El viaje de Enrique. José Fernández Díaz
del encargo. El secreto del paso hacia las Indias está ahora en sus manos, solo queda colocar el documento original en su sitio. La real biblioteca del rey don Manuel, a la que todos llaman Tesorería Real.
Enrique ha oído hablar a su señor con Ruy de Faleiro, ambos están decepcionados con el monarca don Manuel. Parece que no les da permiso ni barcos para volver a las Indias. A Enrique le gustaría mucho. Su señor le ha prometido que lo llevará de nuevo a casa y que algún día volverá libremente a pasear por su tierra. También le ha oído decir que tiene poco dinero y que tal vez vuelva a ser un soldado al servicio del rey de Portugal. La soldada que recibe como tal, es mejor que la exigua paga con la que se mantiene ahora. Solo han pasado unos meses, cuando Magalhães se inscribe para formar parte del ejército que el rey de Portugal está enviando a Asemur. Allí deberá combatir contra el sultán, que se niega sistemáticamente a pagar las cuotas al rey. Al fin y al cabo, el poco dinero, que él y los demás reciben, también tiene su origen en las cantidades que desde muchos rincones de las colonias llegan al reino.
Manda a Enrique que prepare sus pertenencias, ropas y armas. El resto de cosas que han traído de las Indias lo han dejado en una casa de Lisboa que su señor Fernão frecuenta. Allí lo ha visto hablar y jugar con un joven al que llaman Cristovão Revelo. Poco después embarcan para África.
En el corto viaje que supone navegar desde Lisboa a Cabo Boujador, Enrique vuelve a observar el movimiento del sol y la luna. Sigue viendo que el sol que sale por el lado donde dejó su casa, se oculta tras el horizonte y el camino que antes hizo para llegar a Lisboa, ahora lo realiza al contrario. Por unos días piensa que ya vuelven a su isla. El frío se va quedando atrás de nuevo y conforme navegan hacia el sur, los días se hacen más calurosos.
Su esperanza se ve truncada cuando la carabela en la que navegan arriba a puerto. No se trata de Cabo Verde y mucho menos de su isla. El lugar es seco y polvoriento, por todas partes se ve una especie de cabras con muchos pelos y unos caballos pequeños de grandes orejas, que también ha visto en Goa y en Lisboa. Enseguida Fernão de Magalhães se hace con un caballo, es grande y bonito, otro trabajo más para Enrique que a partir de ahora tendrá que cuidar de él. Lavarlo, cepillarlo y enjaezarlo se convertirá en una rutina. Todos los días le quita la jáquima, la silla y los atalajes, luego los limpia y los guarda. Al fin y al cabo es un escudero, más que un esclavo. De vez en cuando su señor desaparece con su montura mientras él espera en la retaguardia. Cuida de sus enseres y entre ellos, el manojo inseparable de documentos secretos que hablan del camino a su casa por un lado tan largo como desconocido.
Uno de esos días su señor regresa herido. Trae un gran corte en la rodilla y aunque el cirujano le ha cosido y lavado la herida, no parece que se recupere del todo. No es la primera vez que su señor cae en combate, aunque esta vez es más grave que las otras.
Cuando don Fernão se repone de sus heridas, le encargan un trabajo de intendencia. No está para trotes sobre el caballo, así que ahora controla esa especie de cabras con muchos pelos que los portugueses llaman corderos. Enrique comprueba que es una buena carne para comer y que de esos pelos, las mujeres bereberes hacen preciosas alfombras, mucho mejores que las esteras de palma que hacen en su isla.
Pero algo ha debido de pasar, porque un día, al amanecer, han prendido a su señor. Le acusan de haber vendido un buen número de corderos para quedarse con el dinero. Enrique no tiene datos de ese hecho, ni le importa, es su señor y nada más le incumbe que estar a su servicio. Como consecuencia de ese incidente, Magalhães se presenta en la corte del rey Manuel para protestar por esas maquinaciones de las que es objeto y se hace acompañar por Enrique. Nuevamente, el criado ha navegado a lo largo de la costa africana. Parece, que de alguna manera, el mar forma ya parte de su vida.
Todavía habrá de navegarla una vez más. Magalhães vuelve rápidamente a África por imperiosa orden del rey, pues no le ha gustado que abandone ese continente sin su permiso. Naturalmente lo hace acompañado de su inseparable sirviente. Aunque ha obedecido al rey Manuel, han estado poco tiempo en el continente africano, porque don Fernão consigue documentos probatorios no solo de su inocencia, sino de sus méritos como soldado. Esos documentos le han supuesto un ascenso reconocido a caballero y oficial de los ejércitos del rey Manuel I de Portugal. Y con ellos en la mano, nuevamente él y su criado hacen por última vez el camino a Lisboa. Ninguno de los dos volverá jamás a hacer ese viaje, aunque les quedan miles de millas náuticas por recorrer a lo largo del mundo.
Enrique no entiende muy bien lo que le ocurre a su señor, pero sabe perfectamente que está triste y dolido. Sabe que se trata del deseo compartido de volver a las islas de las especies, su patria, pero aún no tiene muy claro todos los detalles. Igual que los reyes de esas islas tienen grandes praos, el rey don Manuel es dueño de esos barcos negros en los que tantas veces ha navegado y a estas alturas, Enrique también ha comprendido que para volver a su casa, es necesario que el Rey de Portugal le dé a su señor Fernão de Magalhães, barcos y permiso para ello.
Es la tercera vez que Enrique entra a bordo de una nao por la bocana del enorme puerto de Lisboa, el bullicio cosmopolita de la ciudad le sigue sorprendiendo como el primer día. Esta vez no van cargados de grandes cantidades de equipaje. Magalhães comienza una última ronda por todos los lugares conocidos que tienen que ver con las navegaciones a las Indias. Sigue visitando a los pilotos y capitanes que han navegado las aguas del Índico y las del Océano Atlántico que se dispone a cruzar. Con todos los datos recogidos por Américo y los primeros navegantes portugueses que se encontraron con Brasil, más la carta secreta que ha mandado copiar al arquitecto francés, se dispone a buscar alguien que crea en su capacidad y financie su odisea.
Una mañana llega el mismo carruaje que lo llevó hace un año a la Ermida do Restelo, en él viene su amigo Ruy de Faleiro. Esta vez le dice a Enrique que se quede en la casa cuidando de todo. El sirviente sabe que cuando su señor dice eso, se refiere exactamente a su carpeta de documentos y cartas de marear.
Van a ver al rey de Portugal, pero Magalhães no lleva ni uno solo de sus documentos. A cambio, Ruy de Faleiro sí lleva un montón de ellos, con los que espera convencer al rey don Manuel, también lleva varios artilugios para calcular la altura de los astros. Ha perfeccionado los que hasta ese momento empleaban algunos navegantes árabes y ha elaborado unas tablas con datos que ayudarán a conocer, de manera más o menos precisa, la posición de las naves cuando estén en alta mar.
Ruy de Faleiro ha contado a su amigo Magalhães la forma de obtener la latitud y que hay un maestro llamado Vizinho, en Covilha, que ha traducido del hebreo las tablas del cosmógrafo Zacuto y que son aún mejores que las suyas. Al mismo tiempo le confiesa las dificultades que está teniendo para precisar la longitud.
No cuentan esta parte al rey Manuel, pero todo es en vano, una vez más, el rey los despacha con desdén. Esta será la última ocasión que el monarca tendrá para disponer del voluntarioso personaje de Fernão de Magalhães. A partir de ahora los derroteros del gran navegante se irán apartando de los intereses de Portugal, al menos de manera explícita, porque en la mente del monarca luso está la posibilidad y el deseo de que España descubra de una vez por todas, la existencia de las islas de las especies, ya que Portugal está comerciando con ellas a través de los viajes de algunas naves de la escuadra de Alburquerque y de los intercambios con los navegantes árabes que comercian en los alrededores de Malaca, Goa, Ternate y demás islas. Entre ellas está una de donde Enrique es oriundo y de donde fue, como sabemos, capturado a la fuerza.
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