El hijo inconcebible. Beatriz M. Rodríguez

El hijo inconcebible - Beatriz M. Rodríguez


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un hijo, a quien se dio por nombre Isaac. Al cumplir cuarenta años Isaac se casó con Rebeca, también estéril, quien obtuvo de Dios la virtud de concebir y tuvo dos hijos: Esaú y Jacob, que eran gemelos. Isaac tenía sesenta años al nacer los niños. Lo notable del relato bíblico es la serie de reiteraciones con que prosigue: tal como su padre, Isaac es bendecido por Dios, que le asegura “multiplicaré tu posteridad como las estrellas del cielo”; habiendo sobrevenido hambre en aquel lugar, Isaac igualmente marcha a Gerara, país de Abimelec, rey de los filisteos y del mismo modo Isaac dice de su mujer que era hermana suya, temiendo confesar que era su esposa y ser muerto a causa de la belleza de ésta; por último también él abandona el lugar llevando consigo grandes riquezas.

      ¿Cuál es el sentido de tales repeticiones? ¿Por qué la insistencia del cronista? En tanto es previo a la aparición de la ley mosaica el texto tiene, ciertamente, una intención ejemplificadora, aunque es posible advertir que la sucesión de los hechos, tal como acontece en los sueños, no sigue una secuencia coherente. Sería más verosímil si se antepone la falta a la penitencia. Es decir: mientras la esposa es joven y hermosa, el marido le pide que diga de él ser su hermano cada vez que se encuentren en tierra extranjera; al ser tomada la mujer sobreviene el castigo divino (necesariamente similar al pecado); con la penitencia, la reparación y el tiempo, llega nuevamente la bendición de Dios.

      Obviamente no es fortuito que también el faraón y su familia, tanto como Abimelec, fueran castigados. Anterior a la ley taliónica (ojo por ojo; diente por diente) y de algún modo precursor de la misma, este episodio tiene un sentido ejemplar. Según la Ley del Talión, la expiación debe ser semejante al pecado: un asesinato sólo se pagará con el sacrificio de otra vida, una herida, por herida similar; por consiguiente no es casual que el adulterio sea castigado con la esterilidad, ya que en el mismo el agravio es ejercido sobre la descendencia y su legitimidad. Al alterar el orden de los sucesos, el cronista intenta disimular la consumación del adulterio, pretendiendo que el mismo no ha tenido lugar; sin embargo es a partir de tal consumación que el mito bíblico adquiere su significación. Por cierto, la esterilidad devino simultáneamente una manera de proteger el linaje.

      En la cultura faraónica egipcia, igualmente impregnada de religión, las familias mostraban también su preocupación por mantener el linaje, rasgo que se advierte en el hecho de dar al hijo el nombre del abuelo. La fertilidad constituía una preocupación fundamental; las figuras femeninas en barro, con formas que exaltan y exageran los genitales, halladas en las capillas de Hathor, eran ofrendas que las propias mujeres hacían en favor de su fecundidad.

      Los antiguos romanos, asimismo, protegieron el linaje promoviendo los matrimonies precoces. (La necesidad de casar a las niñas antes de la pubertad tenía entre los médicos de entonces una supuesta base científica, pues se creía que una relación sexual precoz estimulaba la aparición de las primeras reglas.) Los maridos exigían la virginidad y se sancionaba severamente el adulterio, haciéndose el Estado cargo del control de la fidelidad de las esposas matronas. La prueba de la virginidad de la joven esposa, aportada por sus padres, era la sábana —manchada— de la desfloración de bodas. La virginidad de una esclava, por su parte, aumentaba el precio de ésta. Las mujeres esclavas reproducían la masa servil; empero había entre ellas diversas categorías: algunas estaban destinadas a la reproducción, otras al placer de sus amos.

      Puesto que se consideraba una virtud cívica la protección de la pureza y legitimidad de la descendencia de un ciudadano, la prevención del adulterio requería de un atuendo honorable que llevaban todas las romanas esposas legítimas, viudas o divorciadas. Pero se juzgaba que una mujer honorable tampoco debía seducir a su marido. Como la finalidad del matrimonio romano era la procreación, más aún a partir de las leyes de Augusto, que prohibían recibir legados a los hombres célibes; las familias, al igual que la sociedad, esperaban que la mujer diera tres hijos —exigidos por la ley— a su marido, a fin de que éste pudiera heredar. Hasta tanto satisfacían la fórmula del derecho romano, las casadas se dirigían a los santuarios y consumían peligrosos remedios contra la esterilidad. Ahora bien, teniendo en cuenta que el embarazo y el parto encerraban el riesgo de muerte, las mujeres legítimas en la clase alta eran educadas en la continencia, de modo que limitaban sus relaciones conyugales a los momentos indispensables para la concepción de estos tres hijos necesarios. El peso de los riesgos perinatales que así se evitaban, recaía sobre concubinas infames y esclavas que las mujeres ofrecían a sus esposos para satisfacer los apetitos sexuales de éstos;[nota5] los métodos anticonceptivos eran ineficaces, la práctica de la sodomía era deplorada y el proceder sexual extraconyugal del varón difería de su conducta sexual conyugal (el primero estaba encaminado al logro del placer, en tanto el segundo conducía a la obtención de descendencia legítima).

      Evidentemente la esterilidad fue una preocupación por distintas razones a lo largo de la historia de la humanidad; ya fuera un signo manifiesto de la cólera de los dioses; castigo por adulterio o evidente desprecio conyugal; ya una anticipación de la muerte o vivencia de castración, su amenazadora presencia fue el origen de infinidad de prácticas —religiosas y paganas— para eludirla.

      La literatura universal da cuenta de ello a través de significativas historias en las que el deseo manifiesto opera como conjuro frente a la esterilidad (bajo la forma de omnipotencia del pensamiento). La conocida narración “Blancanieves”, de los Hermanos Grimm, comienza del siguiente modo: “Había una vez, en pleno invierno, cuando los copos de nieve caen sin cesar del cielo, una reina que estaba sentada junto a un ventanal cuyo marco era de ébano negro. Mientras cosía, miraba la nieve a través de la ventana, pero, de pronto se pinchó el dedo y tres gotas de sangre cayeron sobre la nieve...” (Bettelheim, B.; 1983:282). La reina no tenía hijos, pero al ver la sangre expresó su anhelo: deseaba tener una niña tan blanca como la nieve, cuyos labios fueran tan rojos como la sangre y con el cabello tan negro como el ébano. Poco tiempo después nació una niña, a la que se llamó Blancanieves, pues era blanca como la nieve, con labios rojos como la sangre y de negros cabellos. La reina murió. En este, como en muchos cuentos populares, se relaciona la sexualidad con la muerte. El número tres, en el inconsciente, está íntimamente vinculado con el sexo; la sangre remite a la hemorragia menstrual.

      La historia de “La bella durmiente” reitera la fórmula: esterilidad - alegato de deseo - realización. La pareja real ansía descendencia, pues es esto lo único que le falta para colmar su felicidad (“¡Oh, si pudiéramos tener un hijo!”); la enunciación del deseo opera como un conjuro, evidenciando la sobrestimación de la potestad del pensamiento, el poder mágico de la palabra. En tanto en el poema dramático “Yerma” de Federico García Lorca, clásico del teatro, la incapacidad de la protagonista para acceder al ideal cultural de la maternidad, la remite indefectiblemente al vacío, a la absoluta falta de sentido.

      La equivalencia entre esterilidad y muerte es expresada en una de las más bellas obras de la literatura fantástica contemporánea, el libreto para la ópera de Richard Strauss La mujer sin sombra, del poeta austríaco Hugo von Hofmannsthal. Los personajes de este cuento de hadas tienen distintos orígenes, ya que unos pertenecen al mundo terrestre y otros al reino de lo sobrenatural, cuyo amo invisible es Keikobad: de la unión de este espíritu con una mortal ha nacido una joven de extraordinaria belleza, un hada que posee la virtud de adoptar formas animales gracias a un talismán que le entregara su padre. Un día correteando por el bosque convertida en gacela, es atacada por el halcón del emperador de aquella región oriental. Antes de que el soberano llegara a herirla, la joven recupera su forma. Ambos se enamoran y el monarca la toma por esposa; mas en su celoso amor la mantiene alejada de los hombres. Sobre la emperatriz empero, pesaba una maldición: si no lograba en el término de un año proyectar su sombra (sinónimo de fecundidad), su esposo quedaría convertido en estatua de piedra; mas ella es advertida cuando casi no le queda tiempo: el plazo expira en apenas tres días. Afligida la soberana solicita la protección de su nodriza, quien le aconseja dirigirse al mundo terrenal, para allí procurarse una sombra.

      Una vez entre los hombres la nodriza escoge para su propósito la casa de un humilde tintorero, Barak, cuya esposa lo rechaza desdeñosamente, negándose además a tener hijos. La nodriza pone inmediatamente en práctica sus mágicos poderes: a través de un deslumbrante espejo, hace aparecer ante los ojos atónitos de la descontenta tintorera, una visión (similar a una de las


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