Lecturas de la animita. Claudia Lira Latuz
a la creencia popular, al intentar hacer “feliz” al espíritu que habita en la animita a través de objetos que hayan sido importantes para él en vida, ya sea porque le pertenecían o lo identificaban.
Destrucción de las apachetas
Cuando los españoles llegaron a tierras andinas, existían las llamadas apachetas o apachitos en los caminos altiplánicos de Perú, Bolivia, Argentina y el norte grande de Chile. La antropóloga Sonia Montecino las define como un “conjunto de piedras que constituye un espacio sagrado al que hay que retribuir en rezos u ofrendas”. Estas eran instaladas en caminos aislados, cumbres, quebradas, en una bifurcación y partes altas, donde el viajero solicita continuar su camino sin inconvenientes, protegido de fuertes vientos, tempestades y despeñados (1).
La tradición de las apachetas se encuentra profundamente arraigada en la costumbre y estilo de vida del hombre andino, con el fin de rendir homenaje y pedir protección para el viaje. Están formadas por piedras de distintos tamaños y colores, amontonadas en forma piramidal. Por otro lado, la cultura andina le otorga un valor mágico a las piedras, es decir, están dotadas de simbolismos y, al mismo tiempo, son el material más utilizado en las construcciones. El volumen de las apachitos tiene directa relación con qué tan transitado es el camino donde se encuentra, ya que aumenta de tamaño debido a los caminantes. Además de piedras, eran dejadas en las apachetas, a modo de ofrendas, granos de maíz, pestañas, plumas, lanas teñidas, hojas de coca, entre otras cosas. Cumple una función religiosa y son erigidas en honor a dioses, a la Pachamama, a espíritus del lugar, al dios del viento o a los antepasados, ya que es la encargada de llevar el pedido para lograr un “viaje feliz”.
Claudia Lira señala que estos espíritus alojados en las apachetas tenían una relación ambivalente con los hombres, por una parte eran justos y cumplidores, pero por otro también podían ser muy severos y enojarse con los viajeros si no les hacían ofrendas.
Las apachitos lograron sobrevivir a pesar de la colonización, y en la actualidad existen algunas en el norte de nuestro país. Aunque cuesta diferenciarlas de las animitas, ya que la ofrenda paso de piedras a flores y, además, empezaron a construirle casitas a su alrededor. Son justamente estas últimas las que corresponderían al culto de las alasitas. Su origen etimológico alasitas o alacitas derivaría de un verbo que en aymara significa “comprar”, por lo que alasita se traduciría a “cómprame”, y por su sonoridad en diminutivo también podría decirse como “cómprame estas cositas o miniaturas” (Acevedo, Espinoza, López, Mancini: 253). Según Claudia Lira:
El juego de las Alasitas acompaña a algunas festividades religiosas en Perú, Bolivia y el norte de Chile y consiste en reproducir el mundo en pequeño y actuar en él según las cosas que se desee conseguir. Así, si el creyente desea obtener dinero, compra dinero de juguete y realiza transacciones con personas que tienen negocios o un banco. Si se desea viajar se compran los implementos para el viaje y se le ofrenda a la Virgeno al Taytacha Jesús si es el caso. Este juego mostraría el anhelo de conseguir lo que falta en esta vida para estar mejor, es decir, daría cuenta de que lo que se pide en la mayoría de los casos en mejorar el estatus económico (111).
Esta actividad habría influido en el culto a las Apachetas y al de las animitas. A ambas se les pide no solo ayuda en los viajes por su territorio, sino que también para todo tipo de inconvenientes o deseos vía “mandas”.
Concilio de Extirpación
Durante el proceso de evangelización de la zona se decidió que las Apachetas y otros lugares sagrados para los indígenas debían ser cristianizados. Es así como el nombre de “Apachita” aparece escrito por primera vez en uno de los acápites del Concilio Limense de 1567, el cual señala que el cura debe obligar a los habitantes de cada pueblo andino a que ellos mismos destruyan las apachetas reemplazándolas por una cruz cristiana y, luego, rebautizarlas con el nombre de un santo o figura católica como, por ejemplo, la Virgen o Jesús.
Antiguamente, existía un rito similar a las actuales animitas en el sur de España, donde se levantaban altares de piedras en los caminos a todas aquellas personas que habían muerto de manera trágica.
En aquella época las personas que morían en los caminos en Europa eran enterradas en el mismo sitio, siempre que fueran de desconocida procedencia o si estaban excomulgados. Para Claudia Lira, la razón de ello es que sus almas no se encontraban en paz, pudiendo convertirse en almas en pena, provocando temor en quienes pasaban por esos caminos. Según las creencias religiosas de ese tiempo, la sola visión de los montículos de piedras indicaba la posible aparición del espíritu, pues se conjeturaba que estas almas podrían aparecerse para pedir su salvación.
Estos caminantes tenían una relación ambivalente con estos “seres divinos”, ya que podían acceder a su protección, pero debían tener precaución porque corrían los peligros asociados cuando se interactúa con los espíritus.
La tradición de las animitas conserva de las prácticas realizadas por los conquistadores, el marcar el lugar de una muerte trágica, aunque ellos también enterraban el cuerpo del difunto y, por otro lado, recoge la concepción de la apacheta como aquel lugar sagrado, donde ocurre la comunicación entre lo humano y lo divino a través de ofrendas (Thomson: 7).
Ambas prácticas están unidas por la idea de tránsito, de caminantes terrenales o entre el “mundo de los vivos” y el “mundo de los muertos”. Por otro lado el acto comunicativo mismo, es decir, la creencia en la posibilidad de conectarse con las animitas revela la estrecha relación afectiva con los muertos.
En otras palabras, la apacheta y la animita son “objetos” simbólicos que se construyen en los caminos, que están relacionados con seres que pertenecen al ámbito de lo sobrenatural (dioses o ánimas), quienes afectan a los visitantes negativa o positivamente, dependiendo de la actitud que ellos tengan en el lugar. Ambas por estar en el sitio donde habita un “ser especial”, son respetadas y temidas a la vez.
“Mala muerte”
Víctor Bascopé destaca la importancia de las almas de las personas que mueren de forma trágica, las cuales permanecen en este mundo.
Las personas que mueren en un accidente o los que son asesinados, son considerados riwutus, almas tributantes. Es decir, almas que permanecen en este mundo y no tienen acceso al camino del retorno al principio. Es interesante la devoción que tienen los andinos ante los riwutus. Ellos están en este mundo para ayudar a los vivos en todas sus necesidades. Pero también necesitan ser atendidos debidamente. En varios lugares de la zona andina se encuentran una especie de santuarios en el lugar donde fallecieron estos riwutus. A ellos no les faltan velas ni flores como ofrendas. Se puede decir que los riwutus son considerados como los bienhechores directos de las comunidades y de las personas en particular. Un ejemplo concreto es el hecho de que los yatiris, los que saben de los signos de la muerte en la lectura de la coca, tienen su riwutu personal a quien consultan en casos muy difíciles, les piden favores y muchas veces les obligan a manifestarse. Pero el yatiri tiene también la obligación de servirle adecuadamente (271-277).
Los aymaras creían que los lugares relacionados con muertos y muertes abominables eran lugares que quedaban cargados con una energía fuerte, que emanaban fuerzas peligrosas y malignas, de ahí que había que tener cuidado. Tal creencia se asentaba en la distinción entre la muerte repentina por ejemplo, un accidente, considerado como castigo o efecto de un poder maligno, y un fallecimiento natural (Van Kessel: 1)
Por lo anterior, podríamos afirmar que el culto a las animitas hundiría sus raíces en creencias y prácticas indígenas, españolas y mestizas cuya semejanza radica en la necesidad de mantener una conexión con el “más allá” que nos asista en el cumplimiento de un anhelo, sueño o deseo porque cuando los problemas de la vida abruman, la necesidad de ayuda aumenta la fe en las fuerzas sobrenaturales. Pero asimismo existe recelo, por las otras fuerzas que son igual de poderosas pero que están dispuestas a hacernos daño.
En la actualidad existen animitas en Argentina, Brasil, Perú, Paraguay y Venezuela, aunque el culto no es igual en todos ellos.