Acercamientos multidisciplinarios a las emociones. Rosario Esteinou
podemos considerar a los incitadores cognitivos como parte constitutiva de la emoción. Esta es la mayor diferencia con las teorías cognitivas, para las cuales el contenido cognitivo y conceptual es una parte constitutiva de la emoción o una condición necesaria de la emoción. Prinz, en cambio, argumenta que hay muchos incitadores posibles por lo que ninguno en especial puede ser constitutivo de la emoción. En cada caso los activadores pueden ser distintos, por ejemplo, una percepción, una expresión facial, una imagen, un juicio, etc., “las instancias de celos no se unen por el hecho de compartir juicios, sino por el hecho de que comparten estados somáticos y esos estados representan infidelidad” (Prinz, 2004a:101).
Ahora bien, uno podría conceder que existen activadores distintos que pueden desencadenar, por ejemplo, los celos, pero sigue pendiente la cuestión de elucidar ¿cómo es que todos estos estados distintos activan, por ejemplo, los celos? Una respuesta posible es que se los “ve” como evidencia de una posible infidelidad. Pero la respuesta no es satisfactoria, al parecer se necesita algo como un pensamiento que reúna a todos esos elementos como indicios de infidelidad (Jones, 2008: 21). Para los neo-jamesianos lo único que tienen en común los incitadores de los celos son los patrones de cambios corporales propios de este tipo de emoción. Pero aquí surge inmediatamente la duda de si existen cambios fisiológicos típicos de la infidelidad. ¿O de la esperanza, o el orgullo?
Otro problema que tienen teorías como la de la valoración corporeizada de Prinz es que no explica acciones particulares que podemos hacer los seres humanos por alguna emoción. Pero es un hecho que la enorme variedad y complejidad de las acciones que los humanos pueden hacer por una emoción determinada dista mucho de lo que sería la conducta estereotipada y dependiente de los estímulos del entorno de muchos animales no humanos.19 Así, en un caso de amenaza, digamos nuestro ejemplo anterior de “Elia tiene miedo de caminar por una calle oscura porque la pueden asaltar”. El miedo está dirigido hacia el posible asaltante y este es el objeto acerca del cual lleva información la emoción. Para Prinz, en cambio, los sentimientos de miedo representan peligro, pero nada nos indica que estén dirigidos a algo específico en el mundo, en este caso, al posible asaltante en la calle oscura. Una posible respuesta que utilizaban también los cognitivistas es la antigua distinción de Kenny (1963), entre el objeto formal de una emoción y el objeto particular. Así, el objeto formal representa el aspecto, o la propiedad evaluativa de una emoción, digamos el ser peligroso sería el objeto formal del miedo, o lo ofensivo de la ira, mientras que el objeto particular sería aquello que produce miedo o enojo en una ocasión particular. Pero esta sugerencia habría que evaluarla con mayor detalle y ver los pros y los contras de aceptar estos dos tipos de objetos de cada emoción, lo que iría más allá de lo que pretende este artículo.
El propósito de este breve recorrido de los dos grupos de teorías me permite hacer ahora algunas distinciones que me servirán para describir otros aspectos de la vida emocional que abordaré posteriormente.
Cuando hablamos de emociones nos referimos muchas veces a las emociones que tiene una persona en un momento dado y que tienen ciertas características ya mencionadas, a saber, a los episodios emocionales que se dan en circunstancias específicas y que tienen un objeto particular que se presenta bajo un cierto aspecto, por ejemplo, “Pedro está enojado con su hijo porque le dijo una mentira.” Pero frecuentemente también hablamos de disposiciones a tener emociones cuando se dan las circunstancias apropiadas como, por ejemplo, “A Juan le gusta encontrarse con María” y es posible que busque ocasiones para verla. Estas disposiciones emocionales pueden durar algún tiempo o toda la vida, por ejemplo, “Juan evita a su padre porque desde chico le ha tenido un gran resentimiento”. La característica importante es que tienen un objeto, pero no tienen un componente fenomenológico más que cuando se actualiza la disposición. Podemos, sin embargo, atribuir las emociones todo el tiempo porque se muestran muchas veces en la conducta (Hansberg, 1996: 99-103).20
Otros estados afectivos son, por ejemplo, los estados de ánimo, o el temperamento de una persona que lo predispone a ciertos estados de ánimo que son ambiente propicio, a su vez, para ciertos episodios emocionales. Sin embargo, lo que aquí me interesa señalar es la distinción entre los episodios de una emoción y los rasgos emocionales más permanentes como los rasgos de la personalidad o rasgos de carácter como avaro, honesto, confiable, cruel, que caracterizan a las personas y son muchas veces útiles para explicar su conducta. Estos rasgos son en parte rasgos emocionales que reflejan los valores que tiene una persona y que se muestran en sus tendencias a reaccionar de ciertas maneras en sus relaciones con otras personas y en cierto tipo de situaciones.21
Cuando queremos explicar la conducta emocional de los humanos tenemos que explicar la naturaleza de la motivación emocional. Tomar en cuenta, por ejemplo, que en los humanos el input sensorial no está siempre conectado con disposiciones conductuales sino que sirve como input a un sistema pensante que aplica conceptos y razona. A pesar de que los humanos están también sujetos a patrones de conducta parecidos a los de otras especies, esto es, a reacciones inmediatas y automáticas, los humanos tienen también la capacidad de tener emociones con una fuerte base cognitiva, que son mucho más complejas y que requieren, entre otras cosas, de estados mentales muy diversos, de capacidades conceptuales y lingüísticas, de ciertos valores y, por supuesto, de la vida en sociedad y de culturas específicas.
El tema de las relaciones entre emociones y agencia es fundamental. Sin embargo, el lugar que ocupan las emociones en las explicaciones de las acciones es un asunto en plena discusión. Así, ambos grupos de teorías que se han descrito, suponen una visión distinta tanto de las emociones como de lo que ha de entenderse por un comportamiento emocional. Pero si de lo que queremos hablar es de relaciones interpersonales y conducta humanas, tenemos que tener presente que en la vida cotidiana es común explicar acciones intencionales mencionando emociones. Es una forma de contestar a la pregunta de por qué el agente actuó como lo hizo. “La mató por celos”, “la perdonó porque le dio lástima”. Es frecuente22 también que expliquemos emociones haciendo referencia a acciones de los otros. “No volvió a hablarle desde el día en que la insultó en público.” Las emociones motivan de distintas maneras y, en los humanos, pueden motivar, junto con deseos, valoraciones, creencias, etc., de una forma tal que nos permite entender el fin o propósito de las acciones de una persona, por ejemplo, qué le atrae, y qué rechaza el agente. A veces las emociones son ellas mismas actitudes favorables23 a un tipo de acción, por ejemplo, “tengo miedo del ladrón y me escondo”. Una emoción puede dar lugar a deseos generales (digamos, el deseo de evitar daño, el deseo de proximidad) o a deseos específicos “quiero llevar a comer a Carlota”, los cuales junto con otros estados mentales como creencias, o pensamientos, pueden provocar acciones particulares como medios para lograr el fin deseado. Las emociones humanas con frecuencia no producen acciones particulares, sino disposiciones a actuar que admiten un amplio espectro de posibilidades y en las que cabe deliberar y elegir. Por supuesto, no siempre deliberamos y elegimos qué hacer. Hay acciones habituales o urgentes que hacemos sin reflexionar, pero si nos preguntaran ¿por qué lo hiciste?, daríamos razones en las que figuran deseos específicos que dependen de las características de una situación particular. Sin embargo, las emociones humanas no están siempre ligadas a la conducta. Hay casos en que una emoción puede ser meramente contemplativa como las emociones estéticas, o las que sólo dan lugar a un anhelo (wish) que el agente sabe imposible de realizar, como el duelo y el remordimiento.24
Aparte de las distintas interconexiones entre emociones y agencia en los humanos, podemos afirmar que una diferencia clave de las emociones humanas frente a las emociones de los animales no-humanos, es que los humanos, repito, tenemos conceptos y un lenguaje; somos capaces de juzgar y de razonar, y estas capacidades conforman también nuestras emociones. Como lo expresa Helm: “[…] una vez que nosotros, animales lingüísticos, adquirimos la capacidad de juicio nuestras emociones se transforman en virtud de estas interconexiones racionales, de tal manera que nuestra capacidad de discriminación no necesita ser menos refinada en nuestras emociones de lo que lo es en nuestros juicios” (Helm, 2010: 319). Esto permite que la manera directa e inmediata en que el temor, por ejemplo, que se desencadena en un niño cuando ve algo que luce aterrador pueda, después de aprender el uso del concepto de peligro, ser atribuido a cosas que no lucen aterradoras,