Páginas de cine. Luis Alberto Álvarez
e inteligentemente la candente realidad urbana colombiana, que se aleja de los vicios y clisés visuales e interpretativos y revela en cada uno de sus aspectos la concepción de un director. Lo que No futuro logra es un retrato vivo, verosímil, sin simplificaciones, de la vida de la gente en un barrio de Medellín, un registro de ese mundo, de sus culturas y subculturas, de su lenguaje, de sus traumas, de sus anhelos, de sus miedos, de su violencia pero también de sus valores, de su ternura, de sus contradicciones. Y es convincente porque no está planteada como una tesis sociológica o antropológica, porque no busca ser una disección pedante y cientifista, sino que es el documento de un contacto, de una capacidad de observar.
Pero No futuro no es importante solo por su tema. Víctor Gaviria, a través de años de depuración y en muy difíciles condiciones creativas, ha sido el único director colombiano capaz de crear su propio lenguaje, un lenguaje original, llamativo, personal. Podemos decir que ha surgido también una imagen cinematográfica de la región antioqueña con dimensión artística y con toda la presencia realista y de verosimilitud que el cine confiere. Aun quien no entiende las expresiones dialectales, e incluso quien pueda apreciar la película solo desde lo visual, está en capacidad de disfrutar del halo de autenticidad que tienen los personajes de esta cinta, la veracidad de los sentimientos que expresan.
La selección de esta película a la competencia en el Festival de Cannes fue el desprevenido reconocimiento de un talento que existía, que se había debatido en la muy problemática situación de quien quiere hacer cine en este país, de quien desde las insuficiencias del super 8, pasando por el 16 y el 35 mm y por el video, por las historias argumentales y las documentaciones para televisión, ha mostrado siempre una enorme coherencia de estilo, una mezcla profundamente sugestiva de poesía y realismo, un acercamiento tierno, serio, preocupado por los seres humanos que filma y una manera particularmente bella de mirar los objetos, los lugares, el mundo de la gente común.
Pero Víctor Gaviria se expresó igualmente de modo vital y reconocible en los mediometrajes. Los habitantes de la noche, La vieja guardia y Los músicos son tres de las piezas más logradas de la serie. En los últimos tiempos, una situación común para varios realizadores, Gaviria ha debido acudir casi exclusivamente al video como forma de expresión. Dentro del esquema de producción que hemos descrito para otros dramatizados del canal regional antioqueño realizó una obra que, estéticamente considero un hito en la creación regional, Simón el mago, una obra que denota todas las virtudes y todas las carencias de este tipo de producciones.
El escritor antioqueño Tomás Carrasquilla representa una cultura y un lenguaje y, alrededor de ese lenguaje, un mundo que se mueve ya en las sombras de lo fantasmagórico. Es un mundo de tradiciones orales, de cuentos, de recuerdos, de rituales familiares y religiosos, de vidas plácidas en superficie pero llenas de ríos subterráneos de represiones, sadismos, temor a lo desconocido, sexualidad compleja. Simón el mago de Carrasquilla es una obra maestra de concisión, de humor distanciado, una obra sobre el contar cuentos, sobre la imaginación y sus límites y, no en último lugar, sobre el enriquecimiento mutuo de las culturas. Es, como anécdota, evidentemente, algo muy breve para un largometraje y más todavía para una serie televisiva. Era natural que había que partir del marco anecdótico y ampliar la historia, en el espíritu de Carrasquilla y a la luz de una mirada esencial, la del director de la película. Ya en su versión televisiva del cuento Que pase el aserrador, una pieza literaria mucho más insignificante en todo sentido que la del escritor de Santo Domingo, Gaviria se sirvió de la anécdota sobre el paisa oportunista para decir cosas mucho más interesantes que un burdo autoelogio antioqueño y, sobre todo, para reconstruir un mundo, una atmósfera, para crear una antropología poética del pasado. En Simón el mago esta actitud continúa, más madura, más expresiva, aunque también más irregular. El talento narrativo de Víctor Gaviria no ha sido nunca el de las historias redondas y bien construidas, el de los guiones exactos. Su estilo es el boccacciano de la yuxtaposición de historias, la creación de personajes y atmósferas de observación cálida y poética. Simón el mago pone el énfasis, más que en el cuento central, que tiene por tema la pasión del vuelo y de lo prohibido, en una relación más extensa de tradiciones orales, transmitidas en la comunicación intensa entre la negra Frutos (en la película claramente chocoana, ajena al entorno de las cordilleras antioqueñas y su cultura de corte europeo) y el pequeño Simón. La película emplea materiales no solo de Carrasquilla sino de otras tradiciones populares, muchas no literarias. Esta especie de Decamerón o Mil y una noches antioqueña podría haberse prolongado por muchos episodios, como la clásica serie radial de los años cuarenta y cincuenta Frutos de mi tierra, que Gaviria no conoció pero que hubiera sido para él una fuente inagotable. La colección de narraciones tiene, como siempre, el riesgo de la irregularidad. Algunos cuentos son excelentes, poéticos, llenos de humor, otros resultan forzados e insatisfactorios.
La irregularidad tiene origen también, probablemente, en las condiciones de producción, en las continuas interrupciones del rodaje, en el fluctuante presupuesto, en la falta de una organización productiva. Las historias grandes y redondas no son el fuerte de Víctor Gaviria y su calidad de director tampoco está en la precisión narrativa de las pequeñas. En cambio en lo que sí no tiene rival es en su fuerza evocativa, en la verosimilitud de sus personajes y sus ambientes. Simón el mago es una película milagrosa en su descripción de un mundo que ya casi no existe, sus momentos más inolvidables son los de las pequeñas y cotidianas actividades, la escuela, los juegos infantiles, la iglesia, la comida, los rezos caseros, las peleas con la hermanita, los diálogos entre los niños, el juego de naipe de las señoras. La inflexión dialectal antioqueña en boca de estos personajes es conmovedora, modulada, rica de inesperados matices. Los rostros de esta gente son una galería de retratos que solo tienen su equivalente en las fotografías de Melitón Rodríguez o Benjamín de la Calle. La seguridad con que Gaviria ha manejado siempre a los actores naturales y espontáneos está aquí en un punto máximo. La pareja de Frutos y Simón es llena de frescura y vitalidad, jocosa, tierna, por momentos amedrentadora. Desequilibrios de guion hacen que la presencia de Frutos se opaque de repente en un determinado momento pero es asombrosa la capacidad de la mujer y el niño de sostener largas situaciones sin ningún titubeo. En este sentido Gaviria es mucho más efectivo que Pasolini (a quien recuerda también el esquema de la película) quien manejaba tan mal a sus actores naturales y luego los hacía más inverosímiles todavía con atroces doblajes.
Simón el mago sería un momento clave del cine colombiano... si fuera cine. Ya con el aserrador habíamos lamentado la coyuntura que consignó a la expresión plana de la imagen electrónica un esfuerzo fundamentalmente cinematográfico. Simón abunda en imágenes que piden a gritos la pantalla grande y los matices que solo el celuloide confiere. El video produce, además, un gueto insuperable del que es difícil salir, convierte la historia en un producto de consumo rápido y de desaparición inmediata. Esta película que es memoria visual colombiana de insólita importancia hubiera merecido mejor suerte.
En Cali pienso que es Carlos Mayolo quien más logró aproximarse a plasmar con fuerza y convicción la idiosincrasia vallecaucana. Su talento no ha cuajado todavía en un largometraje satisfactorio, pero continúa estando latente y, en mi opinión, se manifestará plenamente cuando siga el trazado de su excelente mediometraje Aquel 19 y deje de lado la dependencia cinéfila y literaria que dio al traste con Carne de tu carne y La mansión de Araucaima. El barranquillero Pacho Bottía, por su parte, cuando encuentre la ocasión adecuada y mejore sus insuficiencias narrativas, podrá sacar partido de su capacidad de mirada inédita y vital sobre las cosas.
Se trataba, simplemente, de reflexionar improvisadamente sobre el elemento estético aportado por lo regional a lo que, si este tuviera una historia continua y coherente, sería el cine colombiano. Me he centrado solo en momentos que conozco pero que creo que son de validez general para toda la problemática del cine nacional. He querido decir, simplemente, que un cine que represente adecuadamente a este país no puede ser una fórmula conciliadora, un corte transversal y sin sabor de la realidad nacional. Es absolutamente indispensable que esté compuesto de expresiones culturales muy diferenciadas, muy fuertes, sin compromisos en su intraducibilidad y, sin embargo, captables a un nivel más profundo de percepción, el de un arte universal.
Texto de una conferencia ofrecida en octubre de 1995 en la Cinemateca Distrital de Bogotá, durante el ciclo de conferencias