El hijo inconcebible. Beatriz M. Rodríguez

El hijo inconcebible - Beatriz M. Rodríguez


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verdadera. La maternidad, en toda dimensión excluyente de una sexualidad desmedida e incontrolable, se considera algo propio de la mujer: su esencia misma. Así, si para el hombre la esterilidad es equivalente de impotencia, para la mujer es sinónimo de no ser.

      Definir la maternidad como un hecho natural ha proporcionado una identidad sólida y coherente a la mujer. No resulta por tanto difícil advertir que, con independencia absoluta de las circunstancias externas (temporales y espaciales) en las que tenga lugar, la maternidad ha sido concebida como un fenómeno biológico, de carácter instintivo, absolutamente consustanciado con el ser femenino. Puesto que la mujer es capaz de concebir y gestar niños, se sostiene la idea de que a tales fenómenos fisiológicos debe, necesariamente, corresponder el deseo de la mujer de ser madre. Es decir: la maternidad es la función vital de toda mujer y no solamente una opción en su vida. La clasificación biológica se ha metamorfoseado en una categoría cultural. Ahora bien, la ventaja sustantiva de este entramado ideológico es doble: en primer lugar determina la modalidad de comportamiento que corresponde a esta función, toda madre debe ser abnegada, capaz de la mayor renuncia y sacrificios por sus hijos; en segundo término opera una disociación entre la reproducción y la “pletórica” sexualidad femenina, permitiendo su sanción y su control.

      La mujer que se sustraiga al ejercicio de su aptitud biológica para la maternidad es sospechosa, precisamente, en su condición de tal. Mientras que el final del ciclo reproductivo, marcado por la menopausia, indicará un descenso significativo de su valor social. Al respecto, en su estudio histórico acerca de la relación de la medicina con la política sexual en el siglo XIX, Ehrenreich y English (1976) puntualizaron: “La menopausia era el fin, enfermedad incurable, la muerte de la mujer dentro de la mujer”.

      Es posible percibir el patriarcado a lo largo de la historia de la humanidad; la idea de un matriarcado que lo precediera, en cambio, cara a muchas antropólogas feministas en la década del setenta, no deja de ser una ficción poco probable.

      De la importancia que la procreación poseía para la subsistencia del grupo y la humanidad como especie y del supuesto desconocimiento que en la antigüedad existía acerca de la participación del varón en la concepción del hijo, se creyó tal vez poder inferir el ejercicio de un poder absoluto por parte de las mujeres. Ahora bien, si en épocas bíblicas un juramento sólo era válido si se ponía la mano sobre los testículos del hombre a quien se efectuaba la promesa, es porque de este modo se aceptaba la amenaza implícita de que las generaciones venideras (surgidas de sus genitales) habrían de vengarse si tal compromiso no se cumplía. Keneth Purvis sostiene que palabras tales como “testificar”, “testimonio” o “testamento”, surgen de esta asociación entre los testículos y la verdad y afirma que el Antiguo Testamento está lleno de relatos en que los hombres juran por sus “piedras” (término que en las modernas ediciones es reemplazado por expresiones más ingenuas como “ijares” o “muslos”).[nota4] En suma, la estima de los genitales masculinos ha sido solidaria del conocimiento que se tenía respecto de su papel en la obtención de descendencia.

      En todo caso, es más verosímil conjeturar que el valor que muchos antropólogos atribuyeron a la figura femenina, se desprende de la organización matrilineal de algunas sociedades y no se corresponde con el particular entramado de las relaciones de poder derivado de las categorías sexuales. Por otra parte, si algún poder es ejercido efectivamente por las mujeres, éste parece más bien relacionarse con el vínculo madre hijo, durante la primera infancia. En síntesis, tal fantasía parece corresponderse preferentemente con la infancia de cada hombre, antes que con la “infancia” de la humanidad.

      En la China imperial la mujer joven carecía absolutamente de derechos propios, no podía heredar ni tenía independencia alguna: estaba destinada a ser una esposa obediente bajo la norma de seguir siempre al marido. Al llegar a la edad apropiada era vendida como novia a un individuo a quien probablemente nunca antes hubiera visto y a cuya familia pertenecía desde aquel momento. En caso de no tener hijos varones, se cerraba para ella la única posibilidad de ser tratada con dignidad; contrariamente, si los tenía, existía la posibilidad de alcanzar la condición de suegra. Sometida y dominada en su juventud, podía entonces ejercer sobre sus nueras la misma tiranía de que otrora ella misma había sido objeto.

      Alice Miller sostiene que en muchas sociedades las niñas pequeñas son objeto de una doble discriminación: la sexual y la generacional. “Pero como las mujeres detentan el poder sobre recién nacidos y lactantes, las que fueron niñas transmiten este desprecio a su propio hijo a una edad muy temprana. El hombre adulto idealizará luego a su madre, porque todo ser humano se aferra a la idea de haber sido realmente amado y despreciará a las otras mujeres, de las que puede vengarse en lugar de la madre. Y éstas, las mujeres adultas y humilladas, no suelen tener a su vez otra oportunidad de descargar su lastre que haciéndolo sobre el propio hijo. Todo puede ocurrir entonces oculta e impunemente; el niño no puede contarlo en ningún lado, salvo quizá más tarde a través de alguna perversión o neurosis obsesiva, cuyo lenguaje será, sin embargo, lo suficientemente críptico como para no delatar a la madre” (Miller, A.; (1990:80). De acuerdo a Miller, entonces, la maternidad representa a nivel individual un recurso a minúsculas venganzas y el poder (por cierto, limitado) para resarcirse en el hijo, del resentimiento provocado por la discriminación y el sometimiento.

      Pero, fundamentalmente a nivel social, la maternidad parece otorgar belleza a la mujer y conferir sentido a su existencia. Por consiguiente en este contexto la mujer infecunda aparece como la negación de sí misma, alejada de la normalidad y la naturaleza.

      La mayoría de los pueblos de la antigüedad contó con prácticas rituales propiciatorias de la fertilidad; muchas de las cuales han sido recogidas por el folklore y la literatura; así, por ejemplo, infinidad de peregrinaciones y sacrificios expiatorios, se relatan en las leyendas helénicas, donde toda vez que el oráculo de Delfos fue interrogado, remitió al consultante a sí mismo. De estos relatos el más célebre es tal vez el de Edipo. La versión de Sófocles narra que Layo, hijo de Lábdaco, desterrado de Tebas encuentra refugio junto a Pélope, quien le brinda su amistad al tiempo que le confía a su hijo Crisipo para que lo eduque. Layo seduce al joven, a quien rapta durante los sagrados juegos Nemeos, impidiendo con este acto la continuación del culto sagrado de los muertos cuyo guardián debía ser el hijo varón. Crisipo avergonzado se suicida. Enfurecido el rey maldice a Layo condenándolo a la esterilidad, o a morir en manos de su hijo, si lo tuviera. Tiempo después, ya en Tebas, Layo se casa con Yocasta, mas advertido por un oráculo de que su hijo lo matará para luego contraer nupcias con su madre, evita tener descendencia para impedir el cumplimiento del vaticinio; hasta que un día, ebrio, es engañado por Yocasta y engendra a Edipo. El niño es expuesto, atado a un árbol por los tobillos, que habían sido perforados (de allí su nombre), no obstante es liberado por un pastor quien lo entrega a Pólibo y Peribea, reyes de Corinto, que lo adoptan, pues eran estériles.

      Edipo pasa su infancia y adolescencia en la corte de Pólibo, hasta que escucha al oráculo de Delfos anunciarle que asesinará a su padre y desposará a su madre. Entonces huye de Corinto para proteger a quienes sinceramente cree sus padres. En su camino, empero, en el cruce de las carreteras de Dáulide y Tebas, da muerte justamente a Layo. De inmediato se encuentra con la Esfinge, monstruo mitad león y mitad mujer, que planteaba enigmas a los viajeros devorando a aquellos que no sabían resolverlos. Edipo libera a Tebas de la esfinge, resolviendo sus enigmas primero, para luego eliminarla arrojándola al abismo. Habiendo liberado del monstruo a los tebanos, es recompensado con la mano de Yocasta, con quien engendra cuatro hijos. La historia continúa hasta que la verdad es revelada, Yocasta entonces se suicida ahorcándose y Edipo se perfora los ojos con el prendedor de su madre. Víctima de la imprecación que él mismo pronunciara contra el asesino de Layo, antes de saber quién era, es desterrado de la ciudad y comienza una existencia errante.

      Ahora bien, en la antigua Grecia la homosexualidad no era censurada, más aún, sabemos que era una práctica frecuente; ¿por qué entonces se consideró a Layo un corruptor, primer propagador de la pederastia y merecedor de la maldición que condenaba a su raza al agotamiento? La iniciación con relaciones pederastas estaba institucionalizada, pero sólo a partir de ciertas reglas: la relación entre un varón adulto y un joven imberbe de status social comparable, “era la única relación sexual que se producía


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