad que marcaba de forma tan acusada mi personalidad. Y fue, en aquella circunstancia, donde emergió la vocación literaria, los primeros escritos que me permitieron revisar las experiencias vividas y trascender la realidad. Cumplidos los objetivos que me había propuesto, esta etapa se agotó. El ambiente tradicional, agrícola y tedioso de Alcalá de Henares no colmaba mis inquietudes humanísticas y personales. Por eso me encerré en el despacho de mi casa para preparar los 260 temas de Derecho Civil e Hipotecario de la oposición al cuerpo de letrados de la Dirección General de Registros y del Notariado del Ministerio de Gracia y Justicia. Aquel esfuerzo mereció la pena, ya que superé las pruebas selectivas y el 27 de junio de 1910 alcancé la condición de funcionario público, con un sueldo anual de 4.250 pesetas, que me concedió una discreta autonomía económica.
Por aquel tiempo pronuncié en la Casa del Pueblo de Alcalá de Henares una conferencia sobre El problema español, asunto muy debatido entonces. Ante un auditorio integrado por trabajadores afirmé que España se había alejado de la corriente europea del progreso. Esta realidad, que constituía la raíz del problema, solamente podía ser solucionada con democracia, arrancando los resortes del Estado de las manos indolentes que no sabían manejarlos de forma apropiada.
—¿Democracia hemos