El viaje de Enrique. José Fernández Díaz
las batallas. Más tarde le servirá para llevar a cabo la idea que le obsesiona: navegar a las islas de las especies llegando por el este.
Mientras en esos mismos años, otros se dedican a la vida placentera de la corte, la nobleza o llevando a cabo acciones que le convertirán en proscritos, Magalhães participa en acontecimientos que lo convertirán en ese personaje singular, sin cuya existencia, no hubieran sido posibles ciertos descubrimientos. Ni que decir tiene que su esclavo Enrique, convertido más bien en un criado, ha permanecido a su lado, sirviéndole desde el primer día en que fue adquirido.
Pero algo está cambiando en Magalhães. Algo ronda su cabeza en torno a la forma en que Portugal está llevando a cabo la conquista de las Indias. El guerrero Magalhães, sin dejar de serlo en ningún instante, se dedica más y más al análisis de los acontecimientos y eso, que está llegando a oídos del virrey, se convertirá en un impedimento para continuar en la India.
En los años que lleva en las colonias portuguesas, ha vivido cómo el imparable avance de su país está basado, muchas veces, en la traición, la mentira, el esclavismo y la muerte, de quien se oponga al virrey y en última instancia a la corona de Portugal. Ha aprendido mucho de los carpinteros de Baypore. En esa pequeña aldea, construyen barcos con muchas menos herramientas que los portugueses. Con esos barcos se mueven los comerciantes de Calicut por las islas de las especies, desde los tiempos de Marco Polo.
El virrey de Portugal, Alfonso de Alburquerque, desconfía de Magalhães a pesar de que este ha participado en todas las contiendas importantes. Conoce su capacidad de observación y análisis, así que en el fondo no desea tenerlo más por allí. Por eso, cuando don Fernão cae herido en una de las batallas, no impide que vuelva a Portugal. Cosa que el marino hace en una de las muchas carabelas que asiduamente salen para Lisboa llevando correos y mercancías rápidas. Su estado, aunque satisfactorio, no es demasiado bueno para hacer la travesía de una sola vez, así que descansa en África para que terminen de cicatrizar las heridas recibidas en el último combate.
Es la primera vez y será la única, que deja a su criado Enrique custodiando sus cosas. Eso le ocasiona una gran discusión con el teniente de alcaide de la casa del virrey. El esclavo debe quedar a las órdenes de algún oficial portugués, pero Magalhães no se fía y aparenta cederlo a un mercader. En realidad lo ha dejado en la casa de un constructor de barcos malayos a quien ha ayudado en varias ocasiones. Entre sus pertenencias, guarda documentos relativos a las islas, las rutas para navegar entre ellas y ciertas cosas de mucho valor que piensa utilizar en el futuro, cuando vuelva definitivamente a Portugal, pero por ahora piensa que el lugar más seguro está ahí, escondidas entre las cosas que custodiará Enrique.
UN CORTO VIAJE
Poco duró su estancia en Lisboa. Magalhães estuvo visitando a su amigo Faleiro, a quien conoció en sus visitas al archivo de la Tesorería Real. Le llevó datos precisos que obtuvo en sus navegaciones por los alrededores del archipiélago indiano y en las conversaciones con otros oficiales y marinos de la escuadra. Tanteó la posibilidad de buscar un puesto en el entramado social y económico que había en Lisboa, pero no lo encontró y además se dio cuenta que Portugal es un país que vivía en esos momentos mirando hacia las colonias y poco o nada necesitaban de él en la ciudad. Además y según los datos de Ruy de Faleiro, las islas de las especies estarían en la parte que corresponde a los castellanos, teoría que viene a reforzar lo que otras veces Magalhães había comentado con su amigo Serrao. Momentáneamente desilusionado con Portugal, vuelve a Malaca a bordo de otra nave de las que van y vienen del virreinato.
Al llegar recupera de nuevo sus cosas y a su criado. Continúa momentáneamente como soldado y marino a las órdenes del virrey. Pero con un impulso irremediable, comenta en demasiadas ocasiones su teoría geográfica de las Molucas. El virrey Alfonso de Alburquerque termina por enterarse y comienza a hacerle la vida aún más difícil que antes. Por si fuera poco, Francisco Serrao, que después de aquella batalla junto a Magalhães se fue a navegar en la escuadra que mandaba Antonio de Abreu, ya no volverá a salir de Ternate. Allí se quedó cuando su barco naufragó mientras volvía de la Isla de Banda. En las últimas cartas que le envía con la escuadra del capitán Lustau, ha contado a su amigo Fernão, que ese suceso, que en sí mismo fue una desgracia, se ha convertido en fortuna y buena suerte, ya que la tal isla y la vida que en ella se puede llevar, está muy cercana a la idea de un paraíso en la tierra. Insta, una y otra vez a su amigo, a que se incorpore a esas islas, de las que él insiste en no volver a salir. Se ha casado con la hija del jefe local y no piensa cambiar esa circunstancia por sus antiguas batallas junto a Magalhães.
Fernão toma nota y en su cabeza comienza a gestarse la idea de reunirse con él. Durante el tiempo que sigue en la India, intenta una y otra vez la forma de navegar hasta donde está su amigo y espera obtener el mando de algún barco. Pero el virrey se lo niega. Ama su doble profesión de soldado y marino y el modo de vida que lleva en las Indias Orientales, pero esta vez se ha cansado antes de tiempo. Tiene información precisa sobre la situación de las islas de las especies, tiene un criado nativo, conoce todo sobre la navegación y la construcción de las embarcaciones. Su amigo Serrao también le ha aportado importante información, aunque ha colocado a las islas de las especies un poco más al este de lo que en realidad están. Además, ahora y con más insistencia, el virrey Alfonso de Alburquerque, desea que vuelva a Portugal. Durante los dos últimos años le ha permitido estar allí, solo porque le es útil en las batallas. La estancia de Fernão de Magalhães en las Indias Orientales está llegando a su fin definitivo.
INICIO DEL VIAJE DE ENRIQUE
Enrique pasa la mayoría de su tiempo a la intemperie. Además de que el clima es propicio a ello, suele acostarse ante la puerta del recinto donde duerme su señor. Es por eso que está acostumbrado a ver salir y ponerse el sol. Jamás ha olvidado que su isla fue quedando atrás, por el lado en que el astro rey sale a diario y vio como el sol se escondía todos los días, por el lado opuesto a donde estaba su casa. Incluso cuando acompaña a su señor por los caminos o cuando se traslada a bordo de embarcaciones, recorriendo pequeñas distancias de la costa Malabar, Enrique lleva en su mente el giróscopo natural que le proporciona su cerebro, quien unido a su memoria, le transmite de forma inconsciente: tu casa está por allí, donde sale el sol.
Magalhães continúa con sus pensamientos acerca de las islas de las especierías y de las posibilidades de apoderarse de ellas. En su cabeza va ordenando todos los datos que sobre ese asunto le han llegado desde diferentes fuentes de conocimiento. Muchos de esos pensamientos son consecuencia de haber tomado parte en las batallas más importantes que los portugueses han realizado en la India. Conoce perfectamente el carácter traicionero de los sultanes malayos, sabe que nunca podrán llegar a un acuerdo civilizado con ellos. Pero también comprende que no está en sus manos apoderarse de las islas de las especies.
Nada tiene por lo tanto que hacer ahí. Es en Lisboa, donde se dirimen y se toman las grandes decisiones del estado, donde tal vez pueda convencer a alguien con el suficiente poder, pues él, es consciente de que no lo tiene. Decide marcharse definitivamente, poniendo punto y final a su dilatada vida en las Indias. Después de una corta espera y con el permiso del virrey Alfonso de Alburquerque, zarpa con destino a Portugal. Lo hace a bordo de una nao que lleva especies a Lisboa y se lleva a su criado Enrique.
El muchacho, que ya está habituado al mar, está iniciando su gran travesía por el mundo. Es la segunda vez que navega en un barco de gran porte, parecido a aquel que lo trajo desde su isla. Al igual que entonces, ha cooperado en el embarque de las cosas necesarias para el viaje. No solo ha embarcado las cosas personales de su señor, sino que también ha embarcado los bastimentos generales y aquellas otras cosas necesarias para tan largo viaje. Desde el momento en que la carabela leva anclas y pone rumbo al suroeste, en la mente del muchacho, la isla donde nació y creció va quedando en el espacio imaginario de su mano izquierda, pero un poco más atrás. Duerme sobre la cubierta ante la puerta de la camareta que ocupa Magalhães, un pequeñísimo habitáculo que su señor ha conseguido del capitán de la carabela. No ha sido a cambio de los servicios prestados al reino de Portugal, sino a cambio de dos perlas que arranca a la empuñadura de un alfanje de plata.