Visitas guiadas. Juan Muñoz

Visitas guiadas - Juan Muñoz


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demasiada convicción, el vínculo sagrado del matrimonio: «Lo que Dios une, no lo puede separar el hombre», decía. Después, una comida que, de tan excesiva, resultaba obscena. A media tarde, la boda avanzaba hacia su último ritual.

      El presupuesto no daba para una orquesta, así que un disc-jockey se encargaba de la música. Era un experto en esta clase de eventos y comprobó desde su tarima que el reloj marcaba la hora fijada en el contrato para que empezara el baile. Echó un vistazo a las mesas para ver la composición de los invitados y decidió no arriesgar. Sonó en primer lugar A quién le importa, de Alaska y Dinarama. Siempre funcionaba.

      Grupos de jóvenes se fueron arremolinando en la pista y el estribillo fue la señal de salida para que empezaran a bailar, blandiendo el móvil en una mano alzada, con el fin de grabar aquellos saltos desacompasados como si fueran merecedores de que perduraran. La música servía de coartada a aquella caótica escena de brazos como mástiles izando el teléfono de última generación. Los selfies reproducían sonrisas impostadas para que el «me gusta» sancionara después el simulacro de felicidad y la cotización del perfil en el mercado de los yoes no se hundiera definitivamente. Mientras los móviles permanecían anclados a las manos de aquellos jóvenes como los goteros a los enfermos de un hospital, un tipo sonrojado y beodo agitó su copa, alzándola mientras bebía y derramando el champán entre las camisas sin mácula de sus vecinos de pista.

      Así veían aquel trajín de cuerpos Sonia y Andrés, dos jóvenes que no habían acudido al reclamo del disc-jockey y seguían sentados en sus respectivas sillas, incapaces de adentrarse en el jolgorio de aquella euforia vacía que, para ellos, representaba la quintaesencia de la estupidez satisfecha. Aunque estaban en mesas contiguas, no se conocían. Ella era prima de la novia y él, amigo de infancia del novio. Su punto de vista crítico y distante, que parecía otorgarles cierto aire de distinción frente a la algarabía reinante, era, en realidad, un mecanismo de defensa para ocultar su miedo al ridículo y su incapacidad para incorporarse a ambientes que no dominaban.

      Andrés apuró la copa de champán que reposaba en la mesa mientras miraba de reojo el perfil cincelado de la cara de Sonia y el escote en pico ancho que descendía hasta el nacimiento de sus pechos. Ella, ajena, ojeaba el reloj con insistencia.

      Necesitó pedir otra copa para atreverse a hacer una pregunta que resultó tan pueril como desafortunada:

      —Hola, soy Andrés. ¿Estudias o trabajas?

      —Me llamo Sonia. Creía que esas preguntas tan rancias se habían acabado con la generación de mis padres.

      La respuesta quebró el sortilegio que la imaginación de Andrés había establecido con la chica de al lado, pero no se amilanó y siguió preguntando:

      —Cambio la pregunta: ¿trabajas o estudias?

      Sonia se dio por vencida y, con un tono que no disimulaba el fastidio, contestó:

      —Estudio música.

      —Entonces, ¿por qué no bailas?

      —Hay muchas músicas.

      —Ya, Beethoven y todo eso…

      —Más o menos.

      Se instauró una paz amarga mientras el pinchadiscos, con gritos de feriante, anunciaba el sonido de Paquito el Chocolatero e invitaba a sumarse al baile siguiendo sus indicaciones. Algunos invitados aún pegados a sus sillas se incorporaron y todos empezaron a hacer flexiones, subiendo y bajando los brazos, siguiendo el ritmo que les marcaba el chamán. Después, adoptaron una postura simiesca y entrecruzaron sus manos por debajo de las piernas, en una posición entre ridícula y obscena, que daba al conjunto la imagen de una serpiente descoyuntada moviéndose por la pista.

      Sonia y Andrés eran ya de los pocos jóvenes que seguían sentados y ella se sintió obligada a devolver la pregunta:

      —Y tú, ¿qué haces?

      —Soy ingeniero de caminos.

      —¡Pero si, quitando el de Santiago, ya no hay caminos!

      Andrés ignoró el tono sardónico y contestó:

      —Construyo puentes, esas cosas que sirven para que los músicos podáis cruzar un río sin mojar el instrumento.

      —¿Y quedan puentes por hacer?

      —Algunos, para finalizar los tramos pendientes de algunas autovías que la crisis retrasó unos cuantos años. De hecho, yo trabajo en uno que queda para unir dos autonomías, ahora que todas se quieren separar. Hice el doctorado en Análisis Estructural y soy especialista en resistencia de materiales compuestos.

      —Impresionante. ¿Y cuando se inaugure el puente?

      —Tendré que emigrar, como la mayoría. En Vietnam están sacudiéndose las secuelas de la guerra. Hay dos mil quinientos ríos y pocas y malas carreteras.

      —Vaya, ya veo que también sabes geografía.

      —Solo de países con muchos ríos y pocos puentes.

      Se dieron una tregua cuando el disc-jockey se percató de que había que hacer un guiño a la gente mayor y empezó a sonar un pasodoble con solera, España cañí. Mientras la tercera edad se acercaba a la pista, un grupo de jóvenes tomó la dirección contraria y se adosó a la barra del bar como si fuese un abrevadero. Otros no se movieron y cambiaron el recorrido sinuoso por una especie de pasacalles, maltratando al pasodoble que algunos mayores empezaban a bailar con cierto sentido.

      Andrés arriesgó otra pregunta:

      —¿Qué tal si salimos a tomar un café por aquí cerca?

      Sonia dudó entre aguantar allí hasta que el autobús la rescatara y la devolviera al calor del hogar, o tomar un café con aquel joven tecnócrata engreído. Optó por lo último y los dos abandonaron la sala.

      ******

      Muchas son las frases que han acuñado lo inexplicable del amor. Quedémonos con la de «el amor es ciego», pues solo desde la ceguera se podría entender que el desafortunado encuentro de aquella boda desembocara en una relación tan estable como la que mantenían Sonia y Andrés. El noviazgo había estado delimitado por protocolos no convenidos ni enunciados. Nada convencionales.

      No era, es verdad, una relación apasionada, a lo Tennessee Williams, pero los dos fueron descubriendo rincones de su personalidad que los unían como un ovillo cada vez más grueso. Cuando llegaban de sus ocupaciones al apartamento que enseguida alquilaron, encontraban el refugio hospitalario que los dos necesitaban, abandonándose en una placidez sencilla que les resultaba sumamente gratificante. Empezaron a explorar zonas de intersección que compartían, a disfrutar de los placeres de la cotidianidad, el reposo doméstico que les permitía escapar por igual de la soledad y del vocerío insustancial. Preparaban, con la ilusión de adolescentes, las escapadas de fin de semana por el monte, recreándose en el concierto humilde de los grillos y recolectando de vez en cuando algunas setas de San Jorge, sus preferidas, que después cenaban cortándolas en tiras muy finas y preparándolas a la plancha, sin más compañía que unas gotas de aceite, ajo muy picado y perejil. Cuando, una vez acostados, hacían el amor, él la abrazaba y se apretaba ardiente contra ella, con las manos hábiles recorriendo su cuerpo, con su boca en la suya, con gotas de sudor que corrían entre sus senos. Después, permanecían en silencio, dejando que fueran las manos y los cuerpos los que dijeran todo lo que se tenían que decir.

      Es verdad que el trabajo y el estudio quedaban como zona de exclusión, pero siempre se preguntaban, con un interés sincero, por sus quehaceres. Los «¿qué tal tocaste hoy?» o «¿cómo va tu puente?» eran una manera implícita de reconocer el interés por la ocupación del otro.

      Por lo demás, aunque el pragmatismo de Andrés, para el que lo más valioso era siempre lo más útil, podía sacar de quicio a Sonia de vez en cuando, esta agradecía tener una vida al margen del mundo de petulantes que poblaban el conservatorio y las orquestas. Cuando estudiaba Historia de la Música, se había percatado de que a la mayoría de los grandes músicos la vocación les venía


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