El hijo inconcebible. Beatriz M. Rodríguez
espectrales sollozos,
Ella murió.
Su cabeza cayó como una hoja...
Ted Hughes, Revenge Fable
La esterilidad es un fenómeno universal. Tan antigua como la humanidad misma, ha sido experimentada como una evidencia del encono divino, una maldición, una herida narcisística, expresión de incompletud o anticipación de la muerte. Como puede advertirse su sentido no es unívoco, sino que le es otorgado por los patrones culturales imperantes y si bien algunas veces la dificultad para procrear puede estar en sólo un miembro de la pareja, existe probablemente en el otro algún tipo de conflicto que es desplazado en el cónyuge, de modo que estrictamente debiera ser considerada como un fenómeno de la pareja.
No puedo dejar de destacar, empero, la intensa resistencia del hombre en general, y aun hoy del médico en particular, para reconocer alguna responsabilidad del varón en ella. El motivo de que esto ocurra es, precisamente, porque tal reconocimiento altera cierto orden y coherencia sociales: para muchas sociedades —la nuestra entre ellas— el honor está íntimamente ligado al concepto de virilidad. En efecto, el ideal del hombre honorable está contenido en expresiones tales como hombría e integridad, involucrando, en un sentido vulgar, la quintaesencia física del macho (sus testículos); de ello puede deducirse obviamente que el concepto contrario implica la vivencia de mutilación, es decir significa castrado: en tanto se equipara la potencia sexual a la función genésica.
El primer texto psicoanalítico en que se menciona la esterilidad son los minuciosos informes clínicos de las Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente, mejor conocido como “caso Schreber”, donde Freud afirma que: “acaso el doctor Schreber forjó la fantasía de que si él fuera mujer sería más apto para tener hijos y así halló el camino para resituarse en la postura femenina frente al padre, de la primera infancia” (Freud, S.; 1910:54). El ulterior delirio de Schreber, según el cual por su emasculación el mundo se poblaría de hombres nuevos de “espíritu schreberiano”, estaba orientado a subsanar su falta de descendencia.
El doctor Schreber manifestó haber estado enfermo en dos oportunidades, la primera en el otoño de 1884. “Tras la curación de mi primera enfermedad —reseñó—, he convivido con mi esposa ocho años, asaz felices en general, ricos también en honores externos y sólo de tiempo en tiempo turbados por la repetida frustración de la esperanza de concebir hijos” (Freud, S.; 1910:13).
Debemos, asimismo, a las observaciones efectuadas por Franz Baumeyer, el conocimiento más detallado acerca de datos complementarios sobre la vida de Schreber, el más importante es quizá el concerniente a su esposa, quien tuvo en el transcurso de su matrimonio seis embarazos infructuosos (hijos nacidos muertos o abortos), de los cuales informó luego su hija adoptiva.
La falta de hijos debió resultarle particularmente penosa, si consideramos, tal como lo revelara su delirio, que Schreber poseía un acentuado orgullo familiar. Luego de la muerte de su hermano era el único descendiente varón de su familia, por ello en su fantasía ocupa un lugar destacado la ilusión de parir él mismo.
Diez años más tarde, en Psicoanálisis y telepatía, Freud volverá a hacer referencia a la esterilidad, particularmente a la esterilidad masculina, al relatar el caso, por cierto revelador, de una mujer, que a punto de someterse a una intervención ginecológica es disuadida por su marido, quien le confiesa ser él quien había perdido la capacidad para engendrar: “Sólo una cosa faltaba: no tenían hijos. Ahora tiene 27 años, casada hace 8, vive en Alemania y tras vencer todos los reparos acudió a un ginecólogo de allí. Pero este, con la desaprensión habitual en los especialistas, le prometió éxito si se sometía a una pequeña operación. Ella está dispuesta, al atardecer del día anterior habla con su marido. Van cayendo las sombras, ella quiere encender la luz. El marido le pide que no lo haga, tiene algo que decirle para lo cual prefiere la oscuridad. Que desista de la operación, la culpa de la falta de hijos está en él” (Freud, S. 1921:178).
Es difícil discernir por qué Freud, habiendo relatado con tal minuciosidad este episodio, no profundizó el análisis del mismo. Sólo podemos suponer que el propio Freud no escapó a los condicionantes culturales de su época. La esterilidad masculina ha sido y aún es hoy, una manifestación comúnmente silenciada. Muchas sociedades, para ocultarla, han arbitrado ingeniosas instituciones que garantizan la paternidad a cada varón. En tal sentido es sumamente eficaz la actitud de los Same de Burkina-Fasso (Alto Volta), quienes permiten a las jóvenes púberes, antes de ser entregadas a un marido, elegir un compañero que las visite de modo oficial durante algunos años; la joven sólo se reunirá con su marido cuando nazca un niño que será considerado el primogénito de la unión legítima. Entre los Same un hombre puede tener varias esposas legítimas, lo cual depende de las alianzas que haya logrado procurarse e implica, al menos, tantos hijos como esposas.
Más difundido a su vez, el levirato, por el que una viuda se casa con un hermano menor o un primo de su marido difunto, permite a un hombre engendrar hijos para el muerto, a quien suplanta, para que el nombre de éste no sea borrado de su pueblo.
Estas, como otras instituciones de efecto similar representan un modo, sostenido y legitimado por la cultura, de ocultar la esterilidad masculina.[nota1]
Ahora bien, si la esterilidad ha sido históricamente atribuida a la mujer considerando a la primera inserta en lo que se podría llamar el hecho femenino, que comprende los fenómenos ligados a la reproducción, al sexo y a las hoy llamadas crisis vitales de la mujer, lo que está en juego, como puede verse, es el concepto mismo de mujer y no exclusivamente la falta de descendencia.
Ninguna cultura se ha mantenido neutral ante la aparición de las reglas femeninas inspiradoras de miedo reverente. La menarca y la menstruación, así como el parto, el puerperio y la menopausia, han sido muchas veces objeto de tabú, por cuanto implican la aparición o desaparición del sangrado femenino, generador de inquietud y extrañeza.
En general, el término tabú alude del mismo modo a las personas y objetos sagrados, como a aquellos a los que se designa impuros; de hecho puede ser tabú: tanto una emanación mágica desprendida de un objeto, como del nombre que lo designa. Gran parte de las normas reguladoras de los tabúes, se fundan en los principios de la magia homeopática, según la cual “lo semejante produce lo semejante”.
El Levítico previene sobre este contacto: “Si el marido se junta con ella en el tiempo de la sangre menstrual, quedará inmundo siete días y toda cama en que durmiere quedará inmunda” (Levítico; 15, 24). Y es igualmente preciso en las advertencias respecto del puerperio: “Si la mujer, cuando hubiere concebido, pariere varón, quedará inmunda siete días, separada como en los días de regla menstrual. Al día octavo será circuncidado el niño. Mas ella permanecerá treinta y tres días purificándose de su sangre. No tocará ninguna cosa santa, ni entrará en el Santuario hasta que se cumplan los días de la purificación. Mas si pariere hembra, estará inmunda dos semanas, según el rito acerca del flujo menstrual y por sesenta y seis días quedará purificándose de su sangre” (Levítico; 12, 2-5).
Frazer llamó la atención sobre la impureza ritual de las mujeres en la ley mosaica y su analogía a otras costumbres que han existido (y todavía existen) entre tribus de distintas partes del mundo. Para éstas la mujer menstruante debe abstenerse de tocar la vajilla y los alimentos, compartir el lecho con su esposo o tocar las vestiduras y utensilios de éste y aun, en ciertos casos, mencionar su nombre, pues de hacerlo seguramente le acaecería un grave daño.
Igualmente riesgoso es considerado el contacto con la mujer parturienta. Historiadores y antropólogos nos han brindado numerosas precisiones acerca de las costumbres que previenen ese contacto. Así, en Tahití una mujer en el puerperio era recluida en una choza construida en terreno sagrado, e impedida de tocar los alimentos, debía ser alimentada por otra mujer. El recién nacido participaba de las mismas restricciones que su madre hasta la celebración de la ceremonia de purificación.
Algunas tribus bantúes abrigaban nociones aún más exageradas acerca del daño causado por una mujer, cuando ésta por ejemplo había tenido un aborto.
Según