Ausencia de culpa. Mark Gimenez
—Vio a Karen sonreír—. ¿Karen o Carlos?
—Ambos.
—¿Bobby?
Bobby miró a Louis, luego a Carlos y finalmente a Karen. De alguacil a asistente jurídico y después a esposa. Siendo el hombre sabio que era, eligió a su mujer.
—Nunca había tenido un sueldo fijo, lo cual está bien. Pero mis clientes de la calle me proporcionaban más emociones. Como Carlos.
Carlos sonrió.
—Hombre, llevaba una vida emocionante entonces. Robar a mano armada una tienda con una pistola de juguete es un buen chute de adrenalina.
—¿Por qué una pistola de juguete? —preguntó Karen.
—Mi madre no me dejaba tener una pistola de verdad. Le preocupaba que me disparase a mí mismo.
—¿Y no que disparases a otra persona? —inquirió Bobby.
Scott suspiró. Cuando era un pez gordo en Ford Stevens, disfrutaba de una carrera cargada de adrenalina pero de ética cuestionable. En su vida nunca había faltado la emoción. Cuando sentía que el aburrimiento empezaba a instalarse, solo tenía que darse una vuelta con el Ferrari por la autopista de peaje del norte de Dallas. Era maravilloso. Se había acostumbrado a lo maravilloso; ahora todo era mundano. Sam Buford dijo que había salvado a seis acusados inocentes de una sentencia errónea. Seis vidas en treinta y dos años. Ahora Scott sabía lo que había hecho el juez Buford el resto del tiempo: sufrir de aburrimiento. Scott no había hecho mucho bien, al menos durante su primer año de magistratura. Tan solo se dedicó a mover casos por la maquinaria del poder judicial federal. No había saldado vidas; clasificaba el dinero de las corporaciones. Pareciera que la razón de ser del sistema legal fuera repartir miles de millones de dólares entre los conglomerados multinacionales. Ese año sentenciaría a cien acusados. Se aseguraría de que todos fueran culpables. Pero la mayor parte del tiempo se lo pasaría arbitrando demandas presentadas por una corporación en contra de otra, ficciones legales peleándose por dinero real como una manada de leones sobre un cadáver. Había un lugar para esa lucha en una sociedad civilizada, y ese lugar era una corte de justicia.
¿Pero era ese su lugar?
Estaba instalado en una vida ética pero insulsa como juez federal. Estaba orgulloso de su ética laboral como hombre de leyes y agradecido de la seguridad financiera que le permitía cuidar de sus hijas; pero, tenía que confesarlo, un poco de emoción sería de agradecer. Se levantó y se guardó un puñado de caramelos en el bolsillo.
—Tal vez Pajamae nos dé un poco de emoción en el partido.
Pajamae Jones-Fenney medía un metro sesenta y cinco. Lucía su suave pelo castaño cortado al estilo bob, lo cual hacía que se pareciera aún más a su madre. Su piel bronceada brillaba con el sudor, y los apliques dentales relucían. Tenía trece años y estaba en el séptimo curso. Era la mejor jugadora en la cancha y la única chica negra. Era la estrella del equipo de baloncesto de la escuela de secundaria Highland Park. Su dorsal era el número veintitrés, el mismo que Michael Jordan.
—¡Vamos, Pajamae!
Bárbara Boo Fenney, sentada junto a su padre, animaba a su hermana, que corría por la cancha con la pelota. Una jugadora defensiva le cortó el paso, Pajamae amagó un giro a la izquierda, hizo un ajuste rápido y giró de forma brusca a la derecha. La otra jugadora intentó equilibrarse, pero no pudo y se cayó al suelo. El público gritó: «¡Ooh!».
—¡Rompetobillos! —exclamó Boo.
Pajamae hizo un tiro bajo aro sin esfuerzo justo cuando el timbre sonó para anunciar el intermedio. Las demás jugadores le chocaron la mano. Louis y Carlos intentaron iniciar una ola en el público, pero, aparte de su grupo, nadie se unió.
—¿Qué coño le pasa a la gente blanca? —dijo Carlos.
Las chicas de Highland Park ganaban, 35 a 16. Pajamae había marcado veintiocho puntos. Fue al banquillo dando saltitos y levantó la vista para mirar a su familia, que estaba en las gradas rodeada de gente blanca y rica. Les dirigió una gran sonrisa y los saludó con la mano. Cuando la ortodoncia terminara de hacer su trabajo, tendría unos dientes como perlas, tal y como le había prometido su padre.
—La chica tiene garra —comentó Louis.
—A. Scott, ¿podemos ir a comer pizza después del partido? —preguntó Boo.
—Claro.
Los fines de semana, salían a comer pizza y veían películas en casa. O salían a ver una película y comían pizza en casa. Pero nunca hacían las dos cosas fuera.
—¿Queréis algo del puesto de comida?
—Iré yo, juez —dijo Louis.
—Yo me encargo —dijo Scott.
—Pues yo quiero una zarzaparrilla.
—Dos —dijo Carlos.
—Café con leche —respondió Karen—. Y mira a ver si tienen comida de bebé orgánica, al ser posible puré de ciruelas.
Llevaba en brazos a su hijo de dieciocho meses, Scott Carlos Louis Herrin. Lo llamaban Little Scotty.
—¿Puré de ciruelas? —dijo Carlos—. Dale al niño comida de verdad, como enchiladas y tacos. Mi madre me alimentó con eso desde el día en que nací.
—Y todavía lo hace —comentó Bobby.
Carlos vivía con su madre. Él le quitó importancia.
—Oye, los hombres mexicanos no sabemos cocinar, así que vivimos con nuestra madre hasta que encontramos una esposa que cocine.
—Puede que vivas con tu madre mucho tiempo —replicó Louis.
Bobby le dio un golpecito con el puño y luego le dijo a Scott:
—Cerveza.
—¿En una escuela secundaria?
—Zarzaparrilla.
Scott no bebía en público, ni siquiera una cerveza. Un juez federal no podía arriesgarse a conducir bajo los efectos del alcohol o a que lo acusaran de ir borracho en público. Además, estaba ese pequeño detalle de ser un modelo de conducta.
—Vamos, Boo, necesito que me ayudes.
Padre e hija bajaron por las gradas entre miradas curiosas y susurros, a los que ya estaban acostumbrados. Así eran las cosas cuando eras un juez federal con una vida como la de Scott. Parecía que la mayor parte de Highland Park se había dividido en dos bandos en lo referente a A. Scott Fenney: o bien creían que era un hombre que había redimido su alma al defender a la madre de Pajamae contra un cargo de asesinato y había ganado; o un auténtico necio que había renunciado a la vida de lujo de Highland Park para salvar a una prostituta negra de la pena de muerte solo para verla morir de una sobredosis dos meses después. Nadie sabía qué pensar sobre su defensa a su exmujer, acusada de asesinar al experto en golf con el que se había ido; la opinión general parecía coincidir en que no estaba en posesión de sus facultades mentales.
—Hola, Scott. Hola, Boo.
Justo cuando llegaron abajo, apareció Kim Dawson. Había sido la profesora de cuarto curso de las chicas en la escuela primaria. Se la habían presentado a Scott hacía unos años.
—Hola, señorita Dawson —dijo Boo.
—¿Cómo estás, Kim? —preguntó Scott.
—Estoy bien. Te… Te echo de menos, Scott. ¿O ahora tengo que llamarte juez?
Habían salido juntos unas cuantas veces antes de que él se hiciera juez. Era inteligente y dulce, pero él no había sentido ninguna chispa.
—Scott está bien.
Ella sonrió y estuvo a punto de acercarse, pero se lo pensó mejor.
—Llámame, Scott. Cuando