Historia trágico-marítima. Bernardo Gomes de Brito
para no irse al fondo, se encomendaron a Dios, y ya entonces iba la nao abierta, que por milagro de Dios se sustentaba sobre el mar.
Viéndose Manuel de Sousa tan cerca de tierra y sin ningún remedio, tomó el parecer de sus oficiales, y todos dijeron que, para remedio de salvar sus vidas del mar, era buen parecer que se dejaran llevar así hasta estar a diez brazas y, en cuanto hallaran el fondo, surgir24 para lanzar el batel para el desembarco; y lanzaron de inmediato una manchua25 con algunos hombres que fueran a vigilar la playa, donde era más seguro poder desembarcar, con el acuerdo de que en cuanto dieran fondo en el batel y en la manchua, después de que se desembarcara a la gente, se sacaran las provisiones y las armas que se pudiera, que la única riqueza que del galeón se podía salvar era más para su perdición, a causa de los cafres que los habían de robar. Y así con este consejo, fueron arribando al son del mar y del viento, alargando la escota por una banda y cazándola por la otra; ya el timón no gobernaba con más de quince palmos de agua debajo de la cubierta. Y yendo la nao cerca de tierra, lanzaron la plomada y encontraron todavía mucha profundidad y se dejaron llevar; y de ahí a un gran espacio volvió la manchua a la nao y dijo que cerca de ahí había una playa donde podrían desembarcar si la pudiesen tomar, y que todo lo demás era roca tallada y grandes rocas, donde no había manera de salvación.
¡Verdaderamente que los hombres tuvieran gran cuidado de esto causa gran asombro! Y que vienen con este galeón a varar en tierra de cafres, teniéndolo para mejor remedio de sus vidas, siendo esto tan peligroso y por aquí verán para cuántos trabajos estaban guardados Manuel de Sousa, su mujer y sus hijos. Teniendo ya el recado de la manchua, trabajaron para ir a aquella parte donde los esperaba la playa, hasta llegar al lugar que la manchua les había dicho, y ya entonces estaban a siete brazas, donde lanzaron un ancla; y, después de todo eso, con mucha diligencia, guarnecieron aparejos con los que lanzaron el batel.
La primera cosa que hicieron como tuvieron fuera el batel fue llevar otra ancla a tierra, y ya el viento era más bonanza y el galeón ya estaba de tierra a dos tiros de ballesta. Y al ver Manuel de Sousa cómo el galeón se le iba al fondo sin ningún remedio, llamó al maestre y al piloto y les dijo que la primera cosa que hicieran fuera ponerlo en tierra con su mujer e hijos, con veinte hombres que estuvieran para su guardia, y después de eso sacaran las armas y mantenimiento y pólvora y alguna ropa de cambray, para ver si había en tierra alguna manera de rescate de provisiones. Y esto con fundamento de que se hiciera un fuerte en aquel lugar con palos de barriles y hacer allí una carabela con la madera de la nao en la que pudieran mandar recado a Sofala. Pero como ya estaba desde arriba que acabara este capitán con su mujer e hijos y toda su compañía, ningún remedio se podía cuidar para que la fortuna no fuera contraria; que teniendo este pensamiento de que allí se hiciera un fuerte, le volvió a soplar el viento con tanto ímpetu, y el mar le creció tanto, que dio con el galeón a la costa, por donde no pudieron hacer nada de lo que habían pensado. Para este tiempo, Manuel de Sousa, su mujer e hijos y obra de treinta personas estaban en tierra; y toda la demás gente estaba en el galeón. Decir el peligro que tuvieron en el desembarco el capitán y su mujer con estas treinta personas fuera excusado; pero, por contar historia tan verdadera y lastimosa, diré que de tres veces que la manchua fue a tierra se perdió, donde murieron algunos hombres, de los cuales uno era el hijo de Bento Rodrigues; y hasta entonces el batel no había ido a tierra, que no osaban mandarlo, porque el mar andaba muy bravo y debido a que la manchua era más leve escapó aquellas dos veces primeras.
Cuando vieron el maestre y el piloto, con la demás gente que aún estaba en la nao, que el galeón iba sobre la amarra de la tierra, entendieron que la amarra del mar se le había cortado, porque el fondo estaba sucio y hacía dos días que estaban surtos,26 y amaneciendo al tercer día que vieron que el galeón quedaba solo sobre la amarra de la tierra y el viento comenzaba a soplar, le dijo el piloto a la otra gente, al tiempo que ya la nao tocaba:
—Hermanos, antes de que la nao se abra y se nos vaya al fondo, quien se quiera embarcar conmigo en aquel batel lo podrá hacer.
Y se fue a embarcar e hizo embarcar al maestre, que era hombre viejo y a quien ya le desfallecía el espíritu por su edad; y con gran trabajo, por ser el viento fuerte, se embarcaron en el dicho batel obra de cuarenta personas, y el mar andaba tan grueso en tierra que lanzó el batel en pedazos sobre la playa. Y quiso Nuestro Señor que de este golpe no muriera nadie, que fue milagro, porque antes de venir a tierra lo zozobró el mar.
El capitán, que el día anterior había desembarcado, andaba en la playa dando fuerza a los hombres y, dando la mano a los que podía, los llevaba a la hoguera que había hecho, porque el frío era grande. En la nao se quedaron todavía unas buenas quinientas personas; a saber: doscientos portugueses, y el resto de esclavos; en aquellos entraba Duarte Fernandes, contramaestre del galeón, y guardián; y estando aun así la nao, que ya daba muchos golpes, les pareció bien alargar la amarra a mano, para que fuera la nao bien a tierra, y no la quisieron cortar para que la resaca no los tornase para el mar abierto; y como la nao se asentó, en poco tiempo se partió por el medio, a saber: del mástil adelante un pedazo y otro del mástil de atrás; y de ahí a obra de una hora, aquellos dos pedazos se hicieron cuatro; y como las aberturas se arruinaron, la mercancía y las cajas se vinieron encima, y la gente que estaba en la nao se lanzó sobre las cajas y sobre la madera hacia tierra. Murieron, al lanzarse, más de cuarenta portugueses y setenta esclavos; la demás gente vino a tierra por arriba del mar y otra por abajo, como a Nuestro Señor le plació; y mucha de ella, herida por los clavos y la madera. De ahí a cuatro horas estaba el galeón deshecho, sin de él aparecer pedazo como una braza; y todo el mar lo lanzó a tierra con gran tempestad.
Y los bienes que iban en el galeón, así del rey como de particulares, dicen que valían un cuento de oro, porque desde que se descubrió la India hasta entonces no había partido de allá nao tan rica. Y por haberse deshecho la nao en tantas migajas, no pudo el capitán Manuel de Sousa hacer la embarcación que había determinado, que no quedó batel ni cosa sobre la que se pudiera armar la carabela, ni de qué hacerla, por donde le fue necesario tomar otro consejo.
Al ver el capitán y su compañía que no tenían remedio de embarcación, con consejo de sus oficiales y de los hidalgos que en su compañía llevaba, que eran Pantaleão de Sá, Tristão de Sousa, Amador de Sousa y Diogo Mendes Dourado de Setúbal, asentaron que debían de estar en aquella playa, donde salieron del galeón, algunos días, pues allí tenían agua, hasta que les convalecieran los enfermos. Entonces hicieron sus cercas de algunas arcas y toneles, y estuvieron allí doce días, y en todos ellos no les vino a hablar ningún negro del lugar. Solamente los tres primeros aparecieron nueve cafres en un otero, y allí estarían dos horas sin hablar nada con nosotros y, como espantados, se volvieron a ir. Y de allí a dos días les pareció bien mandar un hombre y un cafre del mismo galeón para ver si encontraban algunos negros que con ellos quisieran hablar, para rescatar alguna provisión. Y estos anduvieron allá dos días sin encontrar persona viva sino algunas casas de paja, despobladas, por donde entendieron que los negros habían huido con miedo, y entonces volvieron al campamento, y en algunas de las casas encontraron flechas atravesadas, que dicen que es su señal de guerra.
De allí a tres días, al estar en aquel lugar donde escaparon del galeón, les aparecieron en un otero siete u ocho cafres con una vaca amarrada; con señas los cristianos los hicieron ir abajo y el capitán, con cuatro hombres, fue a hablar con ellos; y después de tenerlos seguros, los negros le dijeron con señas que querían hierro. Entonces el capitán mandó por media docena de clavos y se los mostró, y ellos se complacieron de verlos y entonces se acercaron más a los nuestros y comenzaron a tratar el precio de la vaca; y cuando ya estaban de acuerdo, aparecieron cinco cafres en otro otero y comenzaron a gritar en su lengua que no dieran la vaca a cambio de clavos. Entonces se fueron estos cafres llevándose consigo la vaca sin pronunciar palabra. Y el capitán no les quiso tomar la vaca, a pesar de que tenía gran necesidad de ella para su mujer y sus hijos.
Así estuvo siempre con mucho cuidado y vigilancia, levantándose cada noche tres y cuatro veces a rondar los cuartos, lo que era gran trabajo para él; y así estuvieron doce días hasta que la gente convaleció, al cabo de los cuales, viendo que ya todos podían caminar, los llamó a consejo sobre lo que debían hacer, y antes de hablar sobre el asunto les habló de esta manera:
—Amigos