Creando una mente psicoanalítica. Fred Busch
una evaluación permanente de los componentes estructurales que operan dentro de un campo dinámico en todo momento.
Como puede verse, la interpretación en el nivel de la superficie trabajable requiere que se evalúen múltiples factores y, finalmente, un juicio sobre la capacidad del Yo para integrar la intervención significativamente. Frente a un analizando que habla de abandono antes de una pausa en el tratamiento, nos vemos obligados a abandonar la cómoda posición que entendemos como transferencia para interrogarnos sobre la importancia de dicha comprensión (inclusive si es correcta) para el paciente cuando se considera el estado presente de sus estructuras mentales.
C. Puesta en acto, identificación proyectiva y contratransferencia
Las comunicaciones inconscientes del paciente a través de puestas en acto y recurso a la identificación proyectiva provocan la contratransferencia del analista, puesto que son registradas primero por su inconsciente. Ello hace más complicado enfatizar el uso de estos procesos por parte del paciente, porque la comprensión se origina antes en la mente del analista, que sintetiza sentimientos, ideas fragmentarias, sensaciones corporales, etcétera. Sin embargo, una vez que el analista reconoce sus reacciones contratransferenciales y reflexiona sobre ellas, han comenzado a ser procesadas; es decir, representadas en la mente del analista. A partir de aquí el analista trata de poner en palabras la naturaleza específica del modo en que el paciente intenta provocar la reacción contratransferencial. Es decir, intentamos comprender lo que el paciente hace con nosotros o nos hace mediante sus palabras, tono de voz, sintaxis e ideas expresadas. Un “Buenos días” del paciente, dicho alegremente, puede resultar edificante, deprimente, desalentador, marcar una distancia y un sinfín de otros significados, según las sutilezas del tono, el estilo, la entonación y su contexto dentro de la transferencia, todo lo cual ocurre fuera de la conciencia. Es la colaboración con el paciente respecto de cómo ello ocurre lo que instala el principio del análisis del proceso.
Ahora nos centramos principalmente en el proceso que emite las identificaciones proyectivas y las puestas en acto, más allá del significado de cada palabra. Si nos centramos en el proceso, el contenido de un sueño –por un corto lapso– es secundario respecto de cosas tales como la manera en que se narra, sea que se ofrezcan o no sus asociaciones, el modo en que los sueños se utilizan en el análisis, etcétera. Al inicio de cada sesión escuchamos el sueño del paciente y lo vemos como señal de una recientemente descubierta capacidad de regresión resultante del trabajo analítico. Luego escuchamos a otro paciente hacer lo mismo y gemimos para nuestros adentros, pues anticipamos que el paciente, obedientemente, va a narrar un sueño que se extenderá durante varias sesiones y con un narrador ausente. Es más probable que prestemos atención al contenido traído por el primer soñante, mientras que focalizamos en el proceso del segundo. En el primer caso el proceso acentúa el contenido pero en el segundo lo contradice; entonces, la historia que narra el proceso difiere de la que narra el contenido.
Un acertijo aparente
Años atrás pasé varios días intercambiando ideas sobre material clínico con un grupo de analistas. Próximos al final de nuestro encuentro, alguien preguntó: “¿Qué recordamos de nuestro propio análisis?” Lo que vino inmediatamente a la mente de todos fueron los momentos en que el analista se mostró particularmente humano o falto de empatía. En nuestros recuerdos del análisis predominaba un momento de amabilidad o de falta de delicadeza. La generalización del fenómeno nos sorprendió a la mayoría y llevó a discutir el rol de la interpretación en psicoanálisis. Por cierto, ninguna interpretación ni línea interpretativa era tan inmediatamente memorable como el tono afectivo del análisis, siempre capturado en el microscopio de un hecho único, aún si la mayoría sentía que el haber llegado a conocerse mejor era importante para su vida profesional y personal. En ese momento, lo que parecía una conclusión ineludible con la que los integrantes del grupo acordaban era la importancia de la atmósfera por sobre la del insight en el marco analítico.
En ocasiones, durante los años posteriores a esta experiencia, me replanteé esta conversación. Pensando en mis análisis, mi labor como analista y mis supervisandos, creo haber llegado a ver el efecto profundo de la interpretación constante dentro de una atmósfera humana y segura. Mucho se ha escrito sobre las razones por las cuales la interpretación funciona y la interpretación ha constituido la base del tratamiento psicoanalítico desde sus comienzos; no equivale a hablar con un buen amigo.15 Entonces, ¿cómo explicamos la ausencia de recuerdos acerca de interpretaciones en un grupo de analistas experimentados? Desde mi punto de vista, en la mayoría de los análisis “suficientemente buenos” no esperaríamos que el analizando recordara una interpretación, ni siquiera un tema, excepto en términos muy amplios. En primer lugar, el conocimiento del estado conduce a una estructura aumentada, que opera silenciosamente. Segundo, no sólo ayudamos a que nuestros pacientes sepan sino también que los ayudamos a saber cómo saber. Yo no esperaría que estos dos tipos de saber lleven a recordar instancias significativas del análisis. Sus resultados se basan en el trabajo analítico cotidiano y constante, no en un destello idealizado de insight que a veces encontramos en nuestra literatura temprana. Se me ocurre que nuestro grupo recordaba la atmósfera que permitió –o no– el desarrollo del análisis, junto con la transferencia que conllevaba, a veces a modo de defensa.
5 Menciono aquí el tema, que trataré en mayor profundidad en el Capítulo 5.
6 Este temor parece favorecer su entrada a la sesión lastimado y hace que su fantasía infantil de la erección resulte aterradora. La pregunta acerca de si hay o no algo ahí también implica el temor a la castración.
7 Presento la cuestión como una dicotomía a los efectos de la exposición, cuando, en realidad, para la mayoría de los analizandos se trata más bien de matices en un flujo continuo.
8 Se me ocurre que en un determinado espectro teórico se acepta la necesidad de focalizarse en el conocimiento del proceso, aunque no se lo reconoce como tal. Volveremos al tema con mayor profundidad en los capítulos siguientes, pero incluye analistas que la disciplina no suele relacionar entre sí, como Betty Joseph, Andre Green y psicólogos del Yo contemporáneos
9 En versión muy simplificada de los descubrimientos de las neurociencias, se puede decir que el procesamiento de la información se produce dentro de redes neuronales que se activan al mismo tiempo. El conocimiento se da en las conexiones entre los nodos de una red. Mediante la complejización de las redes sencillas, el procesamiento de la información se desacelera, haciendo posible la reflexión (ver Western y Gabbard, 2002). La mente trabaja en milésimos de segundo, de modo que no pensamos aquí en un proceso obsesivo.
10 La comprensión del pensamiento concreto del paciente y nuestro trabajo con ello se discute específicamente en el Capítulo 4 y se hace referencia al tema en muchos otros.
11 Cuando describo material clínico, mis reflexiones, cavilaciones privadas y antecedentes históricos de todo tipo aparecen en cursivas.
12 Elaborado en los capítulos sobre La Fase Intermedia y Fin de Análisis.
13 Las técnicas que describo se aplican a mi visión general del modo en que opera el psicoanálisis, ampliada en capítulos venideros. En este apartado sólo hablo de su utilidad para favorecer el conocimiento del proceso.
14 Por supuesto, en ciertas ocasiones es deseable una interpretación