Lo que callan las palabras. Manuel Alvar Ezquerra
acepción, de la que nace la siguiente ‘desconcierto, incoherencia, barullo’, mientras que la tercera es ‘anarquismo (doctrina política)’, y no hay ninguna más. Es una palabra tomada del griego anarchía, con el mismo valor, que se deriva de anarchos, compuesta de an ‘sin’ y archós ‘guía, jefe, el más poderoso’, esta última procedente de archein ‘mandar, reinar’. En definitiva, la forma griega ya venía a significar ‘sin jefe, sin gobernante’. A partir de anarquía se han formado otras palabras como anarquista, anarquismo o anárquico.
andamio Véase andén.
andén Los andenes de las estaciones de ferrocarriles, de los muelles de los puertos, de los puentes, etc., nada tienen que ver con andar, por más que por ellos se pueda andar. La palabra procede del latín *ANDAGĬNEM, de INDAGĬNEM ‘cordón, ojeo de la caza y cuantos instrumentos están en uso para caza’, ‘línea, cordón, estacada para estorbar la entrada a los enemigos’. De donde pasaría a designar la faja de terreno que hay alrededor de algo, y como cuentan Corominas y Pascual «es fácil pasar de ahí a ‘faja de terreno larga y estrecha’ en general, sin contar con que INDAGO pudo tomar fácilmente el significado de ‘pista, huellas de la caza’, por influjo del verbo derivado INDAGARE, que significaba ‘seguir la pista’». Así es fácil explicar algunas de las definiciones académicas como ‘en las norias, tahonas y otros ingenios movidos por caballerías, sitio por donde estas andan, dando vueltas alrededor’ o ‘corredor o sitio destinado para andar’, así como otras similares no recogidas por la Institución y de uso regional. La atracción por explicar andén con andar debió producirse muy pronto, a partir de los sentidos señalados, y quizás también por la presencia de andamio, este sí derivado de andar con el sufijo -amio. Antonio de Nebrija en el Vocabulario español-latino (seguramente de 1495) escribió: «andén para andar, ambulacrum, i», casi lo mismo que dice para la otra voz aducida: «andamio, por donde andan, ambulacrum, i».
ángel Gracias a la implantación de la religión, la palabra ángel es bien conocida en nuestra lengua, siendo la primera acepción que registra el diccionario académico ‘en la tradición cristiana, espíritu celeste criado por Dios para su ministerio’, y del mismo ámbito también es la segunda ‘cada uno de los espíritus celestes creados, y en particular los que pertenecen al último de los nueve coros, según la clasificación de la teología tradicional’. De estos valores derivan los siguientes que pone para la voz ‘gracia, simpatía, encanto’, ‘persona en quien se suponen las cualidades propias de los espíritus angélicos, es decir, bondad, belleza e inocencia’. Sin embargo, en su origen el término significaba otra cosa, aunque del valor original no ha quedado nada en nuestra lengua. Procede del latín ANGĔLUM ‘mensajero, ángel’, que, a su vez, viene del griego ánguelos ‘mensajero, enviado’, compartiendo etimología con evangelio. El ángel, es, pues, el mensajero, el que viene a transmitirnos los designios de la divinidad, y el que la sirve, además de cuidar de nosotros mismos. Sebastián de Covarrubias (1611) dijo: «ángel, en el rigor de su significación vale tanto como nuncio o mensajero, y es nombre griego ánguelos, angelus, nuntius. Y porque los espíritus celestiales hacen la voluntad de Dios, y por su mandato vienen a la tierra con mensajes, tienen este nombre, no por naturaleza, sino por oficio y ministerio [...]. Angelical, cosa de ángeles. Agua de ángeles, por excelencia, siendo de suavísimo olor».
anguila La anguila es, según la larga y enciclopédica definición académica, un ‘pez teleósteo, fisóstomo, sin aletas abdominales, de cuerpo largo, cilíndrico, y que llega a medir un metro. Tiene una aleta dorsal que se une primero con la caudal, y dando después vuelta, con la anal, mientras son muy pequeñas las pectorales. Su carne es comestible. Vive en los ríos, pero cuando sus órganos sexuales llegan a la plenitud de su desarrollo, desciende por los ríos y entra en el mar para efectuar su reproducción en determinado lugar del océano Atlántico’. La voz con que la nombramos procede del latín ANGUILLAM, que, a su vez, es un derivado diminutivo de ANGUIS ‘culebra’, por medio del adjetivo ANGUINUS ‘parecido a la culebra’, lo que nos está remitiendo a la forma semejante que tienen ambos animales, por más que la anguila sea acuática, lo que habría producido una forma *anguin(o)la, que daría la forma antigua anguilla, después anguila. Sebastián de Covarrubias (1611) habló de ella: «anguilla, pez conocido, que por la mayor parte se cría en el agua cenagosa y de ella entienden se produce, pues no hay anguilla macho ni anguilla hembra, y si una se engendra de otra es de la vascosidad o graseza que dejan estregándose en los peñascos que están debajo del agua. Presupuesto que no se ha hallado ninguna que tenga huevos como los demás peces, ni otra cosa de que pueda ser producida o engendrada la prole [...]. Los que con facilidad quiebran sus palabras y se quitan de ellas con delgadezas y sutilezas son comparados a las anguillas lúbricas y deleznables, que presas se escurren de entre las manos [...]. Los que para medrar inquietan las repúblicas son comparados a los pescadores de anguillas, los cuales, si no enturbian el agua, no pueden pescar ninguna, por lo cual se dijo a río vuelto, ganancia de pescadores para significar un hombre apartado de todos los demás, sin trato ni comercio alguno; pintaban la anguilla con el mote Sibi soli natus [nacido por sí solo], porque la anguilla, como nace del cieno y bascosidad, no reconoce padre ni madre, ni pariente. El profano, el encenagado en vicios, indigno de ser admitido al orden sacro y ministerio eclesiástico, comparaban al anguilla, que por ser sin escamas era contada entre los peces inmundos, y vedada a los judíos por tal. Viniendo a su etimología pone más horror por tener nombre de culebra, no porque lo sea, sino por lo mucho que le semeja, y así anguilla dicitur ab angue, quod specie anguem repraesentet, graece enchelys [anguilla se dice de angue, porque se parece a una serpiente, en griego enchelys]. El golpe que el cómitre da con el rebenque se llama anguillazo, porque tiene el tal azote forma de anguilla y porque antiguamente los romanos azotaban sus hijos con anguillas, según refiere Palmireno [...]».
aniquilar Esta palabra significa, según la definición de su primera acepción en el diccionario de la Academia, ‘reducir a la nada’, que es el sentido etimológico. La voz procede del bajo latín annichilare, que parte del latín tardío annihilare, compuesto de AD- ‘a’ y NIHIL ‘nada’, más el sufijo verbal. La h de NIHIL sufrió un proceso similar al que se produjo en MIHI para llegar a tiquismiquis (véase este artículo). El cambio lo explican Corominas y Pascual: «La forma medieval nichil (con annichilare), en lugar del clásico nihil, se debió a un esfuerzo por pronunciar la h y evitar así la contracción en nil, reputada vulgar; en lugar de h se pronunció primero una chi griega o jota castellana, y luego k». Por ello tenemos aniquilar de annihilare.
anodino, -na Una cosa anodina es algo ‘insignificante, ineficaz, insustancial’, como define la palabra el diccionario académico en su primera acepción, a la que sigue otra de la medicina, poco usada, ‘dicho de un medicamento o de una sustancia: que calma el dolor’. No parece que haya mucha relación entre los dos valores, aunque si miramos la procedencia del término podremos encontrar alguna explicación. Procede del latín ANODY̆NUS, a su vez del griego anodinos ‘sin dolor’, compuesto de an, partícula privativa, y odís, inos ‘dolor de parto, dolor fuerte’, que por su parte viene de odyne ‘dolor’, relacionado con la raíz indoeuropea ed- ‘comer, corroer’. A la vista de ello, y sabiendo que la primera documentación española puede ser la del Dioscórides traducido y anotado por Andrés Laguna (1555), no es difícil concluir que la voz procede del lenguaje médico en el que significaba algo así como ‘que no causa dolor’ o ‘que calma el dolor’, y al extenderse en la lengua vino a ser lo ‘insustancial’, lo ‘insignificante’, lo que no provoca en nosotros reacción alguna.
antojo La palabra antojo es bien conocida por los hablantes de nuestra lengua debido a dos de los sentidos que posee, definidos en el diccionario académico como ‘deseo vivo y pasajero de algo’ y ‘lunar, mancha o tumor eréctil que suelen presentar en la piel algunas personas, y que el vulgo atribuye a caprichos no satisfechos de sus madres durante el embarazo’, que, sin duda, deriva de aquella. Lo que, tal vez, no sea tan sabido es el origen de la voz, que procede del latín ANTE OCŬLUM, literalmente ‘delante del ojo’. Con esa expresión se quería designar aquello que se tiene presente en la mente, como si estuviera físicamente delante de los ojos, el antojo que no se puede apartar de la imaginación. Después, las creencias populares relacionaron las manchas de la piel de algunos niños con los deseos no satisfechos de la gestante, queriendo percibir,