Yo, Manuel Azaña. Francisco Cánovas
presidiera la República de Cataluña, monté en cólera. Al final sólo conseguí corregir aquel despropósito parcialmente, ya que Tarradellas fue nombrado Primer Consejero.
Por otra parte, la relación que mantenía con Largo Caballero no mejoró durante aquellos meses. Nos vimos poco, tres veces en Benicarló, a medio camino, y otras tantas en Valencia, con motivo de diversos actos oficiales y de la conmemoración del aniversario de la proclamación de la República. En estas entrevistas no conseguimos ponernos de acuerdo sobre las prioridades del Gobierno. Cuando le exponía mis argumentos Largo Caballero me escuchaba en silencio, desviando, con desconfianza, sus ojos azules de porcelana. Estaba preocupado por los movimientos críticos de los dirigentes comunistas.
El 10 de enero me desperté embargado por un sentimiento muy especial: aquel día cumplía 57 años. Me levanté dispuesto a tener una jornada enteramente normal, sin celebración alguna. Así, la mayor parte de la mañana la dediqué a preparar con Bolívar y Santos la agenda de la visita institucional que iba a realizar unos días después a Valencia. Por la tarde, en el Palacio de la Ciudadela, me reuní con el alcalde de Barcelona y, después, recibí en audiencia el embajador de Francia y a otros diplomáticos. Sin embargo, cuando regresé a Montserrat me llevé una agradable sorpresa: Lola había organizado una cena con motivo de mi cumpleaños a la que había invitado a José Giral, a Victoria Kent y al coronel Saravia, amigos a quien profesaba un gran afecto. Realmente, la cena resultó muy entrañable. Lola escogió los platos de la cocina castellana que más me gustaban y Giral trajo unas botellas de vino del Penedès que estaban muy ricas. Durante la cena y la sobremesa Lola y mis amigos me dispensaron su apoyo y su cariño. Comentamos anécdotas y recuerdos compartidos, cuidando que no saliera a relucir ningún tema que pudiera empañar la velada. La sinfonía Pastoral de Beethoven, mi favorita, se escuchaba al fondo, creando un ambiente agradable. Victoria me regaló una edición especial de la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Avanzada la noche, de repente sonó la alarma y se apagaron las luces. Una escuadrilla de aviones enemigos sobrevoló el Monasterio haciendo un gran estruendo, que nos hizo regresar abruptamente a la vida real, a la guerra. Al cabo de unos minutos se encendieron las luces. El coronel Saravia se comunicó con la unidad de vigilancia y recibió una cumplida información del incidente, que afortunadamente no tuvo ninguna consecuencia. Lola, haciendo gala de su talante positivo, trató de animarnos, pero resultó imposible. Acompañé a mis amigos hasta la puerta y los despedí con un efusivo abrazo. Aquella noche descansé mal. El cumpleaños, la velada y los aviones removieron las preocupaciones que me quitaban el sueño: el acoso que sufría Madrid, la crueldad de los radicales de uno y otro bando, la decepcionante actuación de las potencias europeas, la falta de entendimiento con el Presidente del Gobierno, el aislamiento que sufría en Montserrat... ¿Por qué la traición y el crimen ensangrentaban el suelo de la patria?, preguntaba con ansiedad una y otra vez. ¿Merecía la pena tanto sufrimiento? ¿Qué sería de mi proyecto político? Unas lágrimas desconsoladas rodaron por mis mejillas.
El 21 de enero pronuncié un discurso en el Ayuntamiento de Valencia. El acto fue organizado por el Gobierno para que los españoles tuvieran la oportunidad de escucharme seis meses después del comienzo de la guerra. Manifesté que la República, régimen legalmente establecido, tenía la obligación de defenderse de la agresión que había sufrido. La guerra estaba destrozando España, pero con el apoyo del pueblo superaríamos aquella desventura y alcanzaríamos la victoria. Para ello, era esencial la actuación responsable y disciplinada de todas las organizaciones republicanas. Una política de guerra —afirmé a este propósito— no tiene más que una expresión: la disciplina y la obediencia al Gobierno responsable de la República. Ahí se cifra todo. No hay más que un modo de hacer la guerra, y como el factor decisivo de la guerra es el soldado, el combatiente, el factor moral de la guerra se traduce en disciplina, en obediencia, en capacidad, en mando y en responsabilidad. Todo lo demás es una insensatez propia de gente sin caletre, sin disciplina y sin conocimiento exacto de las cuestiones o es un puro suicidio involuntario, al cual nosotros no podemos llevar a la República, ni a la nación.
Anuncié que nuestra guerra constituía un serio peligro para Europa, ya que prometía ser el primer acto de una guerra general europea, no declarada... Estos peligros de guerra, de guerra general... han podido hacer pensar a muchos que el convertirse la guerra española en una guerra general europea podía ser ventajoso, suponiendo que, al calor de los grandes encuentros de los países europeos, la causa española, la justa causa española que nosotros representamos, saldría a flote con más facilidad. Yo no pienso así y el Gobierno tampoco. En primer lugar, porque la guerra es siempre una catástrofe, y no es lícito buscar la guerra y, en segundo término, porque la guerra general, si por desventura llegase a estallar, dejaría sumidas las desventuras españolas y la justa causa española debajo de las contiendas que se plantearan en Europa y correríamos el peligro de que nuestra justa causa, aun ganando la guerra, se resolviese o se ultimase, por razones, motivos o condiciones que no son los que nuestro corazón de españoles o de republicanos apetecen.
Alcé la mirada hacia el futuro de España, hacia aquel momento de paz en el que la majestad del pueblo liberado y redimido de la tiranía administre sus destinos con arreglo a la experiencia recibida... Pienso en ese día. No sé cual será el régimen político español, será el que el pueblo quiera, pero el que yo quiero es un régimen donde los derechos de la conciencia y de la persona humana estén defendidos y consagrados por todo el aparato político del Estado, donde la libertad moral y política del hombre esté asegurada, donde el trabajo recupere en España lo que quiso hacer de él la República española, la única categoría calificadora del ciudadano español, y donde esté asegurada la libre disposición de los destinos del país por el pueblo español en masa, en su colectividad, en su representación total. Si un día hace falta volver a combatir contra la tiranía, yo diré: ¡Presente!
Finalmente, resalté que la guerra estaba causando un daño terrible a los españoles, que yo sentía como propio: Y cuando vuestro primer magistrado erija el trofeo de la victoria, su corazón de español se romperá, y nunca se sabrá quién ha sufrido más por la libertad de España (*).
A mediados de febrero, en un encuentro celebrado en Benicarló, comenté a Largo Caballero mi preocupación por el curso de la guerra. Madrid resistía de forma ejemplar, pero en varios frentes retrocedíamos de forma inquietante. Así, el 7 de febrero las tropas enemigas, dirigidas por Francisco de Borbón, primo de Alfonso XIII, llegaron a los suburbios de Málaga, apoyadas por 100 aviones y por 10.000 soldados italianos a las órdenes de Roatta. La ciudad estaba defendida por 12.000 soldados, bajo el mando del coronel Villalba, que carecían de armamento apropiado. Los buques Canarias, Baleares y Velasco secundaron el ataque bombardeando diferentes puntos de la ciudad. Miles de personas trataron de huir por la carretera que conducía a Almería, pero fueron tiroteados de forma salvaje. Tras la entrada de las tropas rebeldes se produjo una violenta represión que recordó la masacre de Badajoz, siendo fusiladas sin procedimiento judicial 4.000 personas. Otra desgraciada evidencia de que los rebeldes estaban practicando con saña una política de aniquilamiento de los adversarios.
En aquel encuentro Largo Caballero se quejó del funcionamiento del Gobierno y me tanteó sobre la posibilidad de abrir una crisis para remodelarlo.
—A mí este Gobierno no me gusta —alegué—, pero ¿considera imprescindible modificarlo ahora?
—Sí, señor Presidente —contestó de forma contundente.
—Apenas lleva cinco meses funcionando...
—Ya —respondió Largo—, pero no carbura.
—No soy partidario de abrir una crisis en este momento —añadí—. Tal como están las cosas se nos podría ir de las manos.
—Es realmente necesaria —insistió—. Además, no admito que Jesús Hernández vaya por ahí diciendo que soy el responsable de la pérdida de Málaga.
—Una decisión tan importante hay que abordarla con calma —insistí—. Vamos a ver cómo evolucionan los acontecimientos y, después, procederemos de la forma más apropiada.
Aquellas