Lo que callan las palabras. Manuel Alvar Ezquerra
catalana designaba al ‘aparato con que se armaban antiguamente las ballestas’, compuesta del verbo armar y el adverbio tost ‘pronto’, pues facilitaba el acto de armar la ballesta, si bien pudo componerse en castellano con el antiguo toste, adverbio tomado del catalán. El paso del nombre del aparato al del objeto grande y poco útil se explica por la generalización de las armas de fuego que hicieron del armatoste algo inservible y embarazoso, dando origen al nuevo sentido, que pasó del castellano al catalán, en un movimiento de ida y vuelta. Ayala Manrique (1693) explica: «armatoste, un ingenio para armar los ballestones antiguos, donde el que disparaba ponía el pie [...]. Ahora, en vulgar estilo, llamamos armatoste a un trasto embarazoso, viejo e inútil [...]. Dice Covarrubias que es vocablo bárbaro; a mí me parece que claramente se deriva de la voz italiana tosto, que es ‘luego’, para denotar cosa que está hecha con arte, de modo que en un instante se pone como ha de estar, y armatoste es ‘arma presto’. Hoy, vulgarmente, lo aplicamos a cualquiera cosa embarazosa o corpulenta y poco útil; es voz jocosa y baja».
armiño La palabra armiño es más conocida por la piel que por el animal del cual se obtiene. La piel se aprecia por el color blanco que toman al acercarse el periodo invernal en los animales que habitan en las frías regiones del norte de Europa y Asia, y en algunas montañas más meridionales. La voz española procede de la latina [MUS] ARMENĬUS, esto es, [ratón] armenio, pues las pieles llegaban a través del Mediterráneo, habiéndose embarcado en el Mar Muerto, procedentes supuestamente de Armenia. Por el mar donde se embarcaban las pieles también se conocía el animal como MUS PONTICUS, es decir ratón del Mar Muerto, por el Ponto o Ponto Euxino, como se conocía en la Antigüedad el Mar Muerto. Armenia entonces era el país más conocido de Asia Menor, por lo que se tenían las pieles como procedentes de él, por más que su origen estuviese más lejos, en lugares poco o nada conocidos. Sebastián de Covarrubias (1611), bastante bien informado, aunque no con toda la precisión, escribió: «armiño […]. De los armiños hace mención Plinio [...], y llamoles ratones pónticos por criarse en el Ponto; otros que se crían en los Alpes llaman álpicos. A España nos los traen de Venecia, y allí vienen de esas partes septentrionales; son todos blancos como la nieve, excepto la extremidad de la cola, que es negra. Llámanlos armelinos de armus, el espalda, porque en las ropas rozagantes de príncipes y grandes ministros, en las partes septentrionales y en otras, vuelven sobre los hombros unas capillas de estos aforros de armiños, y en Roma los traen los canónigos de San Pedro […]».
arrullar Todos sabemos lo que es arrullar a un niño para que se duerma, aunque también sea ‘dicho de un palomo o de un tórtolo: atraer con arrullos a la hembra, o esta a aquel’, como define la primera acepción el diccionario de la Academia. Se trata de una voz onomatopéyica formada con la raíz rull que Vicente García de Diego define como ‘onomatopeya del canto de la paloma y del canto de la que aduerme al niño’, gemela de la raíz roll con los mismos valores. La voz es conocida de antiguo en la lengua, habiendo dado cuenta de ella Sebastián de Covarrubias (1611): «arrullar, adormecer el niño con cantarle algún sonecico, repitiendo esta palabra: ro, ro, y él mismo suele con un quejidito en esta forma adormecerse, que llaman arrullarse».
asco Véase asqueroso.
asesino, -na Nadie duda del significado del adjetivo asesino, ni de su empleo como sustantivo. Sin embargo, su origen no es tan del dominio público, pues procede del árabe ḥaššāšīn, que quiere decir ‘adictos al cáñamo indio’, o como explican Corominas y Pascual: «del árabe ḥaššāšî ‘bebedor de ḥašîš, bebida narcótica de hojas de cáñamo’, nombre aplicado a los secuaces del sectario musulmán conocido como el Viejo de la Montaña (siglo XI) que fanatizados por su jefe y embriagados de ḥašîš, se dedicaban a ejecutar sangrientas venganzas políticas». Esto es, en el fondo del asesino está el hachís, término procedente, de acuerdo con la Academia, de ese ḥašîš, cuyo valor en árabe clásico es, para la Institución, el de ‘hierba’. La palabra era conocida en la lengua desde la Edad Media, como prueba Hugo de Celso (1538): «asazinos son llamados los que disfrazados de vestidos fingiendo ser de estado o calidad que no son, matan a los hombres y así mismo son dichos asazinos los que matan a otro por algo que les dan o prometen a los tales asazinos, y así mismo los por cuyo mandado hacen los tales delitos, y los que a sabiendas los reciben en sus casas, o los encubren, deben morir por ello [...]». Pero la forma de la voz no se fija hasta el siglo XVIII, como podemos ver, por ejemplo, todavía en Sebastián de Covarrubias (1611), junto a otras consideraciones en las que no parece ir demasiado desencaminado: «asasino, el infiel que disimuladamente y con traición acomete a algún cristiano, y este nombre dan las historias a los que temerariamente han emprendido matar príncipes cristianos por mano de infieles [...]. De aquí se extendió aqueste vocablo asasino significase comúnmente al que mata a otro por dinero que le dieron o prometieron, aunque no en rigor, pues significa lo que tenemos dicho».
asqueroso, -sa Aunque pueda parecerlo, el adjetivo asqueroso no es un derivado de asco, pese a tener alguna relación con él, pues significa tanto ‘que causa asco’ como ‘que tiene asco’ o ‘propenso a tenerlo’, siguiendo las tres primeras acepciones que ofrece el diccionario académico. La última, indudablemente, surge de ellas: ‘que causa repulsión moral o física’. La palabra procede del latín vulgar *ESCHAROSUS ‘lleno de costras’, derivado de ESCHǍRA ‘costra que se forma con la quemadura de un hierro candente’, a su vez procedente del griego eskhara ‘hogar, fogata, brasero; costra, postilla’. Quiere ello decir que a lo largo de la evolución desde el griego se pasó de la denominación del fuego, a la del hierro calentado en él, y a la postilla de la herida causada con él. En el latín vulgar se creó un adjetivo para nombrar a quien tenía muchas de esas costras, cuya vista no sería de lo más agradable, por lo que tomó el sentido de lo que causa repugnancia, y el del quien la tiene. Esa repugnancia se decía usgo, término que todavía recoge el diccionario de la Academia pese a su escaso empleo, procedente de un supuesto verbo *osgar, a su vez del latín vulgar *OSICARE, derivado del verbo irregular ODI, ODISSE, OSUS ‘odiar, aborrecer, atestar’, y que debió cruzarse con asqueroso para cambiarse en el asco que conocemos. Sebastián de Covarrubias (1611) cuenta: «asco, es lo mismo que el latino llama nausea […]. Y según esto, creo está corrompido el verbo de nauseo, o del sonido que hace en la garganta ahhs, ahsco, o del nombre griego aiskhos, aeschos, turpitudo, sordes, porque toda cosa sucia da horror y asco. Asqueroso, el sucio que mueve asco. Asquerosito llaman al melindroso. Hacer ascos de una cosa, menospreciarla».
astillero El astillero en su primera acepción es, según el diccionario académico, el ‘establecimiento donde se construyen y reparan buques’, voz al parecer derivada de astilla, aunque no en el sentido con que la conocemos hoy de ‘pedacito que salta de un objeto’, o de un ‘pedazo de madera’, sino del primitivo valor de ‘depósito de maderos’ que también consigna el DRAE, o ‘almacén o montón de madera’, que hoy ya no se usa, o no es de uso común. De ese valor primigenio de ‘depósito, almacén’, se pasó a nombrar el taller del carpintero y, en general, cualquier taller (como todavía se usa hoy el francés atelier, y nuestro taller), y de una manera más específica el astillero.
astracán El diccionario académico recoge dos acepciones para astracán, relacionadas entre sí, la primera es ‘piel de cordero nonato o recién nacido, muy fina y con el pelo rizado’, y la segunda el ‘tejido de lana o de pelo de cabra, de mucho cuerpo y que forma rizos en la superficie exterior’. El nombre se debe –a través del francés– a Ástrajan, ciudad rusa europea del Caspio, pues de allí parecen proceder la primeras pieles de este tipo. De ella se deriva astracanada con que se denominada la ‘farsa teatral disparatada y chabacana’, con abundantes juegos de palabras y situaciones disparatadas, cuyos autores más conocidos fueron Pedro Muñoz Seca (1879-1936), autor de La venganza de don Mendo, y Pedro Pérez Fernández (1885-1956), autor de Los extremeños se tocan, así como todo aquello que tiene alguna de las características que se le suponen a este subgénero. Cabe suponer que el nombre le viene por el tipo de público femenino que acudía a las representaciones, vestido con prendas confeccionadas con tal tejido, pretendiendo aparentar un poder adquisitivo o un nivel social, y cultural, del que distaban mucho.
astracanada Véase astracán.
atacar Véase taco.
ateneo Con la palabra ateneo