El hijo inconcebible. Beatriz M. Rodríguez

El hijo inconcebible - Beatriz M. Rodríguez


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entre un ciudadano, por una parte y un esclavo, un extranjero o una prostituta por otra. En la cultura helénica los esposos y esposas vivían en esferas separadas, el matrimonio estaba limitado a los fines de la procreación, pero las relaciones sexuales no implicaban una reciprocidad entre iguales. Tal como se advierte a partir del examen de las vasijas áticas, la postura de coito heterosexual más frecuente era con la mujer inclinada, mientras el hombre, de pie, la penetraba desde atrás. Una postura, en suma, similar a la penetración anal, que de modo casi universal indica dominancia.

      Esta aclaración nos permite comprender de qué manera evitaba Layo, según la leyenda, la descendencia; así como el modo en que Yocasta pudo engañarlo. También explica el porqué de la maldición: mantener relaciones sexuales con penetración anal era equivalente, de acuerdo a la práctica socialmente consensuada, a deshonrar al amante, tratándolo como a un esclavo. Al romper las reglas de reciprocidad que se imponían entre amantes, tanto como entre huéspedes, Layo humilla a Crisipo, quien de este modo se ve obligado a abandonar su lugar como depositario del sagrado culto de sus antepasados. Ultrajado Crisipo deja de ser un ciudadano y su incapacidad para las prácticas rituales impide que los muertos sean evocados. En consecuencia, si los antecesores de Pélobe habrían de ser olvidados definitivamente, merced al crimen de Layo, su merecido castigo sería la esterilidad, o en todo caso su equivalente: la muerte. La fecundidad implicaba, por cierto, la memoria de los pueblos, un hijo era garante del recuerdo de sus mayores, de ello se desprende el valor que en ciertos clanes tenía la fertilidad y el porqué se la alentaba.

      Entre las supersticiones ligadas a la magia sexual, quizá ninguna sea tan sugestiva como la de la mandrágora cuya leyenda, hoy casi olvidada, no carecía de popularidad en la antigüedad y el Medioevo. El pensamiento ocultista le asignaba a su raíz una serie de poderosos atributos mágicos entre los que se contaba el de hacer fecundas a las mujeres estériles y su efectividad como talismán era portentosa si se la arrancaba al pie de una horca, preferentemente si había sido rociada con el esperma de un individuo ajusticiado. Sus virtudes estaban fundadas en la semejanza de este vegetal con la figura humana. La mandrágora era concebida como un homúnculo prodigioso producto de la unión, en una cópula fantástica, de un ser sobrenatural con la tierra y el grito trágico de la raíz, considerado una expresión de la agresiva protesta de la misma contra quien la arrancaba de las entrañas de su madre.

      Frazer informó que en las regiones centrales de Madagascar existen ciertas piedras a las que recurren las mujeres que no han tenido descendencia. Esas mujeres llevan consigo un poco de aceite o de grasa con la que untan la piedra, al mismo tiempo que la apostrofan y le prometen que si les concede un hijo volverán y derramarán sobre ella más aceite. En otras regiones se han observado ritos de fricción y de deslizamiento, practicados con la intención de concebir, sobre ciertas piedras a las que se atribuyeron cualidades fecundantes, ya fuera gracias al contacto con el espíritu que habita en ellas (magia contaminante), ya por su forma (magia homeopática). Los lupercos, en la antigua Roma, azotaban cada año a las mujeres que encontraban a su paso, durante la celebración de las fiestas llamadas Lupercalia, pues creían con ello volverlas fecundas. Por su parte los bagandas de África Central solían repudiar a las mujeres sin hijos, pues creían “que una mujer estéril infectará el huerto de su marido con su propia esterilidad, e impedirá que los árboles tengan frutos” (Frazer, J.; 1890:53).

      Aún hoy el repudio es una práctica frecuente e infinidad de mujeres de Asia y África estiman el mayor desastre imaginable su fracaso en concebir, pues lo más probable sería entonces que el marido tomase otra esposa o se divorciara de ellas devolviéndolas a su familia de origen. Recordemos, sin ir más lejos, la inocultable esterilidad de la princesa Soraya, que conmovió a la opinión pública hace algunas décadas, e implicó el triste final de su “historia de amor” con el shah Reza Pahlevi.

      Si en la actualidad la perspectiva médica realiza una lectura de la esterilidad como síntoma (remitiéndola indefectiblemente a una enfermedad); en la mitología la falta de descendencia está siempre asociada a un castigo de la divinidad. En las historias del Antiguo Testamento ha sido el resultado de una maldición. Así, por ejemplo, Micol hija de Saúl, quien fuera primero esposa de David y más tarde entregada por su padre en matrimonio a Falti, castigada por despreciar a David, “no tuvo hijos todo el tiempo que vivió” (Reyes; 6, 23). El desprecio parece asimilarse al adulterio en la historia de Jacob, quien engañado por su suegro, tomó por mujer a Lía y luego a Raquel, hermana de ésta, a quien amaba. No obstante viendo Dios que no hacía aprecio de su esposa Lía, la hizo fecunda a ésta, quedando en cambio estéril Raquel. La rivalidad por los favores del marido impulsó a Raquel a ofrecer su esclava a Jacob, para que ella concibiera y pariera sobre sus rodillas (es decir, como era costumbre, tuviera hijos para su ama). De este modo, la envidia y rivalidad de las hermanas —que más tarde se expresaría en rencor entre los hijos de ambas— fue ocasión de una numerosa descendencia para Jacob, quien tuvo seis hijos y una hija de su esposa Lía, dos hijos de la esclava de ésta y uno de la esclava de Raquel. Luego “acordándose el Señor de Raquel, oyó sus ruegos y la hizo fecunda. La cual concibió y parió un hijo y dijo: Quitó Dios mi oprobio” (Génesis; 30, 23). Pero estando encinta nuevamente y siendo el parto muy difícil, Raquel murió.

      Todas las bendiciones bíblicas se vinculan a la multiplicación de la progenie. Un hijo es semilla de eternidad; representa la posibilidad de trascender los límites temporales a través de la posteridad. El Génesis, en varias oportunidades, narra la historia de estas bendiciones divinas: Sara, Ana y Rebeca por ejemplo, fueron estériles; no obstante, bendecidas por Dios, pudieron concebir. Los relatos del patriarca Abrahán y de su hijo Isaac, dan cuenta de modo singular de esta continuidad de bendiciones y castigos. La historia cuenta cómo Abrahán y su esposa Sara, que no tenía hijos, salieron de la tierra de su parentela y marcharon a Canaan por orden divina; empero debieron bajar hasta Egipto a causa del hambre que sobrevino en aquella tierra. Abrahán entonces le dijo a su mujer: “Conozco que tú eres una mujer bien parecida y que cuando los egipcios te habrán visto, han de decir: Es la mujer de éste, con lo que a mí me quitarán la vida y a ti te reservarán. Di, pues te ruego, que eres hermana mía, para que yo sea bien recibido por amor tuyo y salve mi vida...” (Génesis; 12, 11-13). Así lo hizo Sara y viendo los egipcios que era una mujer muy bella dieron cuenta de su hermosura al faraón, al palacio de quien fue llevada. Entretanto su marido obtuvo ganado y esclavos y acrecentó en mucho su hacienda, volviéndose inmensamente rico. La maldición divina no se hizo esperar, Dios castigó al faraón y a su corte con plagas grandísimas, luego de lo cual éste hizo llamar a Abrahán, diciéndole: “¿Qué es esto que has hecho conmigo? ¿Cómo no me declaraste que era tu mujer? ¿Por qué motivo dijiste ser hermana tuya, poniéndome en ocasión de casarme con ella?” (Génesis; 12, 19) Así, pues, Sara le fue devuelta y con ella salió de Egipto para habitar la tierra de Canaan. Entonces Dios lo bendijo: “Alza tus ojos y mira desde el sitio en que ahora estás, hacia el norte y el mediodía, hacia el oriente y el poniente. Toda esa tierra, que ves, Yo te la daré a ti y a tu posteridad para siempre. Y multiplicaré tu descendencia como el polvo de la tierra. Si hay hombre que pueda contar los granitos de polvo de la tierra, ése podrá contar tus descendientes” (Génesis; 13, 14-16). Y más adelante, siendo Abrahán hombre de edad avanzada, al advertir que moriría sin hijos y que sería heredado, como era hábito entonces, por el hijo del mayordomo (un sirviente nacido en su casa), le respondió Dios que no sería éste su heredero, “sino un hijo que saldrá de tus entrañas, ése es el que te ha de heredar... Mira al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas. Pues así, le dijo, será tu descendencia” (Génesis; 15, 4-6).

      Entretanto Sara, al cabo de diez años de morar en aquel lugar, viéndose estéril, ofreció una esclava egipcia, llamada Agar, a su marido, para que se desposara con ésta y lograra así hijos de ella. De este modo nació Ismael. Pese a ser Abrahán ya centenario y haberle faltado a Sara “la costumbre de las mujeres”, Dios le reitera su promesa de numerosa descendencia, diciéndole que será padre de naciones. La historia del patriarca continúa en Gerara, donde también hace pasar a Sara por hermana suya, por cuanto “Abimelec, rey de Gerara, envió por ella y se la tomó” (Génesis; 20, 2). De modo similar a lo acaecido en Egipto sobrevino el castigo divino; hasta que Sara fue restituida a su esposo y Dios sanó “a Abimelec y a su mujer y a sus esclavas, y volvieron a tener hijos. Porque el Señor había vuelto


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