El viaje de Enrique. José Fernández Díaz
con un blanco es de piel oscura, no es negro, ni siquiera mulato. Es un nativo original de las Islas Orientales, no proviene de África y no es hijo de blanco y negra.
A partir de ese momento, Magalhães va instruyendo a su esclavo para convertirlo en criado fiel a su servicio. En los días siguientes le sigue a todas partes, mitad porque así debe de ser y mitad porque Dusawong se siente atraído por todo aquello que rodea a su señor. Aunque viene de una isla perdida al final del Pacífico, conoce lo que es la sumisión. En esa parte del mundo también hay señores a los que otros les prestan obediencia. Él no lo ha visto, pero ha oído hablar del rey de una pequeña isla cercana al que llaman Lapu-Lapu, dicen que es temible y que a veces subyuga a los que de manera voluntaria o fortuita arriban a su isla. De todas formas esos pensamientos van quedando lejos, porque ahora está conociendo la bulliciosa vida de Goa, Calicut y demás lugares que va visitando mientras acompaña a su señor. Poco a poco, va dejando de ser Dusawong para convertirse en Enrique. Al mismo tiempo y mientras se va sumergiendo en la nueva cultura que le rodea, va dejando de ser indígena para convertirse en el criado de Magalhães.
Cuando el capitán Lustau lo capturó, no recibió buen trato, pero ahora Fernão, su dueño, lo trata de forma más amable. Quiere saber si sabe algo de las especies, así que le va enseñando algunos clavos, canela, nuez moscada, etc. y observa la reacción del niño. Porque eso es lo que es en estos momentos Enrique, un niño. Más de un tripulante de la escuadra que lo capturó habría tratado de seducirlo. De no ser porque el pecado nefando está castigado con penas muy severas, Enrique ya habría pasado por esa experiencia, pero para bien o para mal lo ha comprado Fernão de Magalhães, si esa relación ha ocurrido, ocurre o si en algún momento ocurrirá, deberá ser de forma muy oculta y cuidadosa. Cuando tal relación se lleva a cabo, el capitán, los alguaciles o las autoridades religiosas, acaban por condenar a los participantes descubiertos, a durísimos castigos, incluidos la muerte.
EN LA MENTE DE MAGALHÃES
Paralelamente, en el nuevo mundo que han descubierto los españoles, Juan Ponce de León, gobernador de la isla de Santo Domingo, ha autorizado que se lleve a cabo el reparto de los indios capturados. Como el contacto con los nativos lleva a estos a unos elevados índices de mortandad, el rey Fernando autoriza el empleo de esclavos negros. Esos esclavos los pide a la Casa de la Contratación, que se ha creado en las Atarazanas Reales de Sevilla, siete años antes. Son los funcionarios de la casa quienes se encargan de gestionar la adquisición de los esclavos y enviarlos a los nuevos territorios.
Toda esa información va corriendo como la pólvora. Han pasado cuatro años desde que un tal Américo Vespuccio, puso en marcha una escuela de navegación en dicha casa y Magalhães sabe que pronto tomará las mismas dimensiones y categoría que la de Portugal. Además, Américo Vespucio ha guiado en los primeros años del siglo una expedición portuguesa que se aproximó a las costas americanas muy cerca del Río de la Plata. Aunque Portugal lleva muy en secreto todo lo concerniente a la navegación y la geografía del momento, Magalhães sabe que pronto habrá muchos marinos dispuestos a navegar a donde sea, con tal de descubrir nuevos territorios y sus posibles riquezas. El portugués piensa que, tarde o temprano, alguno acabará descubriendo un nuevo camino para llegar a las islas de donde procede su criado.
Le llegan noticias de que los españoles están creando el “Padrón Real”, una especie de mapamundi con los territorios que se conocen y al que van sumando los nuevos descubrimientos. Pero Magalhães está cansado y herido. Físicamente, por la agotadora vida que supone la participación en las continuas refriegas que sostienen las fuerzas portuguesas desde que fueran mandadas para reforzar la presencia del almirante Francisco de Almeida y su asentamiento como virrey de las Indias. Y moralmente, decaído por las continuas intrigas y desconfianzas que con frecuencia despierta su persona. Los portugueses llevan desde marzo de 1505 devastando las ciudades de la India, levantando fortificaciones, y haciendo todo lo necesario para controlar el naciente comercio de las especies. Magalhães ha participado en todo eso y aunque aún se mantiene en forma, tiene ganas de volver a Lisboa. Ha visto como ardían las enormes mezquitas como la de Mishkal, en la costa malabar y como era asaltado el templo de los Taludes o el saqueo y destrucción de la Munchundilalli.
También ha tomado parte en la batalla de Cannanore, en Calicut, donde los portugueses hacen valer su supremacía sobre los malayos. Lo hace con la misma energía y valor con la que combatió en Sofala, al lado de Nuño Vaz Pereyra. Después de la batalla en Calicut, aún vinieron otras en la que los acontecimientos marcarán decisiones futuras y determinantes en la vida de Magalhães. Entre ellas, la que tiene lugar en Malaca.
El rey de Portugal desea hacerse con el comercio de las especies sin tener que seguir destruyendo puertos de la India y al menor coste posible de vidas portuguesas. Manda entonces a Diego López de Sequeira para que vaya a Malaca, camuflado de pacífico y honrado comerciante.
Llegan las naves portuguesas a la bahía y fondean frente a la ciudad. Aparentemente todo discurre en calma y los emisarios del sultán que llegan a recibirlos, le ofrecen llevar a cabo el comercio y el intercambio de mercancías que deseen. Además les comunican que son invitados personales del sultán y que le esperan en tierra para una cena-agasajo, a modo de recibimiento. En la mente de los dos grupos, allegados y anfitriones, están los sucesos de Calicut. Por eso, los dos, están jugando a las estrategias. Los primeros hombres de negocios, supuestos comerciantes de Sequeira, van a tierra y son bien recibidos por el sultán. Vuelven al barco con la noticia de que pueden llevar todos los botes y esquifes hasta la orilla, para cargarlos de mercancías procedentes del trueque, la compra y otras muchas cosas, que les regala el sultán como muestra de amistad futura.
Aunque Sequeira manda efectivamente todos los botes a tierra, declina la invitación hecha a los oficiales y a su persona y ordena que todos los oficiales de guardia se queden en las naves. Pero hay una nave que no envía sus botes. La manda el capitán García de Souza y en ella va como oficial lugarteniente, el joven Fernão de Magalhães. Ambos son dos hombres bien curtidos en la guerra y en la relación con los malayos, de los que descaradamente no se fían. Observan que muchos jóvenes malayos están merodeando por las grandes naves portuguesas e incluso que suben y bajan a ellas, aparentando mera curiosidad juvenil. Comentan Magalhães y García Sousa que el ambiente tiene cariz de trampa y traición, entre otras razones, porque todos van armados con sus kris, que no son otra cosa que afiladas dagas. Por eso mandan poner vigías en la cofa y comienzan a echar de su barco a los malayos, con leves excusas y sin entrar todavía en confrontación con ellos.
El vigía observa extrañas señales desde el palacio del sultán y es entonces, cuando Souza le dice a Magalhães que vaya corriendo a avisar al capitán de la flota, don Diego López de Sequeira, de la traición que se avecina. Magalhães rema rápidamente en un pequeño bote y sube a la nao capitana. Allí, rodeado de algunos oficiales y marineros de guardia, también hay muchos jóvenes malayos que observan una partida de ajedrez en la que participa el capitán Sequeira. Magalhães le comunica al oído la noticia de la posible trampa que está poniendo en marcha el sultán y Sequeira disimulando, sigue jugando como si nada. Magalhães va avisando con su bote a los oficiales de los demás barcos. Ya no habrá sorpresas, porque todos están con sus armas en el cinto. Muy poco tiempo después llega un griterío desde la orilla. Los botes que han llegado allí, están siendo atacados por los malayos y los marinos portugueses, que no han sido avisados, están siendo pasados a cuchillo. A bordo de las naves portuguesas no ha ocurrido igual, pues avisados como estaban por Magalhães, han repelido la traición del sultán, matando a la mayoría de los jóvenes malayos. El resto se lanzan por la borda, huyendo como pueden hacia la costa.
Francisco Serrão se defiende en la orilla con su espada y Fernão de Magalhães sale en su ayuda. En poco tiempo recorre la distancia que hay hasta la orilla, donde se debate Serrão, dispara tres arcabuces que ha llevado y caen sendos malayos, espantando momentáneamente a otros. Desembarca y a mandobles de su afiladísima espada, corta varias cabezas, una, por cada tajo que manda sobre sus adversarios. Hasta Serrão ha quedado sorprendido y es el momento en que lo arrastra dentro del bote y remando con fuerza lo pone lejos del alcance de los malayos restantes.
Será a partir de entonces que Serrao se sentirá en deuda con Magalhães. Al tiempo