El hijo inconcebible. Beatriz M. Rodríguez
marchitaba las flores, secaba los árboles y hasta paralizaba el movimiento de las serpientes.
Las supersticiones de civilizaciones más avanzadas no son menos extravagantes: en la Historia natural de Plinio, citada por Frazer, la lista de los peligros que pueden proceder de la menstruación “es más larga que la de los propios bárbaros. Según Plinio, el tacto de una mujer menstruante convertía el vino en vinagre, atizonaba los granos, mataba los semilleros, plagaba las huertas de parásitos, hacía caer prematuramente los frutos de los árboles, nublaba los espejos, embotaba las navajas, oxidaba el hierro y el latón..., hacía abortar a las yeguas y así sucesivamente.” (Frazer, J. 1890:681)
En nuestros días, bajo formas atenuadas o ingenuas el tabú subsiste en creencias tales como que si una mujer con sus reglas toca cerveza o leche, ésta se agriará; si bate una mayonesa se cortará... Aún hoy, en Latinoamérica, muchas madres si bien desconocen el origen o el sentido de sus consejos, recomiendan a sus hijas púberes abstenerse de tocar flores (a riesgo de marchitarlas) durante su menstruación, de bañarse o lavarse el cabello (es decir, por desplazamiento, abstenerse de tocar agua a riesgo de secar la fuente).
Hasta fines del siglo pasado todas las funciones orgánicas femeninas, en particular las reglas —su aparición y su ausencia— fueron consideradas necesariamente enfermas.
Freud articuló el tabú de la menstruación, con el tabú de la virginidad observado como advirtió, casi sin excepciones, por pueblos primitivos. Estos —dijo— hacen consumar la desfloración fuera del matrimonio, algunas veces combinando la perforación del himen con un coito ritual, otras encargando a una anciana esta tarea. El primer acto sexual no debe realizarlo el novio. El horror de los primitivos a la sangre femenina es comprensible en tanto “el primitivo no puede mantener exento de representaciones sádicas el enigmático fenómeno del flujo mensual catamenial. De hecho interpreta la menstruación como evidencia del comercio sexual de la mujer con algún espíritu o demonio, por lo cual la misma deviene tabú” (Freud, S. 1917:193). Freud explicó dicha conducta combinando dos posibles motivos complementarios: el horror ante la sangre y la angustia del primitivo frente a lo nuevo, lo ominoso.
La tercera explicación posible pone en evidencia que el tabú de la virginidad, observado por los primitivos, no es sino uno más de los aspectos tabuados de la sexualidad femenina y de la mujer misma. En efecto, como hemos visto no sólo la desfloración es tabú, lo es el sexo, el embarazo, el parto, el puerperio: la vida de la mujer y el contacto con ésta, están sometidos a rígidas limitaciones.
Ahora bien, allí donde hay un tabú es posible suponer la inminencia de un peligro. La hembra parece ajena y hostil al varón; puede ejercer su influjo sobre el hombre y éste debilitarse y perder sus habilidades. El psicoanálisis, empero, nos ha enseñado que detrás de cada temor es posible encontrar un deseo encubierto; frente a la posibilidad de muerte que una riesgosa misión implica, el anhelo inmediato remite a la actividad sexual, vinculada con la vida. Pero es la mujer justamente quien parece dominar estas potencias. “La omnipotencia femenina y maternal ocupa en verdad un lugar destacado en el imaginario masculino” (Tort, M.; 1994:126). Para eludir su nefasto ascendiente, los primitivos erigieron una serie de preceptos de evitación, que eran observados en cada oportunidad en que el varón se hallaba ante una empresa considerada importante.
Así, apartado de la mujer y en particular del comercio sexual con ésta, el primitivo creía preservar su potencia e integridad.
A fines del siglo XIX la ciencia ofrecía ya, sólidas explicaciones para proceder de modo semejante, basadas en la “ley fisiológica de conservación de la energía”. De acuerdo al primer postulado de la misma, cada cuerpo humano contiene un monto limitado de energía que puede desplazarse de un órgano, o función, a otro. Ello implica que determinado órgano puede desarrollarse a expensas de los demás, restando energía a aquellos que no se desarrollan. Los órganos sexuales, en particular, compiten con otros órganos para adjudicarse la energía del cuerpo. Las implicancias de esta teoría en los roles masculino y femenino fueron de gran importancia: “la temible devoradora, con su lujuria insaciable, había dejado paso al ángel de la casa, un ser dependiente, casto, desexualizado e inocuo...” (Fox Keller, E.; 1991:69) Si la mujer debía concentrar su energía en el vientre, reservándola para la maternidad; el hombre, en cambio debía evitar el riesgo de la actividad sexual y dedicar su energía a fines más elevados. El segundo postulado de esta teoría enfatizaba que la reproducción era el aspecto fundamental de la vida biológica de la mujer. El varón, por lo contrario, no podía permitir que el sexo drenara sus fuerzas, apartándolo de sus deberes civilizadores.
Resabio de esta teoría, actualmente, es la práctica generalizada entre los deportistas de “concentrarse” los días previos a torneos y campeonatos, en lugares aislados, evitando la actividad sexual.
La mujer, misteriosa e incomprensible, deviene peligrosa para estos modernos héroes.
Pero ¿en qué elementos está basada su supuesta peligrosidad? El psicoanálisis cree poder fundamentar el horror a la mujer en el influjo del complejo de castración. El temor a la castración asociado a una visión: los terroríficos genitales de la madre, que enfatizan el carácter supuestamente “real” de la amenaza. Empero ello no explica por ejemplo las mutilaciones a que todavía son sometidas las niñas en muchos países de África, Medio Oriente, Indonesia o Malasia. En estos, se practica un tipo de “circuncisión” [nota2] que implica la ablación total o parcial del clítoris, la extirpación de las ninfas (labios menores de la vulva) y en algunos países, tales como Sudán o Egipto por ejemplo, la infibulación: oclusión casi completa del orificio vaginal, que limita el amenazante erotismo de la mujer, excluyéndola de toda posibilidad de placer sexual y que obliga a la joven a atravesar una desfloración necesariamente traumática. La circuncisión —masculina o femenina— justificada aún hoy con inconsistentes argumentos higiénicos, pretendidamente científicos, no es sino una mutilación ritual que procura eliminar aspectos “indeseables” no correspondientes al propio sexo, tanto en el varón como en la mujer: del primero el femenino y vaginal prepucio; de la segunda el clítoris, considerado viril. Mas en esta última, a la vez que suprime rasgos de bisexualidad, restringe y controla toda voluptuosidad.
La capacidad para transmitir la vida evoca sin duda la facultad de quitarla. Tal potestad se expresa en el carácter mágico atribuido a los inquietantes flujos femeninos y por ello ha generado fantasías y temores respecto de su capacidad reproductora, supuesta ilimitada y omnipotente.
Idéntico sentido ha sido otorgado a la sexualidad de la mujer, representada como una fuerza inagotable y devoradora. Si el placer sexual de la mujer es efectivamente mayor que el del varón, no deja de ser una incógnita; es cierto, no obstante, que se le atribuye un goce desenfrenado y lúbrico.
La angustia provocada por tal exuberancia ha sido motivadora de la leyenda de Tiresias, célebre adivino tebano, quien en medio de un paseo vio dos serpientes en cópula y las separó. De acuerdo al mito, Tiresias quedó convertido en mujer como consecuencia de este acto y permaneció así por siete años, llegando a ser una ramera célebre; hasta que paseando por el mismo lugar, al ver nuevamente dos serpientes acopladas y repetir su intervención, recuperó su sexo original. En cierta ocasión en que Hera reprochaba a Zeus sus numerosas infidelidades, él las defendió alegando que en todo caso, cuando compartían el lecho era ella quien experimentaba mayor placer, pues a su juicio las mujeres gozan en el amor infinitamente más que los hombres.[nota3] Tiresias fue llamado para arbitrar la disputa y no dudó, afirmando que: si de diez partes se componía el goce sexual, una correspondía al varón y nueve a la mujer. Furiosa Hera, al ver revelado el secreto de su sexo, le quitó la vista (la privación de la vista nos es bien conocida como equivalente simbólico de la castración); mientras que Zeus, en cambio, lo compensó con la longevidad, agregando a su vida siete generaciones y le otorgó el don de la clarividencia. Así, Tiresias adquirió la “visión interior”, al tiempo que sus dotes adivinatorias.
Curiosamente, en ocasión de un encuentro psicoanalítico, mientras narraba esta leyenda, cierto conferenciante cometió un significativo lapsus cuando afirmó que Tiresias había develado el misterio femenino: “la mujer goza nueve meses más”. En efecto el imaginario social constriñe el lugar de la feminidad a