Bion y Lacan más allá de Freud. Carlos Amaral Dias

Bion y Lacan más allá de Freud - Carlos Amaral Dias


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al conocimiento científico acompaña la emergencia de ideas nuevas. Los modelos nuevos son temidos como si ellos pudiesen provocar una catástrofe susceptible de desintegrar nuestra atmósfera conceptual, o incluso hacer desaparecer el edificio psicoanalítico. Felizmente ya Freud, padre del psicoanálisis, antes de Bion, nos había obligado a verificar que sin temor a la pérdida y sin asumir ese temor, no hubiéramos sido capaces de hacer emerger ese mundo oscuro aunque paradojalmente portador de luz, al que Freud llamó el inconsciente y al que Bion añade el O, en tanto realidad última a la que podemos acceder: de una forma O, la forma edípica a través de la cual se deletrea “Yo soy Edipo”, y de la que se puede resumir la frase “Yo soy Dios”. Es decir, el camino hacia O me lleva al camino de Edipo, en tanto el camino a Dios es el camino de la creencia en la omnipotencia y la omnisciencia.

      Al colocar su radical analítico en la óptica de ser O, la reflexión bioniana se aparta decididamente del intento adaptativo proveniente de la psicología del Yo, así como las tentaciones paranoides-causalistas. Esta posición es fundamental en la creación de la capacidad de realización negativa. Ahí, de nuevo, el “sin memoria, deseo o comprensión” coloca al analista distante de cualquier militancia y lo aproxima a la dimensión del retículo vacío.

      La cultura de lo extraño al interior del ser humano torna posible la propensión a O y también el amor a la verdad, organizador epistémico de las endociencias. Dicho de otra manera, el analista que se afirma en ♀/♂ teme mucho menos al cambio catrastrófico y a las turbulencias. La dispersión pasa a ser parte de la búsqueda del O y de la verdad, aunque sepamos que el ser humano es capaz de la verdad. Sin embargo, los instrumentos que posee (L, K, H) solo permiten transformarla, no permiten conocerla.

      El analista que aumenta la tolerancia a la dispersión aumenta también la capacidad de transformación de β en α, de alguna manera las condiciones necesarias al pensar en análisis implican un uso de la dimensión PS⇔D. En otros términos, el analista tiene que ser capaz de dejarse impregnar por la dimensión positiva (el nivel de la identificación proyectiva presente en la comunicación ♀/♂ sin dejar, sin embargo, de descubrir el análisis como realización negativa. Aquí, la función del rêverie es esencial. Identificación proyectiva y función de rêverie constituyen dos polos técnicos de la función α del analista en el análisis. Su utilización es gradual y compuesta, variando de análisis a análisis, de sesión a sesión y, probablemente, de segundo a segundo. Es evidente que los recursos necesarios para la elucidación de la función de rêverie son de un orden completamente diferente de los que están presentes en el contacto con la identificación proyectiva.

      La función de rêverie se basa en la función materna de rêverie pero la supera, como ya Green tuvo oportunidad de explicar. La función de rêverie es lo que permite la organización de la dispersión, transformando a ésta en un factor de crecimiento psíquico, apoyando de ese modo la movilización de los procesos mentales del sueño y la continuidad del analista entre PS⇔D.

      Vale la pena agregar que el nivel de escucha de esta elocución transforma las dimensiones donde el objeto psicoanalítico se debe desarrollar. Por ejemplo, en el área de la pasión, porque se aparta al paciente de la elaboración depresiva. En el área del mito, es decir de su construcción a partir de los elementos míticos de la historia del analizando, por la interferencia de pensamientos falsos. En la dimensión del sentido común (o sea, entre lo sensorial y la toma de consciencia), porque refuerza las opacidades y, naturalmente, las actitudes proyectivas.

      Conviene recordar que la pasión para Bion se localiza en el área transferencial-contratransferencial, que la dimensión mítica es aquella que nos permite “arañar” la historia del analizando y que el sentido común es naturalmente de una importancia enorme en la medida en que permite mantener una relación con la realidad.

      Todos estos niveles apoyan el nivel de activación del continente en la relación continente/contenido, así como la capacidad de la mente del analista se mantiene en fluctuación e impregnación reticular, permitiendo el desarrollo de la comunicación sobre la forma de interpretación. Conviene recordar que la interpretación es la forma en que la asociación libre se presenta en la mente del analista. Como ya sugerimos, es la interpretación, entre los procesos mentales del sueño y la escucha del hecho seleccionado, la que permite al analista el desarrollo de la capacidad de soñar despierto. Es decir, una capacidad de rêverie conciliable con lo que podríamos llamar una “ability for logical thought of the mathematical kind” (Bion, 1992). Bion propone también (1975) la alternancia entre los términos paciencia y seguridad. El primero designa la capacidad de la relación entre el analista y lo no conocido, siempre presentes en la comunicación en el análisis. Debe dar origen a la capacidad de recorrer de nuevo los caminos que llevan a la emergencia del modelo emocional subyacente (conjunción constante). Pero es la capacidad de rever, o mejor dicho de ver de otra manera, lo que se espera del analista; para eso el analista debe ser capaz de brindar seguridad (análoga a la posición depresiva). Esta oscilación entre paciencia y seguridad da a PS⇔D la calidad de continencia mental, fuente de crecimiento emocional.

      Una vez más, lo que nos interesa es la relación continente/contenido. O mejor aun, la interacción continente/contenido es lo que debe estar en el centro de nuestras reflexiones. La primera interacción que nos interesa se refiere a la importancia de la formulación de la interpretación para el hilo conductor del cual emergen las ideas interpretativas. Este hilo conductor del analista como lugar emergente de nuevos vértices sobre objetos psicoanalíticos, no debe apartarse de la extraordinaria secuencia de los hechos observados, que se evidencian en un trabajo común analista/analizando.

      En este sentido la interpretación propiamente dicha debe ser formulada en tanto dimensión de la pasión presente en el acto psicoanalítico. Apartado el vínculo continente/contenido de una formulación cerrada, le queda el abandono de la dimensión lineal causal y racional, asentando una relación que en todo momento se espera que suceda en el análisis, permitiendo así la emergencia del encuentro soi disant mítico, o mejor aún, místico. Es esta dimensión la que nos permite la libertad especial de hacer de nuestros pensamientos un puente de llegada o de partida, en otras palabras, la asociación libre/interpretación va a permitir la existencia de innumerables objetos analíticos en el mismo espacio.

      Tengamos en cuenta la función analizante del factor continente. Esta, para poder funcionar, tiene que perder las opacidades que obstruyen los factores, lo que favorecerá la intuición. El analista que está atento a esa forma de obstrucción de la función continente, o que es capaz de poner en funcionamiento la teoría de los functors es quien se acerca a la libertad de encontrar lo fundamental del análisis, una libertad alcanzable por la disciplina. Esta libertad se vuelve, entonces, por lo menos para el analista, la garantía de lo que podríamos llamar la ecuación personal. El carácter efímero del encuentro analítico obliga a la búsqueda de un estado mental determinado, a partir del cual el nivel de interacción y contacto en la experiencia del análisis obliga a construir la fórmula de la experiencia de escuchar.

      Finalmente, la anulación de la memoria y del deseo hacen que el analista sea capaz de sentir el “aquí y ahora” en el análisis, y el tiempo presente como fugacidad. Para la memoria, un objeto formando parte del pasado es, por lo tanto, poseído/apropiado internamente. Para el deseo, el objeto está situado en el futuro, dificultando, ya sea por la memoria o por el deseo, que el continente quede fuera del contenido.

      El analista debe estar entonces por encima de la sensorialidad y del principio placer/displacer. Es evidente que es ese estado el que aproxima al analista a O (origen), así como el pasaje de K a O. Además evita, tanto como es posible, un estado de la mente saturada por la sensorialidad, impidiendo la creación de pensamientos falsos y de pseudo-interpretaciones/comunicaciones.

      Es conveniente, para el analista, escapar a los obstáculos que resultan de la obstrucción de la mente. Esta obstrucción ya es de por sí perturbadora del funcionamiento mental. Si juntáramos la saturación que se encuentra en mayor o menor cantidad en ciertos momentos del análisis y la relación continente/contenido, podríamos percibir que la capacidad de suspender los contenidos, además de que la mayoría de las veces sean difíciles de reconocer, es también un sello de la relación


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