Acercamientos multidisciplinarios a las emociones. Rosario Esteinou

Acercamientos multidisciplinarios a las emociones - Rosario Esteinou


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Sostiene que que más allá de simplemente representar un estereotipo cultural, las nociones del latin lover y de la mayor pasión sexual de los mexicanos y latinos tienen también un lado productivo, el cual se manifiesta de diversos modos. En efecto, los inmigrantes se refieren a la pasión sexual en sus esfuerzos por delimitar lo que Lamont y Molnár denominan “límites simbólicos” o “fronteras simbólicas”, los cuales refieren a las distinciones conceptuales hechas por actores sociales para categorizar objetos, personas, prácticas, e incluso, el tiempo y el espacio. También separan a la gente en grupos y generan sentimientos de semejanza y pertenencia de grupo y son un medio esencial por el que las personas adquieren estatus y monopolizan recursos. Los inmigrantes de su estudio retoman el estereotipo de la pasión sexual mexicana/latina y lo convierten en una frontera simbólica que les proporciona una fuente de empoderamiento individual y grupal. Pero también, al adoptar el discurso de la pasión sexual latina, los inmigrantes mexicanos buscan realizar una crítica general de la cultura predominante blanca estadounidense. Aunque la opinión de que los mexicanos y latinos son sexualmente más apasionados no está generalizada, el uso del discurso de la pasión sexual mexicana/latina es indicativa del poder cultural que tienen las emociones como una herramienta de comparación cultural entre mexicanos y estadounidenses. Su análisis pretende ilustrar el papel que las emociones pueden jugar en la formulación de comparaciones culturales.

      Carrillo describe el término “pasión sexual” como un conjunto de emociones que los participantes encapsularon bajo ese rubro, incluyendo lo que conciben como la entrega, la “cachondez”, y la búsqueda de intimidad (emocional y corporal) con sus parejas sexuales. En general, sus narrativas describen la pasión sexual en términos de emociones que se refieren a sentimientos relacionados con estados mentales y sicológicos que crean una especie de “estado alterado” asociado con la interacción sexual, además de una serie de sensaciones, acciones y disposiciones corporales que los participantes interpretan como “apasionadas”. Las expereriencias y visiones de los entrevistados sobre la supuesta mayor pasión sexual de los mexicanos gays, refuerzan los estereotipos atribuidos a los mexicanos como latin lovers, donde predomina la pasión en las relaciones sexuales y a los americanos como fríos. Sin embargo, otros entrevistados han desarrollado una idea crítica sobre el estereotipo del latin lover latino y lo perciben como un elemento de fetichización, exotización e hiper-sexualización que refuerza las diferencias raciales y culturales en la sociedad estadounidense. Para algunos —generalmente mexicanos o de origen latino— ello forma parte de la dominación y supremacía blanca; para otros —generalmente estadounidenses— forma parte de la ideología convencional norteamericana del individualismo. Pero es interesante observar que hay un tercer grupo que ve la pasión sexual latina no como un estereotipo que refuerza las relaciones desiguales y de supremacía blanca sobre otros grupos étnicos o raciales minoritarios como los mexicanos o latinos, sino como un elemento de superioridad de los mexicanos frente a los estadounidenses, de orgullo cultural que provee una posible forma de empoderamiento y una herramienta para criticar a la cultura predominante estadounidense.

      El capítulo 5, de Marta Lamas, analiza la vergüenza en las trabajadoras sexuales callejeras en la ciudad de México. Partiendo de la perspectiva reciente sobre el efecto que tienen las emociones en la sociedad —lo que se ha llamado “giro afectivo— y los procesos de individuación subjetiva para el avance democrático, presenta las experiencias de trabajadoras sexuales que han superado la vergüenza, tradicionalmente asociado al valor cultural de su oficio. A través de un breve recorrido histórico de los códigos mediterráneos y de la revisión del estigma de “puta”, presenta cómo se desarrolló la construcción cultural de dicha valoración. Su análisis no sólo destaca los condicionantes sociales en el proceso de civilización sino también algunos aspectos psíquicos ligados a la vergüenza, como la culpa y la depresión. Asimismo, se puede advertir que en un primer momento la vergüenza está determinada por el “ojo externo” que sanciona el violentar ciertas reglas sociales (en este caso, del uso del cuerpo). Pero en un segundo momento, la vergüenza puede ser interiorizada, adquiriendo estados emocionales distintos como el de la culpa y la depresión. Del análisis de sus experiencias, propone que el proceso de concientización política fue lo que les permitió resignificar su actividad como una cuestión laboral y superar con ello la vergüenza. La idea central que subyace es la importancia que tiene el afecto en la transformación política positiva.

      En efecto, la vertiente del giro afectivo propone que no hay que comprender las emociones solamente como estados psicológicos, sino también como prácticas sociales y culturales que inciden en la vida pública. La vergüenza funciona para sostener la posición subordinada de las trabajadoras sexuales, y para que siga existiendo la injusticia de que el estigma recaiga solamente en ellas. Esto| es precisamente lo que la autora denomina la “marca del género” en el comercio sexual y alude a que únicamente las mujeres son víctimas de violencia simbólica. La reproducción social de ciertas emociones —como el rechazo o el desprecio— hace que las trabajadoras se sientan culpables o pecadoras en lugar de sentirse víctimas del sistema y su doble moral. El tránsito de muchas trabajadoras sexuales de vergonzosas a desvergonzadas es resultado del proceso que han vivido por el trabajo de acompañamiento político y afectivo de Brigada Callejera en Apoyo a la Mujer “Elisa Martínez”. Esta asociación civil se ha dedicado a promover que se deje de considerar a este oficio como una actividad denigrante; y en esa línea lee, bajo otra clave, las experiencias dolorosas y traumáticas, su perspectiva interpretativa vuelve política una vivencia que ellas suelen reducir a su propia voluntad. Lo que esta asociación ha logrado es ir más allá de alimentar su autoestima: ha consistido en devolverles la dignidad y potenciar el orgullo de participar en una lucha política compartida con otros sectores sociales.

      El capítulo 6, de Zeyda Rodríguez, aborda el tema de las emociones juveniles en torno al amor, sus auto-regulaciones del yo y sus imaginarios amorosos. El trabajo se centra en analizar una variedad de emociones que se presentan entre jóvenes de clase media de la ciudad de Guadalajara cuando han entablado relaciones amorosas, poniendo atención en sus capacidades de auto-regulación del Yo y los imaginarios amorosos que las orientan. Ante el supuesto del sentido común de que la irracionalidad e impulsividad forman parte de la naturaleza de las emociones de los jóvenes, Rodríguez argumenta sobre el papel fundamental que juega la cultura en la configuración de las emociones. Para abordar el problema de la auto-regulación de las emociones, retoma la propuesta de Mead sobre la distinción entre el Yo, el Mí y el Otro Generalizado resaltando en ella la capacidad reflexiva y, en ese sentido, de auto-regulación; incorpora la distinción que hace Goffman del Sí-mismo entre personajes (quienes desempeñan roles de acuerdo con las normas) y actor (le atribuye la experiencia emocional), y considera también la propuesta de Hochschild sobre la regulación de las emociones y su actuación profunda de acuerdo con las normas sociales y culturales vigentes en una sociedad. Para el estudio de los imaginarios se apoya en la perspectiva cognitiva, sustentada por autores como Ortony, Clore y Collins. Desde esta perspectiva lo expresivo, fisiológico y conductual de las emociones suponen un proceso cognitivo.

      A través de la realización de entrevistas, Rodríguez obtuvo información sobre las experiencias emocionales de jóvenes de la ciudad de Guadalajara que han entablado relaciones amorosas o románticas. En particular, son analizadas las narrativas de cuatro jóvenes a partir de dos ejes: el de la auto-regulación, lo cual implica la agencia emocional y los imaginarios amorosos representados por las creencias, normas, valores y saberes. La autora incorpora los aspectos cognitivos y observa que los jóvenes se encuentran inmersos en un contexto de alternativas socializadoras (familia, religión, comunidad, escuela, medios masivos de comunicación y redes), lo cual configura un escenario simbólico con múltiples conceptos, significados, normas y valores; heterogéneo, pero también contradictorio. Lo anterior les permite ejercer esa capacidad reflexiva y de autorregulación del Yo mediante la cual, dependiendo de sus recursos personales (materiales, culturales, afectivos, etc.), interpretan lo aprehendido y regulan más tarde o más temprano, la intensidad de las emociones que experimentan.

      El capítulo 7, de Tania Rodríguez, analiza las consecuencias paradójicas del uso de lo que denomina tecnologías afectivas por parte de jóvenes urbanos en el ámbito del amor y la pareja. La autora propone que las nuevas prácticas íntimas en el flirteo, el emparejamiento y la expresión afectiva,


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