Lecturas de la animita. Claudia Lira Latuz

Lecturas de la animita - Claudia Lira Latuz


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señala: “ En todos los pueblos y religiones de la tierra se ha tenido siempre, y se tiene especial veneración por los difuntos. Esto no es cuestión de hombres primitivos o sin cultura. Es una intuición popular, es una convicción de fe, sobre todo la vivencia del encuentro con el difunto más allá de la muerte” (7).

      Durante el trabajo en terreno, pudimos apreciar el nacimiento del “objeto” animita como un proceso que implica el uso de símbolos, imágenes y estructuras tradicionales. Observamos la primera fase de construcción de dos animitas en distintos lugares, las que a pesar de tener su origen en accidentes ocurridos en circunstancias diferentes, reiteraban la necesidad de construir un “recordatorio” de una muerte trágica e inesperada que acabó con la vida de personas inocentes.

      Es interesante constatar el transcurso, como poco a poco va tomando fuerza el fenómeno, hasta que en algún momento llega a su etapa final, cuyo objetivo es la instalación de una animita que tendrá características representativas del difunto y los deudos, quienes expresarán el amor que sentían por sus familiares y el sufrimiento de su partida al “más allá”.

      El primer caso observado se encuentra en la entrada de la Autopista del Sol, al lado de la animita de “Juanito”, un hincha de Colo-Colo. Durante enero de 2010, en aquel lugar fue encontrada una mujer muerta. Joel Molina, supervisor de la autopista, nos relató que la joven era oriunda de Concepción y trabajaba de secretaria para un abogado.

      El día del crimen, ella venía en el auto de su jefe y, tras una fuerte discusión, él la dejó abandonada en la Autopista del Sol. La razón de su muerte aún es un misterio y el caso se encuentra todavía en tribunales.

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      Arquitectura fúnebre que señala un accidente trágico.

      Un mes después del crimen visitando el lugar encontramos una precaria casita de ladrillos levantada en su memoria. Para Joel, quien ha presenciado varios accidentes y ha tenido la oportunidad de ver cómo familiares de las víctimas visitan el lugar, cuenta que pronto se transformará en una animita con fotos de la joven y será decorada con recuerdos de ella.

      En febrero de 2011, la animita se encontraba totalmente construida y bien cuidada. En ella se pueden encontrar flores, objetos, la fotografía de la joven secretaria e incluso una tarjeta musical.

      El segundo caso observado, más impactante a nuestros ojos, es el ocurrido en un terreno próximo a la cárcel Colina I y Colina II y del cementerio de aquella comuna, sitio donde aconteció un accidente que marcó con sangre el comienzo del Bicentenario.

      El trágico suceso ocurrió unos minutos antes de la medianoche, cuando las familias Caro Candia, Mella Caro y Barrera Caro caminaban por la berma de la carretera General San Martín a la altura del 2400 hacia el espectáculo pirotécnico que se realizaría en el cerro Comaico, trayecto que recorrían desde hacía siete años.

      En el camino fueron atropellados por una camioneta que iba a exceso de velocidad, conducida por Víctor Vilches, quien se encontraba en estado de ebriedad. Tras intentar adelantar a un vehículo, Vilches perdió el control del volante del Station Wagon, arrollando a 20 personas, de las cuales 13 quedaron lesionados y 7 murieron, cuatro de ellos niños y tres adultos; entre ellos, la esposa del conductor.

      Dos meses después del accidente, (en febrero de 2010), en el lugar había un gran mural, con dibujos de angelitos, estrellas, flores y los nombres de las pequeñas víctimas del accidente.

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      El culto a las animitas tendría raíces indígenas, españolas y mestizas. Su función principal es mantener una conexión con el “más allá”.

      Pero sin lugar a dudas, lo que realmente nos impactó fue encontrar simbolismos que señalaban la desgracia que había sucedido. Una gran cruz de madera y tres montones de piedras, que marcaban el sitio donde los adultos murieron. Son justamente estos símbolos y ritos los que nos remiten al origen de la tradición, los antecesores de las animitas actuales, es decir, las apachetas; montones de piedras que los indígenas ponían en un lugar sagrado para rendirle culto a algún dios o a sus antepasados, la cruz que los españoles colonizadores habrían obligado a instalar en reemplazo de las apachetas y marcar el lugar de la muerte trágica.

      En febrero de 2011, un año más tarde, el lugar se encontraba intacto pero sin el mural de los niños. La cruz estaba pintada y los montones de piedras permanecían, con algún adorno o peluches. Sin embargo, no había ninguna casita o capillita, algo extraño para algunos, pero lo cierto es que no es necesario que haya una para ser una animita.

       REFERENCIAS

      Lira, Claudia. El rumor de las casitas vacías. Santiago: Ed. Instituto de Estética UC, Chile. 2004. Medio impreso.

      Feres, Raúl. “Las animitas”. Santiago: Ed. Comisión Nacional de Santuarios y Piedad Popular, 2004. Sitio web de documento de Iglesia.

      Bascopé, Víctor. El sentido de la muerte en la cosmovisión andina; El caso de los valles de Cochabamba. Arica, sitio web Scielo. Fecha de ingreso: julio 2001.

      Acevedo, Verónica; Espinoza, Ana; López, Mariel u Mancini, Clara. Temas de patrimonio cultural N° 24: Buenos Aires Boliviana. Migración, construcciones identitarias y memoria. Buenos Aires: Ed. Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2009. Sitio.

      Montecino, Sonia. Revista Patrimonio Cultural, “De piedras y cocciones. Calapurca”. Santiago: Ed. Biblioteca Nacional. Sitio web.

      Van Kessel, Juan. El ritual mortuorio de los aymara de Tarapacá como vivencia y crianza de la vida. Chungará (Arica). Sitio web Scielo. Fecha de ingreso: septiembre 1999.

      Thomson, Catarina. La construcción de una animita. Santiago: Universidad de Chile, 2004. Sitio web.

      JUAN ESCOBAR ALBORNOZ

      Preguntarse por la muerte en nuestra cultura popular implica necesariamente preguntarse por la vida. Es realizar, como diría Fidel Sepúlveda, citando a Alejo Carpentier, un “viaje a la semilla”, rastrear en una manifestación honda y profunda del ser humano, la respuesta que nos lleve en un tránsito “de la raíz a los frutos”, formulando la pregunta siempre abierta por la identidad latinoamericana.

      La muerte es un animal fatigoso y altanero, bullicioso y pendenciero; como este no hay otro igual. Cuando se llega a asomar, se siente un hielo que espanta, le sale por la garganta un gemido misterioso, se siente un miedo poroso que ningunito lo aguanta [sic]. (Parra: 115)

      Así define Violeta Parra, voz profunda de nuestro pueblo, el sentimiento de la muerte. Una muerte trágica que podría significar una pérdida del sentido, si no hubiera una manera de apuntalar este silencio, este no lugar. El lenguaje y la fe serán los encargados de llenar este entre, y mediante esa semantización, revelar el ser.

      Como plantea Octavio Paz, en Latinoamérica: “Nuestra muerte ilumina nuestra vida” (59). Es decir, la muerte nos enseña la verdad de la vida, produce ese “desvelamiento”. El ser revelándose a la vez que ocultándose, como dijera Heidegger, manifiesta su pre(e)sencia.

      Esto es lo que intentaremos abordar en este escrito, nacido de una inquietud frente a la observación de expresiones que en un primer momento podrían parecer antagónicas: lamento y celebración, pero que a partir de un examen profundo podemos intentar comprender.

      Así, junto con el sentimiento de dolor frente a la muerte, en el campo chileno, y por cierto en los nuevos asentamientos urbanos, producto de la migración campo-ciudad de los siglos XIX y XX, se manifiesta en muchos


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