Cuestiones disputadas. Rafael Paz
Y es en tales circunstancias que suele recurrirse a opiáceos culturales, que soslayan cualquier implicación personal más allá de lo trivial y adocenado.
Si en cambio se abre lo que fluye en las “cadenas asociativas”, surge lo que sea, pero además se metaaprende a pensar, disminuyendo el miedo que se halla en la base de los malos entendidos circulares, modo habitual en que las ansiedades neuróticas se juegan relacionalmente.
b) Aceptar la idealización, surja de la proyección de aspectos de sí y/o de objetos idealizados.
Eje que merecería llamarse kohutiano, por lo que este autor aportara a su entendimiento con sus ideas referidas tanto al “Self grandioso” y la “Imago parental idealizada” como a los “Objetos Self”.
Tolerarla y permitir su expansión es muy difícil, sobre todo, como bien lo señalara Kohut, por la renuencia a quedar instalado en la esfera discrecional del régimen narcisista de otra persona.
Es un claro ejemplo del soportar y muestra la importancia del “timing”: junto con aquél, la adquisición más tardía en el arte analítico –cuando se logra.
Ocurre que la asignación proyectiva de plenitud y omnipotencia –que en otro plano supone incorporación fusional– es un típico ejemplo de entronización paralizante, a la que aludiera Freud con el ejemplo del rey Kukulú, reverenciado por la tribu pero en el interior de una jaula de la que no podía moverse.8
Situación claustrofóbica contratransferencial extrema, que puede sugerir la tentación de romperla de cualquier modo, racionalizándolo con desalienar al analizando o alguna explicación altruista semejante.
Tanto a) como b) suponen exigencias de tiempo y de sostenimiento del encuadre, ambas estrechamente ligadas.
En efecto: es necesario dar cabida tanto a las exploraciones cautelosas como a retracciones tentaculares de la atención, por el miedo y la prevención de heridas narcisistas, por lo que una estabilidad confiable es imprescindible.
Por otra parte, las intervenciones del analista surgen a través de una grilla virtual, instaurada por reiteración, que expresa la ligazón de aquél a un orden diferente de la pura arbitrariedad, por más “creativa” que esta se pretenda.
Y los “momentos de concluir” (Lacan) sin duda existen, pero han de ser situados en la perspectiva de la elaboración, evitando el riesgo de cualquier espectacularidad que realimente omnipotencias y la búsqueda enfermiza de intervenciones efectistas, con el decaimiento consiguiente de los procesos de verdad.
c) Regular la empatía.
Se trata de la identificación con diversos aspectos del analizando y que lleva incluso a bordear, por simetrización, el eclipsamiento de la función analítica.
El punto reside en que esas situaciones no sólo ocurren de hecho –pero se las podría considerar como respuestas contratransferenciales en el sentido tradicional y sospechoso de la expresión– sino que es imprescindible jerarquizarlas.
Es claro que centrar el proceso en sostenes empáticos renovados trastrueca el eje del psicoanálisis, así como entenderlos exclusivamente como comprensión ecuánime es una versión insuficiente para los niveles de penetración que se requieren.
Por añadidura, las emociones que se despliegan apoyándose en la garantía empática pueden acumular rencores solapados, compensados por idealización, volviéndose a la larga inanalizables.
La empatía eficaz requiere un estado de soltura que garantice distancia en el seno de la cercanía.
De otro modo se plantea el riesgo de fusionalidad sin distancia operativa o de mutar las respuestas contratransferenciales positivas en formas de sometimiento o de ocupación por contraidentificación proyectiva9 (Grinberg).
En este último caso se afecta la generación de distancia operativa en la medida que un estado del analizando coloniza la mente del analista, y la acción diferida que da posibilidad a elaborar intervenciones basadas en el valor verdad se sustituyen por búsquedas de alivio, descarga o retaliación.
Una guía adecuada respecto de la funcionalidad del compromiso emocional y cognitivo es la percepción de autonomía conservada en el seno mismo de la resonancia empática admitida.
Un ejemplo notable de su ejercicio es la recomendación de Frieda Fromm Reichman, en el tratamiento de psicóticos graves, de imitar sus actitudes corporales, por ejemplo, replegándose al modo fetal en un rincón, para entender en algo como se vive el mundo desde tal posición.10
Lo que en grado variable sirve para cualquier análisis, y también para mostrar la profundidad que siempre supone ese ponerse en el lugar del otro y salirse –relativamente– del propio.
El del analista resulta de la composición de fuerzas que juegan en el campo, y es función de las mismas, en el sentido que su consistencia se recrea en el conjunto de operaciones que despliega.
En tales casos la persona (psicológica) del analista y los aspectos de su Self hiperadaptado en alguna proporción se desarman, quedando en una disponibilidad cuasi despersonalizante.11
La inmersión en una experiencia fundamental compartida no supone un ejercicio agotador y sacrificial; en el “buen uso” de la empatía, la interioridad del analista se amplía, mientras que del lado del analizando se enriquece el metabolismo de lo vivido.
Todo esto constituye lo opuesto a lo que Enrique Pichon Rivière denominara psiquiatras –o psicoanalistas– “a distancia”.
Hace al punto de disponibilidades latentes, muchas de ellas desconocidas, y de contar confiadamente con posibilidades de usarlas en transferencia.
Lo cual se funda en la activación de identificaciones continentes y amigables –regresión funcional– pero sosteniendo la órbita de circulación excentrada, que preserva de actitudes pedagógicas o paternales, que clausuren en clave bondadosa el sentido del análisis.
Es por todo esto que hablamos de percepción flotante, pues se trata de recurrir a cuantas disponibilidades de captación el analista posea, manteniendo la sustancia de la indicación freudiana en tanto reconoce la vectorialidad nómade de una atención con la que hallamos en tanto no busquemos.
Cada fragmento convoca un eje de conjunción o de dislocación de sentidos, los que se elaboran, disipan o disocian; estos últimos impregnarán con su presencia virtual y activable a los sucesivos campos, empobreciéndolos si los parasitan, como en el caso del baluarte.
Pacto del cual cabe destacar su malignidad: barrio vienés donde todos los delincuentes irían a refugiarse, como apuntara Freud en su alegoría.
ESPACIOS Y TIEMPOS PSICOANALÍTICOS
El dispositivo analítico de cura y convalidación transcurre en espacios y tiempos propios: el corte sincrónico del espesor transferencial activado produce el campo analítico y el eslabonamiento de segmentos de los mismos permite una intelección procesal de la cura.
Desde allí se define la consistencia de inferencias e intervenciones y naturalmente el cómo abordar las resistencias.
Sería sencillo, por ejemplo, situar a estas últimas mecánicamente del lado del analista, rompiendo así, supuestamente, con una tradición autoritaria de asignar a los analizandos toda la responsabilidad del asunto.
Más allá de que esto no ha sido la regla, pues mucho talento analítico ha existido en diferentes latitudes atravesando “diktats” y rigores extemporáneos, la problemática