Cuerpos en movimiento. Silvia Citro
se enmarcan en esta última línea centrada en el “movimiento” más que en la danza. Estos autores señalan cómo el legado cartesiano del dualismo cuerpo/mente ha permeado incluso las teorías antropológicas del embodiment o corporización, basadas en la fenomenología de Merleau-Ponty, dificultando así el análisis del movimiento, y por eso proponen perspectivas alternativas. En el caso de la inglesa Farnell, continúa la propuesta de la semasiología de su compatriota Williams, así como su fundamentación en el nuevo realismo de Harre. Farnell se ha formado en el Laban Dance Center de Londres, luego en la Universidad de Nueva York donde Dridd enseñó, y también en antropología sociocultural y lingüística en la Universidad de Indiana. Esta formación unida a sus estudios de campo sobre el Plains Sign Language, lenguaje de señas de la región de las planicies de Norteamérica, parece haber incidido en su énfasis en las conexiones entre acción y discurso, entre lenguajes corporales y hablados; de hecho, éste es el tópico central de su compilación Human Action Signs in Cultural Context: The Visible and the Invisible in Movement and Dance (en la que participaron Adam Kendon, Adrianne Kaepler y Drid Williams, entre otros autores). No obstante, en otros trabajos hemos señalado lo que consideramos constituyen ciertos límites del abordaje de Farnell (Citro, 2011; Citro, Lucio y Puglisi, 2011), pues su énfasis en la notación y la descripción detallada de los movimientos corporales en situaciones de interacción no siempre redunda en un análisis enriquecedor que, por ejemplo, ilumine las implicancias sociales y culturales de estos movimientos. Cabe agregar que desde 1985 Farnell es coeditora junto con Williams del Journal for the Anthropological Study of Human Movement, y también ha desarrollado proyectos en colaboración con coreógrafos sobre las relaciones entre movimiento y discurso.
En el caso de Lowell Lewis, de la Universidad de Sydney, a partir de su análisis de la capoeira brasileña, género del que también es practicante amateur, muestra cómo la teoría de Peirce sobre los aspectos icónicos e indexicales de los signos puede ser fructífera para el estudio de sistemas extralingüísticos como la música y la danza, cuestión que también Feld y Fox (1994), entre otros, han destacado. Así, vincula los movimientos de la Capoeira con conductas de la vida cotidiana y de otras prácticas estéticas afrobrasileñas, como parte de un mismo “estilo cultural”, a la manera de “signos” que, no obstante, podrán variar su significado y la funcionalidad según las situaciones (Lowell Lewis, 1992: 132). El autor retoma las teorías sobre el juego, el discurso y la performance, para analizar el “paralelismo entre las estructuras formales del juego físico, la música instrumental y el canto” en la Capoeira –planteando la “iconicidad de estas estructuras”– y también examina cómo estos “íconos dentro de una forma expresiva pueden propagarse, o resonar con sus isomorfismos, en el sistema simbólico de la cultura bahiana y brasilera fuera de la roda” (Lewis, 1992: 189).[35]
Dentro de esta perspectiva que focaliza en las relaciones estilísticas entre los movimientos de una determinada performance y aquellos de la vida cotidiana y otras expresiones estéticas del mismo grupo, Reed sitúa los trabajos de otras tres autoras norteamericanas: Novack, Ness y Browning. Para Reed, los trabajos de Novack han jugado un rol crítico en las reconceptualizaciones del cuerpo en los estudios sobre danza, pues fue una de las pioneras en realizar una aproximación fenomenológica al mismo. Novak, quien antes de su muerte prematura en 1996 cambió su nombre al de Cohen Bull, fue una antropóloga profesora de danza en el Weyslan Collage y bailarina-coreógrafa en el Richard Bull Dance Theater. Entre otras cuestiones, estudió el desarrollo del contact-improvisación en Estados Unidos, vinculándolo con un análisis más amplio de los cambios históricos en las concepciones y usos del cuerpo, desde el ballet clásico a la danza moderna de posguerra (Novack, 1990). Asimismo, retomando los trabajos de Raymond Williams y Clifford Geertz, se interesó por los modos en que se organiza socialmente la danza y cómo se vinculan con estructuras políticas y económicas. Para entender el desarrollo de cualquier tipo de danza, propone examinar el interjuego, a veces conflictivo, entre diferentes áreas: “1) los desarrollos o experimentaciones técnicas y conceptuales con la forma dancística en sí misma; 2) las vidas y perspectivas de los artistas/participantes; 3) las respuestas del público, y 4) los medios a través de los cuales la danza es organizada y producida” (Novack, 1990: 15).
En el caso de Sally Ness, de la Universidad de Calfornia (Riverside), trabajó sobre el sinulog de Filipinas, relacionando los patrones de movimiento, el uso del cuerpo y los objetos, y la construcción del espacio en esta danza con los movimientos cotidianos; asimismo, analizó las actitudes y los valores culturales que son corporizados a través de ambos tipos de movimiento (Ness, 1992). Finalmente, Bárbara Browning, docente del Departamento de Estudios de la Performance de la Universidad de Nueva York, explora las relaciones entre diferentes géneros afrobrasileños (samba, candomblé y capoeira) y su rol como prácticas de “resistencia en movimiento”;[36] además, en su estudio reflexiona sobre su propia participación en estos géneros (Browning, 1995).
En cuanto a los estudios que destacan los aspectos políticos involucrados en las danzas, éstos han focalizado en el análisis de su rol en los procesos coloniales, en la construcción de los Estados nacionales y en la reemergencia de los grupos étnicos en diferentes continentes. En el artículo de Reed de este libro se comentan los numerosos estudios sobre la danza “bharata natyam” y las “devadasis” de la India en el contexto colonial y poscolonial (Allen, 1997; Kersenboom-Story, 1987; Marglin, 1985; Meduri, 1988, 1996), así como su propia investigación sobre la danza kandyan de Sri Lanka (Reed, 2002). Cabe agregar también los estudios de Comaroff (1992) sobre el movimiento zionist de África, los de Mendoza (1999) sobre diferentes danzas andinas en Perú, los de Sevilla sobre las danzas en México (citada en Islas, 1995), o mis análisis sobre las transformaciones de danzas de los aborígenes tobas y mocovíes del Chaco argentino (Citro, 2003, 2006a, 2006b, 2009, 2010). Asimismo, es pertinente recordar los trabajos de Da Matta (1987) en Brasil y Archetti (2003) en la Argentina pues, a pesar de que no efectúan análisis específicos del movimiento en la danza, la originalidad de su propuesta reside en que han vinculado la práctica de los principales deportes y danzas de cada país (fútbol y samba en Brasil; fútbol, tango y polo en la Argentina), para analizar cómo éstos han intervenido en la construcción de los imaginarios nacionales y, en el caso de Archetti, en los modelos de masculinidades y moralidades en la Argentina.
Otros trabajos se centran en las transformaciones estratégicas por las que atraviesan las danzas y sus contextos de práctica en el marco de los procesos de globalización, migraciones y diásporas. Tal es el caso del análisis de Savigliano (1995) sobre la práctica del tango en Buenos Aires, París, Tokio y Londres, que se reseña en el capítulo de Reed, o las resignificaciones que atraviesan las danzas folclóricas peruanas y bolivianas cuando son practicadas en el contexto migratorio de Buenos Aires, como veremos en el capítulo de Benza, Mennelli y Podhajcer.
Finalmente, otra importante línea de indagación en los estudios más recientes refiere a las cuestiones de género involucradas en la producción y/o recepción de las danzas, pues éstas suelen ser un medio importante por el cual las ideologías culturales de las diferencias de género son reproducidas, legitimadas o también cuestionadas. Reed reseña una serie de trabajos que ilustran las contradicciones y ambigüedades de la danza femenina en las sociedades islámicas (al Faruqi, 1978; Deaver, 1978; Buonaventura, 1990). En el campo académico local, los trabajos recientes de Carozzi (2009) sobre el tango analizan los roles de género involucrados en las milongas, y en el capítulo de Lucio y Montenegro en este volumen se verá cómo la jerarquía de género y la matriz heterosexual implícita en el tango son cuestionadas en nuevos espacios de práctica que propician una mayor movilidad entre los roles de baile.
En suma, como puede apreciarse, hasta los años 90 buena parte de los estudios socioantropológicos sobre las danzas que intentaron superar la descripción morfológica, histórica y/o contextual, se efectuaron principalmente en Estados Unidos y Europa. No obstante, es también en esa época cuando se elaboran en Latinoamérica propuestas teórico-metodológicas que coinciden en destacar aquellas cuestiones que señalaba Reed: los aspectos políticos de las danzas y los vínculos entre movimiento cotidiano y dancístico, entre cuerpo y cultura. Nos centraremos aquí, por un lado, en el modelo de la mexicana Hilda Islas (1995), y por otro, en el de mi autoría, que fue inicialmente concebido como parte de mi tesis de grado (Citro, 1997), reformulado posteriormente en el doctorado (Citro,