Mundos y seres poshumanos en la literatura contemporánea. Sophie Dorothee von Werder
“Lo que queremos, como se suele decir, es ‘tener la técnica en nuestras manos’. Queremos dominarla. El querer dominar se hace tanto más urgente cuanto mayor es la amenaza de la técnica de escapar al dominio del hombre” (p. 10).23
Para designar la esencia de la técnica moderna, Heidegger utiliza la palabra Ge-stell.24 El Ge-stell se convierte en una amenaza para el hombre, porque este modifica fundamentalmente su relación consigo mismo y con su entorno. Al igual que Sábato, Heidegger observa que, paradójicamente, en la medida en que domina su entorno, el hombre mismo se convierte en objeto del Ge-stell:
así se pavonea tomando la figura del señor de la tierra. Con ello se expande la apariencia de que todo cuanto sale al paso existe solo en la medida en que es un artefacto del hombre. Esta apariencia hace madurar una última parte engañosa. Según ella, parece como si el hombre, en todas partes, no se encontrara más que consigo mismo (p. 21).25
Pese a lo dicho, esta situación, en realidad, “pone en peligro al hombre en relación consigo mismo y con todo lo que es”,26 y aclara que lo que amenaza al hombre “no viene en primer lugar de los efectos posiblemente mortales de las máquinas y los aparatos de la técnica. La auténtica amenaza ha abordado ya al hombre en su esencia” (p. 22).27 Para Heidegger, la destrucción de la naturaleza, por ejemplo, no simplemente se corresponde con un destrozo o con el agotamiento de los recursos naturales, sino que implica también la pérdida de un origen, de una pertenencia y una historia.
El dominio de la estructura del Ge-stell puede impedirle al hombre “entrar en un hacer salir lo oculto más originario” y “experimentar la exhortación de una verdad más inicial” (p. 23);28 en otras palabras, la técnica se le va imponiendo como un presunto y único modo de hacer salir de lo oculto, y de esta manera “empuja al hombre al peligro de abandonar su esencia libre” (p. 26).29
Por su parte, A. Huxley alerta sobre los riesgos de la organización total, que puede conducir a que no solamente se desvanezca la libertad, sino incluso el deseo de esa libertad. En su compilación de ensayos Nueva visita a un mundo feliz (1975, primera edición en inglés en 1958), se refiere a su famosa novela y explica que
El tema de la libertad y sus enemigos es enorme y lo que he escrito es indudablemente demasiado poco para hacerle plena justicia, pero, por lo menos, he abordado muchos de los aspectos del problema. [...] Quedan excluidos del cuadro [...] los enemigos mecánicos y militares de la libertad, es decir, las armas y los artificios que tanto han fortalecido a los gobernantes del mundo frente a sus gobernados (p. 2).
Deleuze y Guattari (1981) también se ocupan del impacto de la técnica en la vida humana y explican que las máquinas, si bien ya no son simples objetos usados por los sujetos, tampoco son objetos que someten a los sujetos; ahora más bien se hace imposible distinguir entre el hombre, la naturaleza y la máquina, y todo se convierte en parte de la máquina y del proceso de producción (p. 2).
Por su parte, Bieber Lake (2013), en cierta medida, actualiza las observaciones de
Heidegger al señalar que, aparte de las tecnologías, también el consumo intensifica la tendencia de convertir al otro en objeto. De esta manera, explica, la conciencia dominante de una sociedad capitalista y altamente tecnificada “tiende claramente hacia una ética utilitaria, es decir, una ética que permite que otros seres sean utilizados, en realidad consumidos”.30 En esta línea de argumentación, los últimos desarrollos relacionados con las redes sociales se pueden interpretar como un fenómeno que reafirma la tesis de Heidegger, dado que la creación y optimización de un perfil representa una suerte de autocosificación.
Con respecto a las tecnologías, aparte de las advertencias sobre sus efectos deshumanizantes, o del riesgo de que el hombre sacrifique su esencia y su libertad, últimamente surgen perspectivas pesimistas que alertan de las estructuras autoritarias inherentes a los sistemas virtuales y computarizados. Hoy en día, los planteamientos optimistas de Haraway a muchos les resultan obsoletos, ya que se evidencia que las estructuras capitalistas, patriarcales y racistas conviven muy bien con las tecnologías, las cuales se han convertido, justamente, en una herramienta poderosa para la represión y para la defensa de un statu quo. Se ha hecho visible que los servicios secretos luchan por tener la hegemonía en el espacio virtual y están preparando auténticas guerras digitales. Recordamos aquí, como ejemplos, los excesos de la llamada data-surveillance y las actividades de espionaje que el servicio secreto estadounidense ha venido desarrollando, sobre todo después de los atentados a las Torres Gemelas en 2001; o la intervención del servicio secreto ruso en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016.
Resumiendo, los centros de poder político, militar y financiero promueven los procesos de tecnificación y virtualización, porque estos los fortalecen. Los ciudadanos, mientras tanto, se acostumbran a las cámaras de seguridad y al uso, por parte de las instituciones estatales y las empresas privadas, de la información cada vez más interrelacionada que se obtiene a través de los celulares, las tarjetas de crédito, las tarjetas de fidelidad, etcétera, ya sea para fines de vigilancia o de márquetin.
En este contexto, varios teóricos consideran que estamos frente al inicio de una nueva era que está relacionada con nuevos mecanismos de control, nuevas formas de violencia y nuevas incertidumbres. La relación entre oprimidos y opresores renueva su vigencia, aunque cambien los actores y los medios. Como vaticinó Deleuze (1991), las redes de poder delatan una intensificación y sofisticación de sus dispositivos, los cuales están irrigados por las innovaciones tecnológicas y prácticamente no dejan nada fuera de control. El trabajador disciplinado de la sociedad industrial, del que hablaba Foucault, es remplazado por el consumidor controlado: “ya no es el hombre encerrado sino el hombre endeudado” (p. 3). También Martín-Barbero (2002) advierte que “las nuevas tecnologías […] hacen fuerte a un Estado [al] que refuerzan en sus posibilidades/tentaciones de control” (p. 90).
Otros cambios fundamentales se dan con la aparición de la ingeniería y la medicina genéticas. El cuerpo se comprende como información que puede ser descifrada, manipulada o reproducida. También se tiende a considerar la conciencia del hombre como parte de esta información, como algo que reside en el cuerpo y no está relacionado con una trascendencia. La actitud de Welsch (2014) al respecto es moderada. Considera que el poshumanismo es parte natural de la evolución. Sin embargo, reconoce que estamos presenciando un cambio fundamental. Por primera vez, observa Welsch, “la humanidad es capaz de evolucionar, no solo mejorando su software cultural, sino también optimizando su hardware genético”.31 Por contraste, Fukuyama (2003), en su ensayo Our Posthuman Future, alerta sobre los riesgos de que, a futuro, una supuesta eugenesia se torne cría humana. Explica que “la cría, aunque no necesariamente tendría connotación de patrocinio estatal, siempre señalaría de manera adecuada el potencial deshumanizador de la ingeniería genética”.32
Un teórico que no se refiere explícitamente al hombre poshumano, pero que será relevante en el análisis de los textos literarios, en la medida en que plantea que las innovaciones tecnológicas conducen a cambios cualitativos en la vida y conciencia del hombre, es el autor de la teoría de la simulación, Jean Baudrillard. Ya en su obra temprana reflexiona acerca de los simulacros que aparecen relacionados con una teoría del consumo. Como el mundo del consumo es un mundo imaginario y engañoso, el signo enmascara y diluye la realidad, y comienzan a establecerse los simulacros. Sin embargo, Baudrillard desarrolla la teoría de la simulación y de la hiperrealidad, como tal, en la segunda fase de su creación, cuando habla de la “era de la simulación”, de una “semiocracia” y de un “bombardeo de signos” (1976, pp. 90-119; 1978, p. 131), y términos como simulacro o hiperrealidad se desarrollan sistemáticamente, sobre todo en sus obras L’Échange symbolique et la mort (1976) y “La precesión de los simulacros” (1978). En la era de la simulación, según el autor, el valor referencial de los signos se pierde, por lo que estos se vuelven autónomos y pueden preceder a la realidad. De esta manera, se establece la hiperrealidad que va invadiendo y, finalmente, expulsando
la realidad. Distinguir entre la realidad y la ficción ahora es imposible, porque la única realidad se compone de un sistema de signos autorreferentes; no hay una superficie que se pueda penetrar para acceder a otro plano más profundo o verdadero, porque los simulacros