Yo, Manuel Azaña. Francisco Cánovas

Yo, Manuel Azaña - Francisco Cánovas


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el tiempo que tenía en Montserrat, me puse manos a la obra. Nació, así, La velada en Benicarló, un diálogo entre once personajes a lo largo de una noche, en el que van manifestando su parecer sobre las causas y las consecuencias de la guerra. Los protagonistas son Miguel Rivera, diputado, el doctor Lluch, médico, Blanchard, comandante de infantería, Laredo, aviador, Paquita Vargas, del teatro, Claudio Marón, abogado, Eliseo Morales, escritor, Garcés, ex ministro, Pastrana, prohombre socialista, Barcala, propagandista, y un capitán, todos ellos identificados con el proyecto republicano. Las otras perspectivas no fueron consideradas en esta ocasión. En La velada saqué a relucir las experiencias de aquel tiempo de guerra: las dificultades de la retaguardia, las colectivizaciones de industrias y de hospitales, los delirios revolucionarios, el espanto por tanto sufrimiento... Detrás de los personajes estaban las opiniones de Ossorio, de Prieto, de Saravia, de Negrín..., tamizadas por mi propia visión de los acontecimientos. Al amanecer un bombardeo destruye la casa en la que se celebra el encuentro, último reducto de la tolerancia. En suma, La velada en Benicarló es un diálogo autocrítico sobre aquella guerra sangrienta y estéril que había llevado el ánimo de algunas personas a tocar desesperadamente en el fondo de la nada.

      Entre tanto, el ambiente político de Barcelona se fue deteriorando. El 1º de mayo la UGT y la CNT acordaron suspender la tradicional manifestación de los trabajadores para evitar posibles enfrentamientos. Al día siguiente, cuando me encontraba hablando por teléfono con Companys, fuimos interrumpidos de forma grosera por un telefonista de la CNT que nos recriminó que la línea estaba para tratar asuntos más importantes.

      —¡Es increíble! —exclamé indignado.

      —Atravesamos una situación muy delicada, señor Presidente —contestó Companys, tratando de justificar el incidente.

      —¡Y tanto! —repliqué—, pero ustedes también son responsables de tanto despropósito.

      —La actuación de la Generalitat no es nada fácil...

      —Sin duda, pero las instituciones democráticas no deben abdicar nunca de sus obligaciones —alegué enfadado—, y ustedes lo han hecho. Además, aprovecharon la confusión que se produjo después del levantamiento militar para ampliar impunemente su poder, asaltando las competencias del Estado.

      —En tiempos de guerra —apuntó Companys— hay que adoptar medidas extraordinarias.

      —Por supuesto, pero sin demoler el Estado de derecho. En fin —concluí—, habrá que tomar buena nota de los errores cometidos para reconducir el rumbo de la República hacia buen puerto.

      El Presidente de la Generalidad me tenía desconcertado. Aunque habíamos compartido numerosas experiencias políticas no alcanzaba a comprender su comportamiento. Fundador de Esquerra Republicana de Cataluña y Presidente del Parlamento de Cataluña, en 1933 lo designé ministro de Marina de mi Gobierno. Al fallecer Francisco Maciá, accedió a la Presidencia de la Generalidad de Cataluña. Aunque Companys decía que yo era su jefe político, entre los dos existían notables diferencias. Yo no compartía su singular nacionalismo, que trataba de envolver los problemas sociales con la bandera de Cataluña. Tampoco su tendencia a practicar la democracia expeditiva, como él la denominaba, cargada de ribetes demagógicos. Desde el golpe militar nuestra relación se fue enfriando. En aquella circunstancia crítica mostró una inadmisible debilidad ante los extremistas e invadió competencias del Estado que tenían una gran incidencia en la guerra.

      El 3 de mayo de 1937 Artemio Aiguader, consejero de Seguridad de la Generalidad, dio la orden de ocupar la Telefónica, que estaba en poder de la CNT y la UGT desde el golpe. Las fuerzas de asalto rodearon el edificio, siendo repelidas a tiros por los sindicalistas. Al correr la voz de que la CNT había sido atacada, se levantaron barricadas en las calles de Barcelona, produciéndose enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad, los socialistas y los comunistas, de una parte, y los anarquistas y los trotskistas, de otra. La Generalidad de Cataluña perdió el control y la rebelión se extendió por la ciudad, cortándose calles, ocupándose edificios y originándose altercados. El Palacio de la Ciudadela, donde desarrollaba mi actividad, fue cercado por insurrectos que mostraban una actitud amenazante. Hay para escribir un libro —anoté aquel día en mi diario— con el espectáculo que ofrece Cataluña, en plena disolución. Ahí, no queda nada: Gobierno, partidos, autoridades, servicios públicos, fuerza armada, nada existe. Es asombroso que Barcelona se despierte cada mañana para ir cada cual a sus ocupaciones. La inercia. Nadie está obligado a nada. Nadie quiere ni puede exigirle a otro su obligación. Histeria revolucionaria, que pasa de las palabras a los hechos para asesinar y robar; ineptitud de los gobernantes, inmoralidad, cobardía, ladridos y pistoletazos de una sindical contra otra, engreimiento de advenedizos, insolencia de separatistas, deslealtad, disimulo, palabrería de fracasados, explotación de la guerra para enriquecerse, negativa a la organización de un ejército, parálisis de las operaciones, gobiernitos de cabecillas independientes en Puigcerdá, La Seo, Lérida, Fraga, Hospitalet, Port de la Selva...

      Ante aquella perspectiva me dispuse a comunicarme con el Gobierno, pero la telefonista me dijo que no era posible.

      —En la central se niegan a dar conferencias con Valencia.

      —¡No me diga! —exclamé estupefacto—. ¿Quién ha decidido eso?

      —El comité de control obrero —respondió.

      —¡Menudo disparate! —protesté indignado.

      Afortunadamente, el Centro Telegráfico no había caído en manos de los insurrectos, y desde allí emití un telegrama a Bolivar, que se encontraba en Valencia, rogándole que informase al Jefe del Gobierno de aquellos disturbios.

      Al día siguiente se multiplicaron los enfrentamientos, escuchándose un intenso estruendo de fusilería, ametralladoras, morteros y bombas de mano. La Generalidad, los socialistas y los comunistas controlaban la parte situada al este de las Ramblas, mientras que los anarquistas y los trotskistas dominaban el oeste y los suburbios. Los altercados se reprodujeron en toda la ciudad. Desde la Plaza de España los amotinados cañonearon un cine ocupado por la Guardia Civil, causando 80 muertos. Preocupado porque se atrevieran a asaltar el Palacio de la Ciudadela en cualquier momento, volví a telegrafiar a Bolívar para requerirle la intervención del Gobierno, pero no tuve respuesta. La indolencia de la Generalidad y la indiferencia glacial de Largo Caballero me dejaron abandonado a mi suerte. Lola sobrellevó con admirable serenidad todo aquello. Era plenamente consciente de lo que sucedía, pero no quería que me preocupase por ella. Creía que la conocía bien, pero con el tiempo descubrí que tenía unas cualidades admirables.

      —¿Nos vamos del Palacio —pregunté a Lola— o esperamos a ver cómo evolucionan los acontecimientos?

      —Lo que consideres mejor —contestó, con la confianza de siempre.

      La crisis se solucionó unos días después, gracias a la mediación de los ministros anarquistas Juan García Oliver y Federica Montseny, de Mariano Vázquez, secretario de la CNT, y de Carlos Hernández, ejecutivo de la UGT. Montseny se dirigió por la radio a los barceloneses en nombre del Gobierno y de la CNT pidiendo la inmediata suspensión de las hostilidades por la unidad antifascista, por la unidad proletaria y por los que cayeron en la lucha, con el compromiso de que los agravios inferidos serían reparados. Por otra parte, numerosos soldados anarquistas abandonaron el frente para ir a Barcelona, pero fueron interceptados por las fuerzas republicanas.

      El jueves se alcanzó una tregua, que aprovechamos para que el cocinero saliera a comprar, ya que se habían terminado las reservas. Al no tener la posibilidad de promover ninguna iniciativa política dediqué aquel tiempo a comentar con Indalecio Prieto la evolución del conflicto y a dictarle a la mecanógrafa La velada en Benicarló. Afortunadamente, la normalidad se fue restableciendo. 5.000 guardias de asalto, dirigidos por el coronel Torres, simpatizante anarquista, llegaron desde Valencia y ocuparon la ciudad, logrando neutralizar las resistencias. Por otra parte, el Gobierno de la Generalidad fue remodelado, incorporando un consejero de la UGT y otro de la CNT. Los rebeldes impusieron el cese de Aiguadé y de Rodríguez Salas y manifestaron su satisfacción por la reparación de los


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