El hijo inconcebible. Beatriz M. Rodríguez
unos pececillos, que caen uno tras otro en la sartén. Se oyen entonces “unas voces angustiosas que parecen provenir del hornillo donde se fríen los peces. Estas voces extrañas y lejanas, pertenecen a los niños no concebidos que imploran se les redima de las tinieblas y el temor, reclamando ansiosamente a sus padres”.[nota6] Entretanto el emperador ha advertido la ausencia de su mujer, creyéndose traicionado y acosado por sus celos egoístas, ingresa en un templo de piedra, semejante a una tumba. Mientras esto sucede la emperatriz reflexiona, profundamente impresionada por la bondad e inocencia del indulgente Barak. Conmovida por la mirada triste del hombre se siente culpable: su actitud atraerá la desgracia a los hombres, mas su marido morirá si ella no consigue la sombra para poder darle hijos.
Cuando la tintorera renuncia a su sombra, que se desprende de ella, y al advertir que su marido se muestra furioso comprende el alcance de su pacto, por p rimera vez siente respeto y amor por él. En una cárcel subterránea se encuentran sin saberlo Barak y su mujer, cada cual pensando en el otro, con un amor que nunca antes habían sentido, buscándose entre las tinieblas.
El mundo de los espíritus recibe entonces a los cuatro seres para someterlos a las pruebas finales. La emperatriz, arrepentida, no desea ya la sombra y reclama el juicio de Keikobad. Por tres veces es tentada; pero resiste, salvándose a sí misma, al emperador y a la pareja humana. Al igual que la verdadera madre del Juicio Salomónico, es capaz de renunciar a todo por el hijo, inclusive al hijo mismo. Su renuncia tiene un efecto paradojal: el emperador revive y abraza a su mujer, convertida definitivamente en una mujer humana. Barak se acerca ahora a su esposa, atraído por la sombra que ésta proyecta.
Si este cuento gira en torno a la oposición de dos mundos: uno terreno y otro sobrenatural, es porque ambos tienen significación diversa. El primero corresponde a la existencia mortal, a la realidad corporal monosexuada, a la transmisión de la vida que sólo es posible, paradójicamente, a partir de la sustitución de una generación por otra, es decir a partir de la aceptación de la muerte; el segundo al universo narcisista de la infancia, donde todo es factible, desde la inmortalidad y la eterna juventud, hasta la bisexualidad o el cambio de forma y naturaleza a voluntad.
Pero la esterilidad es en el cuento también significada por la muerte (otra muerte), ya que de no proyectar sombra la emperatriz, su marido quedará convertido en piedra. La joven comprende empero que la muerte es necesaria para conservar la vida.
La tintorera, bella e insatisfecha, es la contracara de la emperatriz; incapaz de renunciar a un cuerpo hermoso sometiéndose a la metamorfosis que la maternidad implica e incapaz, asimismo, de acceder al pleno amor de objeto, conserva, en su complacencia e inaccesibilidad, una posición libidinal inexpugnable (Freud, S.; 1914:86).
La efectividad de los cuentos está en última instancia determinada por su contenido simbólico y el dramatismo de su desenlace. En éste, finalmente, se pone de manifiesto que para alcanzar la maternidad-paternidad la inclusión del otro en el vínculo es absolutamente necesaria.
Al hijo no puede accederse desde el deseo individual, sino desde la realidad significada por la sexualidad diferenciada. Por cierto, esta realidad trae consigo el envejecimiento y la muerte.
1. Muchas sociedades han instituido soluciones no técnicas a la esterilidad, legitimadas por el imaginario colectivo, algunas aparecen hoy como equivalentes de la oferta proveniente de las técnicas de reproducción asistida. El amante prenupcial desempeña el papel de donante con inseminación por vías naturales; en el levirato encontramos, de alguna manera, el equivalente de la inseminación post mortem.
2. La práctica de la circuncisión femenina continúa hoy en “Egipto, Nueva Guinea, Australia, grupos islámicos del Asia Oriental, India y África, grupos indígenas de América del Sur, en especial Perú, Brasil y Colombia”. Jorge Alberto Franco. Sexualidad humana; normal y patológica. CTM. Buenos Aires. 1995.
3. Una fantasía popular hace a muchos hombres sostener: “de haber sido yo mujer, habría sido muy puta...”, en la ingenua convicción de que la promiscuidad permite a la mujer el goce sin límites que un solo hombre no puede proporcionarle, ni puede proporcionarse a sí mismo.
4. “Vióse Abrahán ya viejo, (...) y dijo al criado más anciano de su casa y mayordomo de cuanto tenía: Pon tu mano debajo de mi muslo, para tomarte juramento por el Señor, (...) que no casarás a mi hijo con mujer de las hijas de los cananeos, entre los cuales habito....” Génesis 24, 2-3
5.De modo similar en la sociedad helénica, según Demóstenes “Tenemos hetairas para nuestro placer, concubinas para nuestras necesidades diarias y esposas para que nos den hijos legítimos y administren la casa”.
6. La mujer sin sombra. Argumento para la ópera de Richard Strauss. Fundación Teatro Colón de la ciudad de Buenos Aires. Temporada 1979.
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