Los evangélicos en la política argentina. Marcos Carbonelli

Los evangélicos en la política argentina - Marcos Carbonelli


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por iglesias evangelicales, pentecostales y neopentecostales, y constituyen el grupo mayoritario al interior del espacio evangélico, que se nucleó en la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (mayoritaria, aunque no solo pentecostal) y en la Federación Confraternidad Evangélica Pentecostal (Fecep). Por su parte, las iglesias del primer polo confluyeron en la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE).

      La democracia como oportunidad

      Con la recuperación y consolidación democrática (1983), si bien las prerrogativas legales del catolicismo se mantuvieron, el nuevo contexto propició una mayor apertura gubernamental hacia los grupos cristianos no católicos. Diversas denominaciones evangélicas contaron con el beneplácito de las autoridades para la realización de multitudinarios cultos y campañas de sanidad en estadios, plazas y parques, y para la utilización y adquisición de medios masivos de comunicación.

      Esta apertura se conjugó con cambios endógenos del mundo evangélico y la combinación dio lugar a un salto cuantitativo en términos de cantidad de fieles y visibilidad en el espacio público. En este sentido, el cambio fue motorizando un proceso de pentecostalización (Wynarczyk, Semán y de Majo, 1995), esto es, la progresiva irradiación de cosmovisiones y recursos teológicos desde el subcampo pentecostal al resto de las denominaciones evangélicas. Wynarczyk destaca la propagación de los marcos interpretativos en la difusión del “evangelio del poder” y la noción de “la unción” como dos cosmovisiones teológicas que impulsaron la movilización evangélica. Estas visiones decían que la Argentina era una tierra bendecida por el Espíritu Santo, pero su acción trascendente necesitaba ser expandida a partir de la misión a todos los espacios y a todas las personas, a los fines de lograr que “el país se convierta”. Las campañas de líderes carismáticos neopentecostales, como las de Carlos Annacondia en la década de 1980, favorecieron la organización de actividades interdenominacionales que atravesaron las fronteras de las comunidades, las tornaron porosas y, al mismo tiempo, las orientaron hacia la construcción de una identidad común: “ser evangélico”. Marostica (1997: 66) asigna un rol primordial a los líderes y su carisma en esta etapa, en la medida en que no solo contribuyeron a la unidad de aquello que se encontraba inconexo, dotándolo de un sentido de pertenencia, sino que asimismo favorecieron la conformación de un nuevo repertorio de creencias y acciones colectivas.

      Entre todas las denominaciones evangélicas, el crecimiento fue marcado en el pentecostalismo, por su éxito proselitista entre los sectores populares urbanos del país. En sintonía con el planteo de Pablo Semán (2000a), el crecimiento de las comunidades evangélicas en el complejo mundo popular se explica por su capacidad para acompañar las situaciones de empobrecimiento que sus miembros experimentaban en las primeras décadas democráticas, en un contexto donde además entraban en crisis las instituciones que históricamente los habían representado y movilizado, como es el caso de la Iglesia Católica, los sindicatos y los partidos políticos, en especial el peronismo (Míguez, 1997). Las propuestas pastorales de estas iglesias pentecostales de barrio fueron exitosas porque no intentaron suplantar la matriz religiosa holista, relacional y cosmológica del mundo popular, sino que se insertaron en ella a partir de un mensaje que se preocupaba tanto por la restauración espiritual como material de los creyentes, en un marco de relación horizontal entre estos y los especialistas sagrados, ya que en muchos casos se trataba de vecinos del mismo barrio alcanzado por la crisis económica, política y social.

      Estos cambios profundos que se dieron en la posición social de los evangélicos en la década de 1980 sirvieron de soporte para que en la década siguiente tuvieran lugar dos acciones políticas: la vía partidaria y la movilización en el espacio público.

      La vía partidaria6

      El primer partido evangélico fue el Movimiento Cristiano Independiente (MCI), que se formó en la provincia de Buenos Aires en 1993. Paralelamente se constituyó el Movimiento Reformador Independiente (MRI), el cual resultó ser la expresión de esta misma fuerza política en la provincia de Córdoba. En ambos casos se trataba de agrupaciones conformadas por pentecostales que se lanzaban al mundo de la política con la idea de redimir y reconstruir dicha esfera de la actividad humana (afectada en su cosmovisión por el mal pecaminoso de la corrupción), valiéndose de los principios bíblicos como ejes medulares de esta tarea. En el orden estratégico, estos dirigentes procuraban afianzar sus bases electorales al interior de las congregaciones evangélicas, por lo que organizaban campañas en los templos, presentándose como los portadores de una misión que resultaba complementaria a la ejercida por los especialistas religiosos, y que se fundaba en la aplicación de principios y criterios extraídos del Antiguo Testamento (“reconstruccionismo bíblico”, en términos de Wynarczyk, 2010: 98-99).

      Estas fuerzas políticas evangélicas tuvieron su primera experiencia en la arena partidaria en las elecciones generales de 1993, con resultados magros. En el marco de las candidaturas a la Asamblea Constituyente de 1994 el MCI complejizó su plataforma política, presentando la demanda de igualdad religiosa en la Argentina. En efecto, si bien el contexto democrático allanó los canales de la publicitación de la disidencia religiosa, el andamiaje jurídico que garantizaba la hegemonía católica seguía intacto, tal como lo había perfeccionado la dictadura.

      Para desarrollar esta estrategia política más ambiciosa, orientada a la representación electoral de una minoría discriminada y a la movilización de fieles en torno a su programa (Wynarczyk, 2009: 109-111), los dirigentes del MCI se contactaron con sus pares de las federaciones y con pastores reconocidos en el ambiente evangélico. Sin embargo, pese a las reuniones y presentaciones en los templos, los votos de los hermanos en la fe volvieron a serles esquivos.

      Pese al cambio estratégico y a las adaptaciones realizadas a sus propuestas políticas, el MR tampoco alcanzó cargos públicos en sus sucesivas participaciones en alianza con estructuras partidarias seculares y, tras el cierre de la experiencia del Polo Social, la agrupación política evangélica se disolvió.


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