Niña Duende. Michelle Adam
A veces, Ingrid oía la canción desde algún lugar en lo profundo de su ser. Sin embargo, ahora era apenas perceptible, dado que su cabeza era un parloteo interminable de obligaciones y la determinación de ser alguien que todavía no era.
Este momento no era la excepción, mientras escuchaba un sonido entrecortado en la línea de teléfono.
“¿Hola?” dijo en un español que no había usado en años. Su jefe la observaba a través de las paredes de vidrio de la oficina de su revista, Die Kelter, llamada The Wine Press en su edición británica.
“¡Franz!” lo llamó Ingrid. “¿Estás seguro de que no estoy comunicándome con algún sitio remoto en el Congo?”
Con un montón de papeles apilados delante de él, Franz sonrió mientras levantaba el bigote.
Ingrid intentó hablar nuevamente con voz más alta. “¿Hola?” dijo con cierta fuerza.
“Señora”, la voz de un hombre finalmente interrumpió en la línea.
“Señorita”, lo corrigió Ingrid, apoyada sobre su escritorio impecable.
“Perdón, señorita. ¿Puede oírme ahora?”
“Lo oigo. Continúe”.
“Seguramente su editor ya le ha dicho…”
“Nada. No me ha dicho nada”.
“Esto aquí es un desastre”, dijo. “Nunca he visto nada similar. Es mi viña. Mis vides están creciendo en forma espontánea. Cada día crecen más y más. Están fuera de control. Ingrid alejó el teléfono. Trató de comportarse lo más profesionalmente posible, a pesar de que Franz le había transferido la llamada sin explicación alguna.
“Han crecido sobre la casa y los campos”.
Ingrid no era la única que estaba escuchando al señor Ramos. Todo el mundo en la oficina parecía estar oyéndolo. En esta oficina pequeña con grandes ventanas, las mesas estaban muy juntas.
“¿Por qué no poda las viñas?” preguntó Ingrid.
Franz, atento, asintió al escucharla.
“Señorita, por supuesto que lo hacemos, todos los días, pero crecen muy rápido. Delante de mis ojos. Todos los días. No lo creerá, pero es cierto”.
En su mente, Ingrid no dudó acerca de la realidad de los hechos, pero lo que el señor Ramos quería de ella aún no estaba claro.
“¿Cuándo comenzó esto?” preguntó.
“Hace una semana aproximadamente. Quizás dos. No sabría decirle”.
“¿Cómo que no lo sabe?”
“Bueno, comenzó lentamente y no le di mayor importancia. Pero luego…”
La voz del señor Ramos se debilitó.
“¿Señor?” Ingrid esperaba no haber perdido la comunicación.
“Señorita, debe venir aquí”.
Al escucharlo de nuevo con claridad, se dio cuenta de que no había manera de evitar esta curiosa conversación. Si Franz hubiera querido hacerse cargo, lo hubiera hecho.
Ingrid miró a su editor otra vez. ¿Tendría alguna idea acerca de la naturaleza de esta potencial historia?
“¿Dónde vive?” preguntó Ingrid.
“En Málaga, en la montaña. No veo…”
El hombre prosiguió, pero todo lo que pudo escuchar Ingrid fue la palabra “Málaga” repitiéndose una y otra vez en su mente. Se enderezó delante de su escritorio. ¿Málaga?
Tragó saliva mientras las viejas canciones resonaban en su memoria. En su mente visualizó a una niña de pie sola frente al mar. Estaba perdida y sufría. Ingrid se colocó la mano sobre el pecho. Hubiera preferido que todos aquellos recuerdos permanecieran ocultos. ¿Málaga?
“Su revista ofrece la mejor cobertura sobre vinos en Europa”, dijo el hombre. Ingrid miró fijamente el póster de Die Kelter sobre la pared. El calor de su mano presionaba su corazón que latía agitado.
“Otras revistas le darían un tratamiento sensacionalista al asunto”, continuó el señor Ramos. “Inventarían que estoy tratando de venderle una historia a la industria del vino. En cambio, yo conozco vuestra revista…”
“Nunca hemos cubierto nada similar, señor Ramos”. Ingrid se concentró nuevamente en el presente.
“Lo sé. Pero vosotros contaréis la verdad. La historia real”.
Franz estaba ahora de pie en la entrada de su oficina. Seguramente, pensó Ingrid, ya había escuchado la historia del señor Ramos antes de pasarle la llamada.
“¿Puede darme su número?” dijo Ingrid. Quitó la mano apoyada en su pecho para escribir. “Debo hablar con mi jefe. Le llamaré luego”.
Cuando acabó la llamada, se acercó a Franz, quien cerró la puerta detrás de ella y se volvió a sentar en la silla de su escritorio, al mismo tiempo que retorcía el borde de su bigote.
“¿Por qué me pasaste a mí la llamada?” preguntó Ingrid, sorprendiéndose a sí misma por el cambio repentino en su comportamiento. “No cubrimos historias sensacionalistas. ¿Y por qué a mí? Soy una editora, no una reportera”.
“No, no escribimos este tipo de historia”, asintió, inclinándose contra el respaldo de la silla, “pero le debo un favor a un amigo viticultor. Es muy amigo del señor Ramos y me pidió que investigara este asunto. Digamos que te necesito para que escribas esta historia. Además, hablas español y has vivido en España”.
Ingrid tomó asiento y cruzó los brazos.
“¿Acaso no estoy haciendo un buen trabajo como editora?”
“Estás haciendo un gran trabajo. Tengo que decir que últimamente has estado muy estresada, pero tu trabajo es excelente”.
“Enviarme afuera para cubrir una historia sensacionalista me suena a que quieres darme un puesto de menor categoría”, dijo Ingrid ladeando la cabeza.
Franz se inclinó hacia adelante.
“No es así. Solo que eres perfecta para este trabajo”.
Una avalancha de recuerdos la asaltó. Visualizó nuevamente a la niña, esta vez dentro de un gran edificio. Solo Ingrid sabía lo que había dejado atrás en España.
“Me alegra que estés lista para esta tarea”, dijo, totalmente indiferente a su descontento. “De hecho, ya tengo tu billete de tren”.
“¿Billete de tren?”
“Lo sé, es un largo viaje. Pero no había ningún billete de avión decente de último momento y el tren está a muy buen precio”.
Franz, quien parecía alto incluso sentado, abrió su cajón y sacó un sobre. La lámpara del escritorio titiló mientras la luz del sol de la tarde brillaba como una aureola sobre su cabeza calva, aunque, en ese momento, no se parecía en nada a un ángel.
“Scheisse”, Ingrid se dijo a si misma, deseando poder borrarle esa sonrisa de la cara. Él era muy tacaño y ella no tenía interés en ir a ninguna parte. Ingrid respiró profundamente.
“Sales mañana”, dijo Franz. “Te reunirás con el fotógrafo, un hombre llamado Roger, en Francia, exactamente en Cerbère, cerca de la frontera. Me ha estado insistiendo en dejarle hacer fotografías para la revista. Además, ha estado viajando a través de Europa y desea trabajar gratis. El señor Ramos aceptó ir a buscarlos a la estación y llevarlos a su viña. Costará menos si ambos se quedan en su casa y tú puedes descansar un poco mientras dure tu estancia”.
“¿Quién