Cuestiones disputadas. Rafael Paz
se constituyó, otro a las vicisitudes que determinaran formas diversas de padecer –con un articulador teórico principal, el concepto de neurosis infantil–, siendo el tercero el vector esperanza que emerge de la caja de Pandora que abrimos.
Por su parte, siendo las lógicas que rigen niveles profundos del psiquismo las que subtienden los fenómenos transferenciales, nos encontraremos, en diversos estratos del campo y en sucesivos momentos, con las fusiones primarias, el desamparo, las ansiedades primordiales, el narcisismo, el Edipo y las estrategias vinculares y defensivas que en ellos se fundan, atravesados por la apertura imaginante que propiciamos.
Desde allí, verosímiles activos, se desarrollarán los procesos de verdad que el psicoanálisis posibilita.
Y así, en plural, pues alude a crestas o quebraduras en la superficie asociativa que siempre en alguna medida sorprenden y obligan a hacer algo con ellas, aunque sea negarlas.
El triángulo epistémico básico es entonces el siguiente:
siendo atravesado por el vector transformaciones –buscadas y aleatorias–/esperanza)
Los tres vértices se implican recíprocamente, pues el campo analítico permite hacer hipótesis respecto de la estructura de la neurosis desplegada en transferencia así como acerca de la configuración del psiquismo, según las calidades regresivas dominantes.
Las que a su vez recrean horizontes enteros o, más a menudo, momentos de su constitución.
En el interior del triángulo cabe situar al concepto de neurosis infantil, sus síntomas y carencias más o menos reformulados o encapsulados, y eventualmente los núcleos de psicosis infantil.
Todo esto sin olvidar que lo patológico es relativamente separable de los procesos de instauración, y no por patologismo, reproche estereotipado que se le hace al psicoanálisis, sino por la vecindad de los cursos de feliz resolución con aquellos que nadan en padecimientos y repeticiones.
En efecto: se trata de la imbricación del dolor y el placer en la consolidación del Mundo Interno, el conflicto como algo inherente y la economía pulsional e ideal-superyoica eslabonando lo sublime, lo abyecto, lo penoso y lo placentero.
No es que todo se confunda; al contrario, el psicoanálisis suministra la semiología más fina para discernir lo que juega en la base de las patologías, pero por hacerlo en la complejidad donde efectivamente ocurre incluye como dato permanente la ambigüedad de las formas humanas con las que se logran equilibrios en la vida.
Completemos el triángulo basal con otros conceptos:
En este último vértice se sintetiza la máxima pretensión transformacional, pues compite desde lo inédito (que incluye lo potencial bloqueado), con los destinos marcados desde las fijaciones y compulsiones a repetir.15
En ambos esquemas es visible el acento en las determinaciones sobre cuyos cauces, como estabilizaciones de sentido y “fuerzas de destino” se da el movimiento transferencial.
Es que lo nuevo se gesta en los desprendimientos de las repeticiones, que no remiten a una esencia insondable sino son efectos de miedos, goces masoquistas, sumisiones, y también las formas mínimas de consecuencia con el propio ser, aunque se trate del narcisismo pobre inercial.
La clínica psicoanalítica es lugar de transformaciones buscadas o aleatorias, y por eso “contexto de descubrimiento” (Reichenbach) a la vez epistémico y práctico, pues produce perspectivas diferentes para entender los materiales que surgen del analista, del analizando y del conjunto relacional que ambos configuran.
La matriz de las transformaciones emocionales y cognitivas es el haz de transferencias, las que en cierto nivel se organizan como neurosis transferencial merced a la urdimbre que se entabla con “la figura del médico” y la densidad fantasmática que lo circunda.
De este modo se permea [regresivamente] la trama primordial así como diversas versiones sobreadaptativas de Self, con lo cual desde las mismas fuentes de síntomas y carencias se activan mociones, fantasías y deseos que abren alternativas al equilibrio previo.
Las cuales, cabe insistir, no pueden ni preverse ni establecerse de antemano.
Claro está que cualquier mejoría imprevisible es igualmente bienvenida, si bien nuestra pretensión es la de transformar entendiendo, por lo que no nos autolimitamos estableciendo a priori una caja negra de indiscernibles, aunque la mayor parte de los logros nos sorprendan.
Hay un arte analítico, y practicantes de talentos disímiles según pacientes y situaciones, y ninguna regla salamanquina suplantará lo que el análisis personal y la transmisión de artesanía logren por diversos caminos formativos.
Pero esto no liquida la tensión productiva con la racionalidad propia del canon occidental y que se da a partir de su propia originalidad, irreducible a otros dominios o a un repertorio simple de conceptos propios.
Tampoco surge de la imitación de otras disciplinas, del vaciamiento en las mismas o mediante importaciones de ideas de moda.
Reformulando, entonces: las consistencias que logramos proceden de lo discernido en el campo y reconocido, puesto a prueba, desplegado temporalmente como proceso, nominado y diferenciado conceptualmente, vinculándolo con hipótesis referidas a la(s) neurosis infantil(es), la constitución del psiquismo, sus carencias, sobreadaptaciones e inercias caracteriales.
Y también a la aceptación de lo nuevo que en el ambiente transferencial se gesta, sorprende y supera nuestras predicciones.
Y dada la correlación entre construcciones referidas a los tramos iniciales de la vida y las configuraciones clínicas, de las formas en que se conciban aquellos primeros momentos dependerán opciones psicoanalíticas fundamentales, referidas a:
La cuestión de la transferencia y la contratransferencia.
La disyuntiva entre el inconsciente como estructura o como cualidad.
La sexualidad infantil, el polimorfismo y la asunción de posiciones de género.
La temporalidad y el proceso analítico.
La neurosis infantil, las fallas por carencias, los aspectos no neuróticos o específicamente psicóticos o embrionarios16 situados en el “todo complejo estructurado” de las formaciones clínicas.
Las raíces profundas de las estabilizaciones caracteriales.
Los diversos modos de realización, como manifestaciones en el campo de transacciones con servidumbres y heteronomías, en la gestación de un ser propio.
El estatuto que le asignamos a los materiales, así como a los soportes de la experiencia.
Dicho esto, cabe retomar lo del triángulo epistémico para apuntar todo lo que pretende representar, en el esfuerzo de organizar temáticas complejas.
En efecto, a partir de cada uno de sus vértices pueden situarse los diferentes desarrollos psicoanaliticos, sea bajo formas sistemáticas o no.
Se constituye así una arborescencia heterogénea de resonancias, congruencias, incompatibilidades, en las que los psicoanalistas abrevamos para reconocer nuestros hallazgos, intuiciones y pasmos en redes compartibles de saber.
Estas se hallan en constante proceso de reelaboración, decantando periódicamente conceptos clave que distribuyen y organizan áreas de inteligibilidad. Y dando entonces lugar a posibilidades de diversificación en escuelas o al menos corrientes de pensamiento.
Si