Páginas de cine. Luis Alberto Álvarez

Páginas de cine - Luis Alberto Álvarez


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película estupenda. Tal vez el menos convincente sea el fraile Gustavo Angarita, inexpresivo y plano en un papel que hubiera sido necesario rescatar del clisé. Si no he mencionado a Fausto Cabrera es porque hay que decir algo más enfático: su papel de Jacinto nos lo reconcilia totalmente después de los excesos mímicos del pasado. Su personaje es una figura bella, finamente controlada en su expresión, exenta de fáciles clisés, cómica e intensamente trágica al mismo tiempo, una presencia discreta pero de absoluta necesidad. La imagen del español en el andamio canturreando una canción anarquista es uno de los momentos fuertes de la cinta.

      Estos personajes tienen fuerza, entre otras cosas, porque están íntimamente unidos a un ambiente y ese ambiente lo dan una cuidada dirección artística y una expresiva fotografía. Mucha gente piensa que una buena fotografía es la que embellece las cosas o la que muestra cosas de por sí bellas. Creo que ninguna película colombiana había mostrado tan adecuadamente a Bogotá, a la Bogotá real, con una belleza que es la de sus contradicciones, la de su miseria y la de su riqueza humana y para ello este inquilinato se revela infinitamente más hermoso que todos los aburridos barrios del Norte o los unicentros. Sergio Cabrera fue, antes de ser realizador de largometrajes el mejor fotógrafo cinematográfico del país. Sin quitarle los méritos a Carlos Congote creo que la mirada del director es fundamental en las imágenes expresivas, bellamente encuadradas, brillantemente iluminadas, poéticas, de La estrategia del caracol. Hay un cuidado extremo, además, en la selección de los objetos, del mobiliario, del vestuario, que crean un entorno sugestivo y plenamente verosímil. Imágenes como la final, con los habitantes de la casa Uribe en una de las colinas capitalinas con la ciudad al fondo son tan fuertes que puede decirse que son ya un icono, un patrimonio visual del país.

      La estrategia del caracol cautiva desde el primer momento, con sus originales y bellos títulos de crédito (lástima que las imágenes en foto fija para la promoción de la película no revelen la verdadera calidad fotográfica de la película). Después el interés no decae un solo instante. Es una historia cómica y terrible, una historia colombiana y fuerte con elementos utópicos, una declaración sobre la solidaridad, sobre la explotación, sobre la fortaleza humana pero sin toques de comicio electoral. Es una película poética y política en el mejor sentido de la palabra y es, antes de cualquier otra cosa, cine.

      La aventura del cine tiene muchos episodios y si falla uno, todo puede venirse al suelo con estrépito. Confesión a Laura, bella e importante, no contó con la difusión y el adecuado tratamiento de distribución. Pasó fugazmente sin que la mayoría de la gente se diera cuenta de que existía. Sergio Cabrera no quiso tener la misma suerte y le dedicó un intenso esfuerzo a la publicidad, a la información, a hacer que su cinta penetrara en la conciencia de los colombianos antes de que la vieran. Naturalmente que los importantes premios internacionales contribuyeron grandemente a este darse cuenta del público colombiano. El resultado es que la película está siendo vista masivamente y se está convirtiendo en el mayor éxito del cine colombiano en toda su historia. Cuando se tiene un buen producto hay que saberlo vender adecuadamante, darlo a conocer como es debido. Muchas veces el mercadeo resulta exaltando lo que no lo merece, como es el caso de la muy mediocre Como agua para chocolate. No es así con La estrategia del caracol. Que haya tanta gente viéndola y disfrutándola es algo que no puede sino alegrar.

      En una entrevista de hace ya un tiempo Sergio Cabrera llamaba al cine de este país “un animal en extinción”. El cine colombiano no ha sido víctima de falta de talento creativo ni de escasez de medios, sino de una vergonzosa falta de conciencia cultural, ante todo del Estado. Cabrera, quien habla a veces con sensibilidad china, decía que tenemos solo un árbol donde deberíamos tener, aunque fuera, un pequeño bosque. Pero este pequeño bosque está demostrando que la reforestación es necesaria. Que al talento existente hay que crearle unas estructuras, hay que organizarlo, hay que diseñarle una estrategia.

      El Colombiano, 9 de enero de 1994

      La gente de la Universal de Felipe Aljure

      El elogio de la feúra

      El debate acerca del cine colombiano volvió a despertarse con el éxito, avasallador dentro de nuestras condiciones, de La estrategia del caracol. El hecho de que contemporáneamente se exhibiera otra cinta de un colombiano en algunos festivales internacionales ha llevado a algunos a hacer cuentas alegres y a hablar de una renovación, de un nuevo impulso, incluso de una nueva escuela. En el momento de escribir estas líneas, que no pretende ser un análisis sino un primer informe de situación desde el campo de batalla, existe todavía la expectativa de cómo el público que acudió masivamente a enfrentarse a la amarga comedia de Cabrera esté recibiendo la negra comedia de Felipe Aljure, La gente de la Universal. Con el cine es siempre cosa de apuestas, como en las carreras de caballos. Se sabe que una obra puede poseer ciertas condiciones para ser popular, que, incluso, muchas de estas condiciones han sido penosamente premeditadas y preparadas. Lo que no se sabe nunca es cómo tendrá lugar la carrera, cómo se comportarán los competidores, si el esfuerzo reportará ganancia. Por esta razón, hablar de La gente de la Universal desde una perspectiva de eventual comercialidad es perder el tiempo y es evadir de nuevo el tema, siempre evadido en el cine colombiano, el de la validez o invalidez de las propuestas estéticas, el de la situación de una cinta dentro de determinado contexto cultural, el de su condición de consumo o moda o el de su permanencia como objeto de arte.

      Entre un grupo de gente muy concreto La gente de la Universal ha sido recibida con una actitud que es casi entusiasta. El diálogo con este grupo ha resultado particularmente difícil porque se empeña en negar los mismos presupuestos de que se parte para obtener un juicio estético. De alguna manera se proyectan en la película como en un manifiesto que les permite darle carta de ciudadanía a lo que podría llamarse sus placeres prohibidos, rechazando sin culpabilidad todo aquello que normalmente está considerado bello, digno, humano, significativo. De alguna manera la película exalta y justifica la propia agresividad hacia esas concepciones y se convierte, incluso, en bandera y en línea divisoria, en creación de un territorio estético propio e inexpugnable. “Es que esta es la estética de los jóvenes”, me decía uno, y la revista Semana cita el comentario de un crítico, “parece hecha por un camionero”... añadiendo: “El comentario no era peyorativo”. El éxito del cine de Quentin Tarantino es lo más característico a nivel mundial de esta actitud, que tiene peligrosos visos de un neofascismo estético y que merecería un análisis más amplio.

      La gente de la Universal comenzó su carrera con un premio de guion. Y es el guion lo que sigue siendo bueno en la película. Es una historia bien construida, seca, sarcástica, sin compasión, pero de aguda observación. En la realización Felipe Aljure ha mostrado también un firme dominio de sus medios y ha producido una película muy bien hecha, sin duda alguna efectiva. La atmósfera de La gente de la Universal es el crudo bajo mundo bogotano, corrupto, violento, desagradable, más grotesco que cómico.

      El problema fundamental que le veo a la película son ciertas opciones de realización. En primer lugar resulta comprensible, pero demuestra también lo aleatorio de esta manera de hacer cine, el haber tenido que transformar a varios personajes del guion original, y no los menos importantes, para convertirlos en españoles, por la sola razón de que la película iba a ser coproducida por España. Pero esto fue sorteado por Aljure inteligentemente y los actores vascos son, sin duda alguna, de muy buen nivel. Más grave es la opción estética de caricaturización de los personajes, obtenida por medios tan primitivos como la distorsión de imágenes. Aljure contó para su película con un actor excepcional, Álvaro Rodríguez, en el papel de un detective privado quien, por una parte, tiene el encargo de seguirle la pista a la esposa infiel de un mafioso español encerrado en una cárcel bogotana y, por otra, va descubriendo que su propia esposa se la juega con su propio sobrino y compañero de trabajo. Rodríguez logra, sobre todo en ciertos momentos, darle una enorme veracidad a su rabia y a sus celos y su caracterización de duro y cínico está llena de matices. Igualmente el actor español demuestra su capacidad de crear un verdadero personaje, un verdadero bellaco con su pequeño poder, con su brutalidad y sus debilidades.

      Si estos personajes tienen estos matices, es de pensar que la unidimensionalidad de los otros no sea buscada sino una


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