Lo que callan las palabras. Manuel Alvar Ezquerra
llegó a ser lo que se acrecentaba o se indicaba la posición, no solamente hacia arriba o en posición elevada, sino también hacia abajo o en posición inferior, de modo que es alto no solamente el ‘de gran estatura’ o ‘que está a gran altitud’, sino también lo que tiene una gran profundidad, como el curso de un río, o el agua del mar, claro que aquí es alto con respecto a la base, no con respecto a los que se encuentran en la superficie, como también puede llegar a referirse a lo alejado, como alta mar. En definitiva, no solamente es alto lo elevado, sino también lo que posee una magnitud grande, o una categoría o posición superior, como la alta tensión, la temporada alta, las altas temperaturas, o un alto comisionado y las clases altas.
Hay otro alto, el que significa ‘detención o parada en la marcha o cualquier otra actividad’, también empleado como interjección, y que no tiene nada que ver con lo anterior, pues procede del alemán Halt ‘parada, detención’, derivado del verbo halten ‘parar, detener’.
Sebastián de Covarrubias (1611) entremezcló las dos palabras, puntualizando con acierto algunas cuestiones: «alto, el lugar levantado, como monte, peñasco, torre y lo demás que tiene en sí altura. Transfiérese al ánimo, y significa cosa escondida, profunda, como alto misterio, alto pensamiento. Fuésele o pasósele por alto, al que no entendió una cosa que importaba, tomada la metáfora del juego de la pelota, cuando pasa por alto, que no la alcanza a volver el que la esperaba. Hacer alto es hacer parada en algún lugar; es término castrense, porque cuando el asta donde va el estandarte, guion o bandera se levanta y se fija en tierra, quedando alta para todo el ejército. Algunas veces tiene significación de imperativo, como alto de aí, andad de aí, porque los que están echados o sentados, para irse, se han primero de alzar y levantar de la tierra o del lugar donde están sentados. Alto significa algunas veces lugar, como lo alto de la casa o ‘lo que se levanta del suelo’. Proverbio: come poco y cena más, duerme en alto y vivirás. Alto se toma muchas veces por ‘profundo’, como en alta mar; otras veces se toma por el cielo, como El de lo alto, el Dios de las alturas. Altibajo, el golpe que se da con la espada derecho, que ni es tajo ni revés, sino derecho, de alto abajo. La casa decimos tener tantos altos por tantos suelos. Brocado de tres altos, porque tiene tres órdenes el fondón, la labor, y sobre ella el escarchado, como anillejos pequeños. Alto es la voz en la música que media entre el tiple y el tenor».
altozano El diccionario de la Academia da cuenta de dos acepciones para la palabra altozano. La primera es la que se emplea habitualmente: ‘cerro o monte de poca altura en terreno llano’. La segunda es propia de América: ‘atrio de una iglesia’. ¿Qué relación puede haber entre ellas dos? Si miramos su origen encontraremos una explicación. La forma antigua era anteuzano, un compuesto de ante- ‘delante’, uzo ‘puerta’, procedente del latín OSTIUM, que también significaba ‘puerta’, y un sufijo derivativo -ano. Es decir, venía a significar ‘que está delante de la puerta’, lo que aplicado a las iglesias es el ‘atrio’, con lo que la segunda de las acepciones parece clara, como claro parece que llegó a América desde el español peninsular. La otra acepción procede de esta, y queda manifiesta en la exposición de Corominas y Pascual: «Como solo tenían antuzano las iglesias, castillos y casas grandes, que por lo general se construían en lugares dominantes [...], pronto se identificó la palabra con el concepto de lugar alto (ya en Mariana) y se convirtió antuzano en altozano [...]». Cuando Sebastián de Covarrubias escribe su Tesoro (1611) este valor está plenamente consolidado, y no hay rastro del otro: «altozano, el montecillo que toma poca tierra y es alto. Los moriscos de Valencia llaman tozal la cumbre o parte alta de la montaña. Otros quieren que sea altozano el montecillo que no lleva gruesas carrascas, que llaman monte bajo, y se acostumbra rozarle muy de ordinario».
alumno, -na Quienes nos dedicamos a la enseñanza tenemos alumnos, sin los cuales no podríamos llevar a cabo nuestra profesión. Esta voz, en la primera acepción del repertorio académico es el ‘discípulo, respecto de su maestro, de la materia que está aprendiendo o de la escuela, colegio o universidad donde estudia’, que es como todos entendemos la palabra. Sin embargo, la segunda nos llama la atención, pues dice ser la ‘persona criada o educada desde su niñez por alguno, respecto de este’. ¿Cómo que criada o educada?, ¿de dónde sale este sentido? La explicación nos la da la propia historia de la palabra, que procede de la latina ALUMNUS ‘alumno’, pero también ‘niño, pupilo, persona criada por otra’, pues se trata de un derivado del verbo ALĔRE ‘nutrir, alimentar, criar’, ya que, figuradamente, la función del profesor es la de alimentar a los alumnos con sus saberes. Sebastián de Covarrubias no recogió la voz en el Tesoro (1611), aunque sí la apuntó en el Suplemento que dejó manuscrito: «alumno, alumnus, el que es criado y sustentado por otro, como el hijo, el criado, el paniaguado. Del verbo alo, is, por sustentar; no es muy usado en castellano».
americana Define el diccionario de la Real Academia Española el sustantivo americana como ‘chaqueta de tela, con solapas y botones, que llega por debajo de la cadera’. La palabra tiene, sin duda, relación con América. Pero ¿por qué? Como sucede con muchas de las prendas de vestir, su historia es algo larga y está relacionada con su evolución. La chaqueta ha ido cambiando para tomar su forma moderna en Inglaterra, de donde pasó a América del norte, adquiriendo allí su configuración actual (con las alteraciones propias introducidas por los cambios de la moda). La prenda volvió a cruzar el Atlántico para llegar a España en el siglo XIX como la chaqueta americana, o simplemente americana. Por la forma que tenía, también fue conocida como chaqueta de saco, designación que se ha mantenido en las Islas Canarias y en América, aunque solo como saco. Véase también el artículo chaqueta.
amilanar En la primera acepción del diccionario académico, amilanar significa ‘intimidar o amedrentar’. Se trata de una formación parasintética a partir de milano, el ave rapaz. La voz se explica por el pánico que provocan las aves de rapiña entre sus presas, que se acobardan y tienden a ocultarse, de donde pasó a aplicarse también a las personas (véase lo expuesto en el artículo azorar). Lo explicó Sebastián de Covarrubias (1611): «amilanarse, vale lo mismo que acobardarse y encogerse, como hacen algunas avecillas del milano. O se dijo del mismo, que cuando el águila u otra ave de rapiña cae a él, se acobarda, no embargante que suele volverse a él con pico y garras, que a veces hiere al halcón, sin que él reciba daño. Amilanado, el cobarde y amedrentado». El primer diccionario de nuestra lengua en recoger la voz es muy poco anterior, el de Alonso Sánchez de la Ballesta (1587).
amoniaco o amoníaco El amoniaco tiene su nombre a partir del latín AMMONIĂCUM, voz que procede del griego ammoniakón, que se deriva de Ammón, importante dios de los egipcios. Así es porque se obtenía de la sal recogida cerca del templo de Ammón en Libia. Cuenta Andrés Laguna en sus comentarios del Dioscórides (1555) que «llámase ammoniaco aquesta goma por dos respectos, conviene a saber, porque destila de su planta sobre la arena, commúnmente llamada ammos en griego, y porque se trae de aquella parte de Libia a donde estaba antiguamente el templo de Ammón […]». De esas palabras parece que se hizo eco Sebastián de Covarrubias (1611) cuando escribe: «armoniaco es una especie de goma que nace de un arbusto o férula, que nace junto a Cyrene de África […]. Es bueno para perfumes y tiene suave olor; corrompimos el vocablo, que en griego es ammoniakon, y díjose así o porque la planta donde se cría la destila sobre el arena, dicha en griego ammos, o porque se trae de aquella parte de África, adonde hubo aquel célebre templo de Ammón […]».
análisis Quien más y quien menos ha tenido que realizarse a lo largo de su vida algún análisis, que, en este sentido, define el diccionario académico como ‘examen cualitativo y cuantitativo de ciertos componentes o sustancias del organismo según métodos especializados, con un fin diagnóstico’, y, de un modo más general, como ‘distinción y separación de las partes de un todo hasta llegar a conocer sus principios o elementos’. La voz procede del griego análysis ‘liberación, disolución’, compuesto de aná ‘según’ y lysis ‘acción de soltar, separación, disolución’, esto es, aquello que se realiza, o a lo que se llega, mediante la separación de sus elementos componentes. La voz no aparece en nuestros diccionarios anteriores a la fundación de la Academia, salvo en el hispano-inglés contenido en el multilingüe de John Minsheu (1617). Más moderno es otro compuesto, diálisis, con el mismo sustantivo lysis y diá ‘a través de, separadamente’, que el DRAE califica como tecnicismo