Niña Duende. Michelle Adam
que su ex, Kazik, rompiera con ella: ¿era todo más de lo mismo o se trataba de algo que había ocurrido mucho antes?
El reflejo del espejo le devolvió la imagen de una muchacha asustada, cuyo miedo—que ahora era incontrolable—luchaba por salir. La última vez que había vomitado había sido en el baño de su casa en Málaga, unos días antes de que ella y su familia se mudaran a Alemania. Ahora, con veintiocho años, regresaba a su lugar de origen, con una sensación similar en el estómago.
Deseaba bajarse del tren y volver a Munich, pero las palabras de Franz que resonaban en su mente la paralizaron. “Me lo agradecerás más adelante,” le había dicho. No tenía nada que agradecerle en ese momento. Tendría que haberlo convencido de alguna manera de enviar a alguien más a España y así evitar esa situación.
Se lavó el rostro. Sus ojos se veían muy distantes. ¿Dónde se había ido? ¿Quién era? Y aquella niña, ¿dónde estaba? De repente, los últimos veinte años en Alemania—la escuela, la universidad, el trabajo como periodista—parecían nada comparado con el nudo que tenía en el estómago.
Ingrid regresó a su asiento y posó su mirada vacía sobre el respaldo delante de ella. No podía ir a ninguna parte ni llamar a nadie. No tenía ningún amigo cercano que le dijera que todo estaría bien. Deseó estar en su casa con Mookie en la cama, debajo de la manta que usaba cuando hacía frío.
Revolvió su mochila en busca de pastillas para dormir. Las había puesto allí temprano por la mañana al hacer la maleta. También había hablado con su madre, buscando, en vano, palabras de consuelo. Esto no era una sorpresa para ella, ya que su madre nunca había logrado comprenderla. Tampoco Ingrid compartía con ella sus problemas, aunque su madre ya le había expresado que estaba preocupada por su pérdida de peso.
Llamar a su ex, Kazik, tampoco hubiera sido de mucha ayuda. Él le hubiera dicho que necesitaba alejarse de la ciudad un tiempo y relajarse en las playas de España.
No. No tenía ningún sentido recurrir a nadie, pensaba y se tomó dos pastillas para dormir. Le esperaba un largo viaje a través de Francia, pasando por París y bordeando los Pirineos, antes de llegar a Málaga.
Capítulo 2
DUENDE, Málaga, España, 1983
En la pequeña casa donde vivía en Málaga, una niña de ocho años escuchaba atentamente. La voz del espíritu de su abuela, tan etérea como el último llanto de un violín, susurró su nombre, Duende.
Sentada en el sofá, la niña sonrió. La imagen de su abuela la observaba desde el cuadro colgado en la pared, por encima del piano, la mesa de la cocina y otras tres mesas bajas distribuidas por el apartamento. Duende movió el cuadro ubicado encima del piano utilizando solo el pensamiento y su cuerpo experimentó una sensación de calor. Su abuela, a quien ella siempre había llamado Oma, le sonrío desde el cuadro al ver sus poderes mágicos.
La niña nunca había conocido a su abuela. Nunca se habían encontrado, excepto cuando Oma la visitó al nacer. Apenas sabía que su abuela había insistido en darle ese nombre. No conocía a ninguna otra persona llamada Duende; nadie le daría ese nombre a un niño.
“Sabes que tu abuela te dio el nombre de Duende por una razón”, le dijo su padre. Se sentó en el otro extremo del sofá de color blanco gastado en el que nadie podía sentarse sin su permiso. “Nunca olvidaré aquellos días”.
Tenía un aire más solemne que lo habitual, después de haber regresado de Alemania, a donde había asistido al funeral de su madre, la abuela de Duende. Por su parte, Mutti, la madre de la niña, deshacía la maleta de su marido en la habitación. Duende y su padre estaban sentados incómodamente en el sillón, mientras afuera la luz de la tarde se volvía cada vez más tenue.
Duende sufría al ver a su padre tan triste, pero sentía el consuelo del espíritu de su abuela, el cual se había manifestado con mayor fuerza, sobre todo, después de su muerte.
“Fue muy extraño que tu abuela estuviera tan resuelta a llamarte Duende”, dijo su padre. “Era una mujer muy poderosa. Y siempre lograba lo que se proponía, incluso tu nombre”.
Miró, impasible, hacia la ventana delante de él y asintió con la cabeza, como para afirmar lo que acababa de decir. “Es una pena que no hayas podido conocerla”.
“Lo sé”. Duende observó a través de la ventana a su vecina Latia, quien la saludaba desde el porche de su casa.
Latia bailaba con el cabello volando alrededor; sus rizos negros giraban y giraban y todos los vecinos la veían. Duende le devolvió el saludo con un gesto rápido, para que su padre no lo notara.
Ajeno al baile de Latia, el padre de Duende esbozó una sonrisa. Era, probablemente, la primera vez que lo había hecho desde que había vuelto del funeral de Oma. “Tu abuela viajó treinta y ocho horas desde Alemania hasta estas costas españolas, con tu nombre escrito en un libro”.
Duende se enderezó y lo miró fijamente. ¿Treinta y ocho horas cargando un libro? ¿Solo para mí? ¿Por qué?
“Mi madre no había dormido durante días”, agregó su padre, hablando ahora con vehemencia. “Tu nacimiento significaba tanto para ella. Tú fuiste el comienzo de una nueva generación en la familia. Solía decir que tú ibas a honrar nuestro apellido, aunque no estoy seguro de qué quería decir con esto”.
El espíritu de Oma estaba ahora detrás de Duende, su presencia como una caricia en la espalda de la niña, produciendo un agradable escalofrío. “Nuestro apellido significa vino”, susurró el espíritu de Oma.
Duende se volvió hacia donde provenía el sonido, sorprendida al escuchar a su abuela hablar con voz tan clara, como si realmente estuviera allí. “No olvides lo que te he dicho”, continuó la voz etérea.
¿Olvidarme? ¿Olvidarme de qué? La niña se sintió, de repente, atrapada entre dos conversaciones, una las cuales su padre ignoraba por completo.
“Tu abuela deseaba tanto venir aquí que incluso ya había hecho la maleta semanas antes de coger el tren; había dejado todo cuidadosamente limpio y listo dentro de la maleta”, prosiguió su padre.
Duende volvió a dirigir la mirada a su padre. “Pero eso es una locura”, espetó Duende. Sintiéndose avergonzada de sus palabras, se hundió en el sofá. Seguramente, Oma podía escucharla.
“¡Duende!” la reprendió su padre.
Volvió a dirigir la mirada a la ventana y se calló. Latia ya no estaba en el porche y Duende deseó que su padre dejara de insistir con los recuerdos de una mujer a la que ella nunca había conocido. Prefería inventarse las propias historias acerca de su abuela.
“Quizás, a través de tu nombre, te transmitió un poco de su sabiduría”, dijo su padre.
Duende observó su reflejo en la ventana. ¿Por qué se le había aparecido Oma? ¿Qué quería?
Su padre señaló a través de la ventana. “Cuando tu abuela llegó aquí a Málaga, tu madre estaba allí, saludándola con un vientre enorme. Tú ibas a nacer más tarde, sabes, y a Oma no le gustaba esperar. Solamente tenía unos días antes de tener que regresar a Alemania”.
Duende escuchaba atentamente. Sintió cómo el enfado crecía dentro de ella: no fue su culpa haber nacido más tarde.
“Tuvimos que acelerar tu nacimiento”, le dijo su padre. “Tu madre ingirió altas dosis de aceite de ricino durante tres días sin comer. Finalmente, naciste el 20 de noviembre de 1975, el mismo día en que el general Franco, el viejo dictador, fue pronunciado muerto”.
Duende no comprendió lo que era el aceite de ricino ni qué tenía que ver con el general Franco, de quien apenas había oído hablar.