Páginas de cine. Luis Alberto Álvarez
Colombiano, 4 de febrero de 1996
Cine colombiano: el estado de las cosas
La perspectiva de la región en el cine colombiano
Reflexiones desordenadas
El hecho de que Colombia sea un país hablado está en la raíz de muchos de sus problemas. Uno de ellos, por supuesto no el más trascendente, ha sido la imposibilidad, a través de poco menos de un siglo, de conformar una verdadera cinematografía nacional. La necesidad de apoyarse en las palabras, en la retórica, la profunda desconfianza frente a lo visual, la ceguera frente a las imágenes, vitales, estimulantes que nos rodean, le ha puesto una perpetua zancadilla al desarrollo de una memoria óptica coherente, fluida, a una imagen nuestra en el espejo que nos dé los necesarios, tranquilizantes o inquietantes reconocimientos de cada día. Uno de los hechos más absurdos de esta situación es que, algo tan etéreo e inaferrable como el cine colombiano pueda producir continuamente tantos ríos de papel entintado. Hay siempre artículos, libros, análisis, conferencias, miles de millones de palabras que están en completo desequilibrio con la cantidad y, sobre todo, con la calidad de las imágenes a las que en ellos se hace referencia. Una y otra vez se realizan simposios, encuentros, debates sobre un cine que la gran mayoría no conoce ni está interesado en conocer, sobre un interminable paquete de esbozos, de intentos, de arranques, de recomienzos sin cuajar, de actos fallidos.
En los últimos tiempos la retórica de la palabra, como en todo el mundo, se ha ido desplazando en buena parte hacia la retórica visual y ya hemos comenzado a elegir gobernantes exclusivamente por lo que proyectan en la pantalla chica, después de haber tenido un intenso entrenamiento con los productos de consumo doméstico. Estas imágenes son, sin embargo, estereotipadas, de lectura primitiva, casi cifras, mientras que la comunicación televisiva sigue siendo parlanchina hasta el exceso (en Colombia, desde su comienzo hasta hoy, la televisión ha sido solo una extensión de la radio y ello pese a la incursión masiva de los efectos electrónicos, convertidos en frases de cajón repetidas hasta la náusea).
Es, tal vez, una imaginería colombiana legítima lo que falta, un mundo visual que nos identifique, de un modo equivalente al que poseen México, Perú o Brasil y, si no tan claramente delimitado, por lo menos el producto de nuestras complejas mixturas. Es notorio que si bien tenemos pintores de reconocimiento internacional, estos producen por lo general imágenes indiferentes a la realidad nacional, sofisticaciones para el mercado internacional del arte (con pocas excepciones como aquel período iluminado de Botero en el cual, realmente, pintó a Colombia). Solo en los últimos años una exposición retrospectiva de la fotografía colombiana reveló una imagen concreta y permanente de Colombia en el último siglo y en fotógrafos como Melitón Rodríguez comenzó a ser posible rastrear rasgos de identidad nacional en la expresión artística, que el cine no ha sido casi nunca capaz de producir.
Como en otros países, las barracas de exhibición les abrieron aquí el paso a los teatros multitudinarios y la pasión del cine en el público llevó a la necesidad de producir películas propias. Pero, a diferencia de esos países, nuestro inexplicable canibalismo llevó a la destrucción de lo que apenas estaba incoado. La industria de la exhibición, convertida en monopolio, decidió torpemente que una producción local afectaba sus intereses en la distribución de cine extranjero y despiadadamente ahogó a nuestro cine nacional en la misma cuna, cuando este había comenzado a mostrar posibilidades de crecimiento y desarrollo. De ese infanticidio nunca nos repusimos y todo lo que de ahí siguió no dejó nunca de ser utopía y frustración permanente. Iniciativa privada y fomento estatal nada pudieron para hacer surgir imágenes colombianas auténticas. Hoy, después de casi un siglo de las primeras proyecciones de cine, no tenemos sino fragmentos, balbuceos, islotes, con los cuales resulta imposible reconstruir una historia. Con algunas excepciones, siguen faltando producciones que reflejen de manera auténtica la realidad nacional, no imágenes oficiales, folclóricas o promocionales, no cuadros típicos ni costumbrismo, ni tampoco antropología gélida, mucho menos un cine de valores nacionales por concurso o con la intervención controladora del Estado. Y es que el término imágenes colombianas es solo un concepto facilitador para expresar algo más complejo. No son los Estados la fuente de identidades culturales sino las naciones, las regiones, los paisajes, los dialectos y las gentes y, por supuesto y en gran medida, las ciudades.
Pero no obstante la falta de un elemento aglutinante que permita hablar de un fenómeno conjunto, hace ya varias décadas que han ido surgiendo en Colombia varias generaciones de artistas que han sentido la necesidad de expresarse a través de las imágenes en movimiento, documentando, narrando, registrando o inventando las realidades, las historias, los sueños de este país. La burocratización, la ineficiencia y, finalmente, el descalabro de la empresa que se suponía debía hacer posible el cine colombiano dejaron por un momento en el aire las esperanzas de estos cineastas, que ya habían comenzado a ser reconocidos internacionalmente.
Pero un lenguaje personal no tiene límites técnicos, por lo menos no hasta el punto de producir el silencio. Para muchos el video se convirtió en el medio al alcance, en el instrumento más adecuado para contar historias para hablar de realidades. Mientras tanto otros siguieron apostando a la carta del cine, invirtiendo en él enormes esfuerzos y los propios recursos económicos, buscando posibilidades de producción por fuera de los estrechos esquemas audiovisuales nacionales. Y repasando esta serie de esfuerzos es particularmente notorio que lo que permanece, lo que continúa teniendo validez es aquello cuya perspectiva es “regional”, es decir, está claramente enquistada en un ambiente, en un modo de entender la vida que nunca es colombiano a secas sino, antioqueño valluno, costeño y, por supuesto, bogotano.
La mirada de estos creadores tiene una importante componente de evocación, de búsqueda del tiempo perdido, una dimensión de memoria que tiene que ver, ante todo, con la infancia y con un entorno cultural. El ruso Andréi Tarkovski dijo alguna vez que la cultura era, en buena parte, intraducible. Esa intraducibilidad hace que las capas más profundas de ciertas obras no sean accesibles sino a aquellos que han nacido y se han educado en un determinado contexto cultural y antropológico. La literatura de Tomás Carrasquilla o del Tuerto López tiene esta característica, fascinante y problemática y, en buena parte, la tiene también el cine de Víctor Gaviria o el de Pacho Bottía. Hay tantas formas bastardas de representar una cultura regional, que resulta tremendamente delicado expresarla legítimamente. Folclorismo, costumbrismo, turismo e incluso un antropologismo frío y catalogador han contribuido al desprestigio estético de una manera de ser, de un lenguaje y unas formas de comportamiento, de unas tradiciones amasadas con múltiples elementos de origen.
Los intentos de nuestra televisión nacional por regionalizar sus historias son mascaradas superficiales, penosas, los burdos esfuerzos de repartos de actores recogidos en todo el país por imitar los acentos de la costa atlántica o pacífica, Antioquia o el Viejo Caldas, el trabajo de ambientadores con entrenamiento de tienda de anticuario para darles sabor a nuestras telenovelas turísticas son más bien un paso atrás que hacia adelante. Era mucho más legítima una televisión que transmitía imperialmente para todo el resto del país mundos cundiboyacenses como los de Yo y tú o Don Chinche que una que muestra a los mismos directores o actores en el trabajo inútil de darle un color local completamente inverosímil al Café o a la Candela.
No se trata, por supuesto, de establecer vetos anticipados ni de restringir la creatividad de las imágenes en movimiento a esquemas regionalizados estrictamente. Los bogotanos hermanos Acevedo realizaron el único intento durante más de medio siglo de plasmar en imágenes a Medellín con Bajo el cielo antioqueño, el español José María Arzuaga creó personajes y cuadros que, a pesar de ser incompletos, siguen siendo los más sobrecogedores que se hayan hecho sobre los seres humanos y los lugares de la capital de la república. Los personajes de La estrategia del caracol tienen fuerza, entre otras cosas, porque están íntimamente unidos a un ambiente y ese ambiente lo da una ciudad adecuadamente retratada, la Bogotá real, con una belleza que es la de sus contradicciones, la de su miseria y la de su riqueza humana, llevada a la pantalla por un director nacido en Medellín. Igualmente el caldense Jaime