Cuestiones disputadas. Rafael Paz
analítico heterogéneo, con materiales provenientes de distintos planos y separados por resistencias de diferente calidad.
Tal heterotopía del campo es uno de sus rasgos principales y determina una no-linealidad en las manifestaciones del analizando diferente de la que surge cuando se levantan represiones.
Éstas operan sobre una misma corriente psíquica, por lo tanto en el seno de una lógica más homogénea, “rodeando” núcleos temáticos.
En cambio, si se facilita la libre manifestación, los desplazamientos asociativos y de las partículas de acción tienden a una marcada errancia.
A lo cual se suma que la dinámica del material puede ser escasa, escandida, fluente o centrífuga, de donde surge la necesidad de aprehenderla con la mayor amplitud posible de percepción flotante.
Lo que nos exige extremar los recursos de contención y pulir las aptitudes contratransferenciales, así como legitimarlas teóricamente.
De este modo es posible acudir, operacionalmente, al vasto reservorio de hipótesis y conocimientos referidos a los procesos primeros, recopilados desde diversos marcos de referencia, para entender los ladrillos vinculares que integran el campo transferencial.
Valga como ejemplo considerar como soportes necesarios: la mirada amorosa/admirativa, el fluir de la leche trazando un interior que se fusiona en lo agradable nutricio del “objeto”, el abrazo consistente, la lengua materna configurando un marco sonoro de prosodia basal…
Contención, reelaborando lo ya dicho, supone una función activa de metabolización de lo revivido transferencialmente y que conlleva una exigencia de acción/respuesta.
El diferimiento de esta última, que nada tiene que ver con pasividad, se torna productivo en el seno de microscópicas u ostensibles tareas de conexión, la forma más elemental de referirse al pensar nuevo a que tiende el proceso analítico.
Unir lo separado y desgarrado, lo supuestamente imposible de aceptar como propio.
Contener sin elaboración facilita regresiones que pueden ser aliviantes, pero reciclan circuitos de dependencia; se trata, en cambio, de recibir - colectar - unir - ir pensando - pensar, lo cual recrea, o crea –a menudo no nos resulta claro– un procedimiento económico y placentero para lidiar con los apremios de la vida: sublimación en acto en el campo analítico.
Cabe apuntar que elaboración no quiere decir verbalismo, aun cuando las enunciaciones tiendan a enunciarse y el momento interpretativo defina, más allá de la resonancia empática, una forma nítida de logro.
Ahora bien: la interpretación no es sólo culminación de un tramo de análisis mediante la explicitación acabada de un decir, sino mutación de perspectiva y reordenamiento del material en juego y sus prioridades como resultado de trabajo acumulado.
La importancia del señalamiento tiene que ver con esto, en tanto andarivel precario de sentido pero ligado a lo que se vislumbra entre las resistencias.
Vincular la elaboración a lo placentero puede sonar extraño, sobre todo por cierta tendencia al dolorismo en la que a veces se desliza el reconocimiento del dolor en la vida psíquica y su papel en los procesos de “crecimiento mental” (Bion).5
Son placeres funcionales, como aquellos que en el desarrollo acompañan el acceso a habilidades nuevas y que no dependen de las temáticas que se procesen sino del poder hacer.
Lo cual permite la religadura laica con una simbólica compartida, como empresa de verdad para la cual efectivamente nada de lo propio –humano– sea “a priori” descartable (ajeno), y no en virtud de acordar en determinados “contenidos” que podrían constituirse en núcleos de fe.
Es lo opuesto al insoportable dolor de pensar en las que el eslabonar se torna conjunción dilacerante, que lleva a evacuarla malamente y sin que sea posible compartirla, aspectos que han sido magistralmente desarrollados por aquel autor.
Carlos descubre la relación entre su envaramiento, que le producía dolores y malestares posturales, y un permanente estado de alerta, surgido de una actitud de cumplimiento de deberes extendida a los aspectos de la vida más triviales.
Esto obedecía a una sujeción superyoica potenciada por las exigencias y estilos actuales de vida y trabajo, pero manifestaba además la identificación con padres activos, eficientes y absolutamente dedicados (a él).
El cuerpo erguido representaba también falicidad, desplazando a escenas social-exhibicionistas la mezcla de conflictos eréctiles con gratificaciones narcisistas que aquella postura le otorgaba en el juego de prestancias.
Eran estos enclaves caracteriales que incluían en su régimen dispositivos musculares de lucha y fuga, junto a otros definidamente eróticos, inteligibles a lo Reich6, y por lo tanto pasibles de ser trabajados en un momento avanzado del análisis.
El tomarlos en consideración trajo el alivio de aceptar flaquezas y actitudes propias del paso de los años, las que eran negadas, para sostener a toda costa aquellos modos renegatorios de ser y de estar.
Pensarse así, con su cuerpo “humano” y no prenda simbólicamente capturada reproduciendo fetichizaciones de que fuera objeto como bebé preciado, trajo el consiguiente dolor depresivo.
Este incluía, por una parte, el definitivo adiós a sus padres literalmente encarnados en su aparato ósteo-músculo-articular; por otra, la gratificación – aquí el placer que decíamos–-, de poder expandir su autocomprensión benevolente, lo que tuvo importantes efectos convivenciales.
No cabe duda que sería absurdo pretender agotar descriptivamente la infinita gama de matices que juegan en una relación humana profunda, de ahí que la teoría psicoanalítica de la cura consista en el enunciado de ciertos ejes y conceptos de cruce que intentan estar a la altura de lo aprehendido por la percepción flotante y que resuena en otros contextos clínicos.
Es el plano de abstracción necesario y desde donde se desprenden exigencias de método, cuya observancia potenciará aquellos hallazgos y a partir de la cual se definen estilos analíticos personales y, si se sistematizan, organizan y hallan eco, corrientes y escuelas.
Cabe entonces apuntar algunas de tales condiciones, específicamente vinculadas con la posición de disponibilidad y apertura al límite que es rasgo definitorio de nuestra clínica:
a) Facilitar el desarrollo de los materiales circulantes en el campo y eventualmente alojados proyectivamente en la figura del analista merced a la postergación de la respuesta.
Esto nos precave del reflejo contratransferencial retaliativo si son dolorosos, repugnantes o desagradablemente agresivos, y contribuye a la necesaria tolerancia para con lo que se ha potenciado por regresión.
Lo que existe siempre es tensión transferencial, que no debe confundirse con transferencia negativa.
Corresponde a una elevación de los niveles de angustia señal, frente a lo disruptivo que se vislumbra al poner en suspenso promesas de salvación mágica, las que de cualquier modo vuelven por sus fueros como demanda/recreación de garantías absolutas.
La relativización de la consistencia del propio ser al exponerse las redes mitopoyéticas que la sostienen, para generar un pensar-se nuevo, es comprensiblemente trabajosa.
Convocamos fantasmas y mitos para habitarlos transferencialmente y familiarizarse con ellos, pero para luego atravesarlos, superando la cualificación superyoica o especularmente antisuperyoica.7
Reside aquí la importancia clínica del balance heimlich/unheimlich,